Alexis Ravelo
Foto: Chiqui García.

Pronto volveremos, pero hoy queremos recuperar la entrevista realizada por Manuel Almeida a Alexis Ravelo cuando presentamos Dragaria. Un doble homenaje a dos escritores inolvidables y personas irremplazables. 

¿Cómo entrevistar a un escribidor calvo? Ese podría ser un excelente título para un relato bizarro o un extravagante manual de periodismo vesánico. Pero ¿cómo entrevistar a un escribidor calvo con nombre de chiquillo mataperros que, además, resulta ser una de las principales referencias de la narrativa española contemporánea y anda inmerso en la parafernalia del lanzamiento de una nueva entrega? ¡Ah! Entonces la cosa es mucho más sencilla: no queda otra que tirar de epístola, ciberespístola en estos tiempos, y esperar a que el hombre encuentre un hueco para corresponder pacientemente a nuestra insistencia. Alexis Ravelo no para. Un poco porque no le dejan y otro poco porque él no quiere parar: premios, presentