Luis León Barreto

A Luis lo de León le sienta. No tiene pelos ni en la pluma ni en la lengua.  Manifiesta sus convicciones con la fiereza del felino que ha de subsistir en la sabana, ya sea en la cálida estación literaria o el frío rigor de la política. Es un hombre leído, escrito, digital y viajado, cumpliendo con creces el mínimo exigido para merecer el epíteto de adelantado. Me cita en un pub irlandés. Aparece acompañado de Rosario. Rosario está de paso. Saluda, sonríe y se ausenta. Nos quedamos solos, todo lo solos que dos pueden quedarse en un pub. Pongo en marcha la grabadora del iPhone. Hablamos. Son casi treinta minutos de charla. Directa, fiera, densa y caliente como los cafés que aguardan sobre la mesa. Compruebo la grabación. Nada. Cero. Fail… Nadie osa pronunciar la palabra que sobrevuela. Estando con Luis uno podría argüir: ¡Espíritus!; pero va a ser: torpeza. No hay tiempo para más. El león se agita en la maleza. «Te envío el cuestionario por correo», digo. «Es una buena idea».

⇒ La primera pregunta es directa y escueta, pero indispensable. ¿En qué andas?

Ahora mismo, esperando la próxima edición de un libro de cuentos. Son historias breves que forman parte de un libro doble; yo escribo Cuentos traviesos, son unas sesenta historias breves, y Rosario Valcárcel escribe Cuentos gozosos, para Jorge Liria, un editor vocacional, que publica con gusto y una cierta estética. Se trata, pues, de un libro doble, con dos portadas. Me gusta la narrativa breve, pero sin caer en el microrrelato. Creo que el microrrelato a veces deriva en algo muy circunstancial, una ocurrencia. En cuentos y relatos trato de seguir el rastro de Cortázar, de Borges, de los grandes autores norteamericanos.

«Aquí la cultura crece poco, siempre somos la misma minoría»

⇒ En tu dilatada carrera has tocado todos los palos. Incluso tienes blog, algo que muchos escritores, incluso jóvenes, rechazan o siquiera se plantean. ¿Crees que te queda algo por hacer?

Tengo veintiséis libros publicados, pero teatro nunca he escrito, ni creo que lo vaya a hacer. He hecho sobre todo novela, narrativa, también he publicado varios libros de ensayo, tengo libros de relatos, asimismo he tocado la novela negra y cuentos para niños. En poesía solo tengo dos libros, curiosamente fue lo primero que publiqué porque con veinte años gané el premio Julio Tovar en Santa Cruz de Tenerife. En 1988 salió Los días del paraíso, con la editorial Orígenes, la primera incursión de un canario en la novela negra, cuando no estaba de moda. Un blog es bueno, permite que te lean en EEUU, México, Rumanía o Japón, con lo cual al menos teóricamente rompes la insularidad de siempre. Hoy en día el sentido trágico que tenía la insularidad en Alonso Quesada está desvanecido, Canarias es un lugar apetecible para mucha gente, la lástima es que aquí la cultura crece poco, siempre somos la misma minoría quienes asistimos a los actos. Hay que leer mucho, pero primero hay que vivir mucho. Pues la vida, como diría Cervantes, es la gran maestra. Además, hay que viajar. Hemos viajado hace poco al África profunda, ahora vamos a un encuentro de escritores en Cuba, luego iremos a Argentina y a otros sitios. El avión es el mayor invento de la humanidad, es todavía mejor que Internet. ¿Qué me queda por hacer? Quiero vivir hasta los ochenta años, escribir todos los días, seguir con Rosario Valcárcel hasta el final.

«Quiero vivir hasta los ochenta años, escribir todos los días»

⇒ A pesar de tu ingente producción literaria, para muchos eres —y probablemente seguirás siendo siempre— el autor de Las espiritistas de Telde. ¿Para ti también?

A Las espiritistas le debo mucho; se ha publicado ocho veces en español y tiene cinco traducciones: rumano, alemán, inglés, italiano y francés. Después de Mararía es el libro más divulgado en décadas recientes. He estado con ella bajo el brazo en Alemania, Inglaterra, Francia y Bélgica: Berlín, Hanover, Mánchester, Leeds, Birmigham, París, Bruselas. Teníamos también una presentación en Roma cuando salió en italiano, pero coincidió con la muerte de mi suegro, Pedro Valcárcel de las Casas, y no pudimos ir. Con ese libro me vino un éxito prematuro, tenía treinta y un años. A Arozarena su éxito le llegó cuando tenía casi sesenta. En los años ochenta y noventa me propusieron infinidad de veces para el Premio Canarias, pero era demasiado joven.

⇒ En un reciente post en tu blog decías que «Canarias no está construida». ¿No está construida o está mal construida?

Las dos cosas. Después de tantos años de autonomía, era de esperar que se hubiese generado un ambiente constructivo, pero sucede todo lo contrario. La pregunta es si realmente nuestra autonomía ha servido para construir Canarias o más bien para establecer y perpetuar situaciones de enfrentamiento. Se ha creado una casta funcionarial que genera una legislación embrollada y el Cabildo de aquí se queja de la beligerancia de los políticos de allá, que son todos de la misma fuerza y por tanto reman a golpe doble. Hay un desequilibrio político en favor de una sola isla, porque Gran Canaria no contó con agrupaciones del Carnaval que dieran paso a ATI y luego a Coalición Canaria, un partido político que, pese a retroceder electoralmente, siempre gobierna. La TV canaria potencia el desequilibrio informativo. Dado nuestro prodigioso sistema electoral, da igual que sea la segunda, la tercera, la cuarta o la quinta fuerza en votos: siempre va a estar en la cúspide, de la misma forma que en El Hierro o La Gomera un diputado se saca con poco y en las islas capitalinas exige mucho. El votante de Gran Canaria no tiene ideología, ha dado mayorías absolutas a UCD, PSOE y PP, y mostró gran apoyo a UPC, partido nacionalista de izquierdas, con Manuel Bermejo y Sagaseta. Pero en Gran Canaria no hay una visión insularista de la política, porque Las Palmas es una ciudad abierta, cosmopolita, menos provinciana. Luego hay cosas inadmisibles, por ejemplo ¿por qué no puede ser presidente del Gobierno canario un lanzaroteño o un palmero? ¿Por qué casi siempre un tinerfeño?

«Creo que a los canarios se les pone un techo en la Península, no se les toma demasiado en serio»

⇒ Y en esa tesitura, ¿qué lugar ocupa la literatura? ¿La literatura canaria está también mal construida o está aún por construir?

Sí que hay una literatura, una expresión literaria propia. Me gustaría que nuestra burguesía, nuestras clases medias, valorasen mejor su patrimonio, en el que entra la literatura. Toda mi vida he luchado por potenciar y defender esa literatura generada aquí, he escrito sobre casi todos los escritores canarios, fui cofundador y el presidente más largo de la Asociación Canaria de Escritores, que llegó a tener ciento cuarenta miembros. La literatura de aquí, desde las Endechas a la muerte de Guillén Peraza, en 1447, hasta hoy, posee unas características propias. Responde a un paisaje y a una memoria específicos, asimismo el lenguaje es mestizo, tiene la cadencia próxima a América. Nos olvidamos de que hay dos modelos de español: el de Valladolid y el de Sevilla. Y somos herederos del español del Sur, igual que toda América Latina. La literatura escrita aquí tiene dignidad y es comparable a la que se genera en comunidades de población similar. Lo que sucede es que estamos lejos de los centros de poder. Curiosamente, a los canarios que viven en Madrid y han triunfado se les valora más como comunicadores que como escritores. Desde Galdós ningún canario ha entrado en la Real Academia, muy difícil que entre alguno. Explico una anécdota: a finales del 2000 nos fuimos a vivir en la sierra de Madrid y, cuando vendí aquel chalet cinco años después, comenté que en Canarias la plusvalía se pagaba de otra manera. Para mi sorpresa, el representante del banco me dijo que Canarias no es España. ¿Cómo que no? dije yo. No: Canarias es un tercer país, me respondió el financiero, y lo argumentó. Creo que a los canarios se les pone un techo en la Península, no se les toma demasiado en serio. Hay que apechugar con eso. Me considero afortunado: fui el primer canario que ganó un premio literario peninsular de cierto nivel, el Blasco Ibáñez, en 1981, que era medio millón de pesetas. Fui el primero que publicó en Planeta, en 1984, La infinita guerra. Pero a la larga afecta el hecho de estar lejos de Madrid. Cuando a Rafael Arozarena Juan Cruz le propuso editar Mararía en Alfaguara dijo que no. Yo lo llamé y le dije: Rafael, debes publicar allá para que te conozcan en Zaragoza y en Bilbao. Y me respondió: ¿y a mí qué coño me importa que me conozcan en Zaragoza y en Bilbao? Solo seguiré publicando desde Tenerife, insistió.

⇒ Te leí hace ya algún tiempo que lo que debería hacer el Gobierno de Canarias era crear una editorial potente, capaz de potenciar y exportar la obra de los autores del Archipiélago más allá de nuestras fronteras, al estilo de la editorial Monte Ávila en Venezuela o el Fondo de Cultura Económica de México. ¿Sigues pensando igual? ¿No crees que eso sería alimentar aún más el grado de clientelismo político?

Manuel Padorno y yo luchamos desde los periódicos por que se creara un Instituto Canario del Libro; el Gobierno regional respondió creando la Dirección General del Libro, que aportó cosas buenas, pero duró muy poco, señal de cómo valoran nuestros políticos las cuestiones culturales. Hoy en día se hace poca divulgación de la lectura, los escritores van a los institutos y a las universidades si cuentan con amistades, no porque haya un plan adecuado. El clientelismo siempre existirá, pero a mí me gusta navegar a la contra. Hago un periodismo crítico y una literatura crítica; en mis novelas suele haber crítica social, por ejemplo Los crímenes del contenedor, Los buenos negocios, Carnaval de indianos… El escritor debe ser un francotirador, no debe ser un cortesano, ha de tener voz independiente. Y creo que la literatura debe conectar con la gente, con los problemas de la gente, con las necesidades y deseos de la gente. Es necesario que vuelva la Dirección General del Libro, porque la cultura es la niña idiota que en los ayuntamientos va a parar a gente que ni sabe ni valora la cultura. Además, haría falta una editorial potente, deberían unirse las pequeñas editoriales privadas porque tenemos minieditoriales sin fuerza en la distribución. Libros que circulan poco y mal. Teníamos en Madrid el Espacio Canarias frente al Retiro, allí se hicieron exposiciones, allí había libros canarios. Pero se lo llevó la crisis. Y Canarias sigue necesitando una especie de embajada cultural en Madrid; eso lo pudo hacer la Casa de Canarias, a cuya directiva pertenecí, pero no se entendió así.

«Hay que volver a la novela-novela, a la novela de siempre»

⇒ Eduardo García Rojas escribe en un artículo para DRAGARIA que en la última década se ha pasado del carácter poético que históricamente ha acompañado al escritor canario al predominio de la narrativa. Tú, que ya eras narrador tres décadas atrás, ¿percibes también esa evolución?

La narrativa está siendo lo que más se trabaja y la novela es un género de madurez. Ahora hay una clara frecuencia de la novela de género: novela negra, novela erótica, novela de ciencia ficción, novela de fantasía histórica… Es producto de los tiempos, pero, como dice Víctor Álamo de la Rosa, hay que volver a la novela-novela, a la novela de siempre. Es decir, a una composición literaria ambiciosa, que indague en la condición humana, entiendo yo una literatura con raíces que trabaje la estética, que enriquezca a los lectores. Creo que alguno de los nuevos autores está en ello, volviendo a la novela-novela. Luego, arrastramos déficits. Por ejemplo, la mujer canaria solo se incorpora mayoritariamente a la literatura y a las artes a partir de los años ochenta. Creo que en literatura hay que profundizar, la literatura es una amante muy exigente.

«La literatura es un camino de largo recorrido: no es una carrera de cien metros lisos»

⇒ Cada vez hay más gente que escribe o se considera escritor, más publicaciones en Canarias… ¿Crees que hay un boom literario? Si es así, ¿a qué se debe? ¿Qué futuro le ves a la creación literaria en Canarias?

Hay un boom en cuanto a la cantidad de publicaciones, pero ello ya sucedió con la generación del 70, que fue la primera en desarrollar la narrativa. Ahora hay escritores muy dignos, como Víctor Álamo, Santiago Gil o Alexis Ravelo. El asunto está en que existen muchos talleres literarios, y de ellos salen docenas de alumnos que quieren publicar, hay gente muy joven y otra gente que son jubilados y les guía la ilusión. La escritura se ha democratizado, muchos quieren darse a conocer, y tienen derecho. Me gustaría que, paralelamente al crecimiento del número de escritores, crecieran los clubs de lectura, los lectores. Además, suele ocurrir que estas nuevas promociones tienen prisa, y olvidan que la literatura es un camino de largo recorrido: no es una carrera de cien metros lisos, es una carrera de fondo, casi un maratón. Como decía Juan José Millás en una columna, una vez le preguntó a un asistente a sus talleres por qué estaba allí. El hombre le dijo: me he quedado sin trabajo y pensé que podía escribir, porque no exige estudiar, no requiere mucho esfuerzo. Él le respondió: escribir sí requiere esfuerzo, hay que estudiar mucho, hay que leer, hay que rumiar las palabras, hay que trabajar. También coincido con Cecilia Domínguez cuando dice que ahora el ochenta por ciento de lo que se publica es de escasa calidad. Pero eso es consecuencia de la facilidad con la que la obra se da a conocer; hay quien escribe para Facebook, para Twitter, para las redes sociales, hay quien escribe en digital pero sin madurar las propuestas. Eso origina una cierta ligereza, una cierta obra efímera.


Luis León Barreto (Los Llanos de Aridane, 1949) es escritor y licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ampliamente conocido por su novela Las espiritistas de Telde (premio Blasco Ibáñez en 1981 y traducida al rumano, alemán, inglés, italiano y francés), ha publicado numerosos libros de relatos, cuentos para niños, novela negra, ensayo y poesía. En su obra destacan títulos como Ulrike tiene una cita a las 8 (premio Pérez Galdós, 1976), Crónica de todos nosotros (premio Julio Tovar, 1970), La casa de los Picos, El velero Libertad, Los dioses palmeros, ¡Mamá, yo quiero un piercing!, Los enanos danzones, Carnaval de indianos, Cuentos traviesos, La literatura y la vida, Memorias de La Palma Edén, El Neptuno de Melenara, El Time y la prensa canaria en el siglo XIX, El Mar de la Fortuna, El crimen del contenedor, Los buenos negocios, Los días del paraíso, La infinita guerra o No me mates, vida mía. Ha sido subdirector del periódico La Provincia, jefe de Prensa del Cabildo de Gran Canaria y director del Club Prensa Canaria. Es Hijo Predilecto de la isla de La Palma y Hijo Adoptivo de Telde. En el ámbito periodístico ha sido galardonado con el Premio Leoncio Rodríguez, del periódico El Día; el Víctor Zurita, de La Tarde; y el León y Castillo, del Cabildo de Gran Canaria. Figura en diversas antologías, como Cien años de cuentos (1898-1998) Antología del cuento en castellano, de José María Merino (Alfaguara, 1998), Kanarska kratka prica (antología de narradores publicada en Zagreb, Croacia) y Los mejores relatos canarios del siglo XX, de Juan José Delgado (Alfaguara, 2004). Publica habitualmente en su blog La Literatura y la Vida.

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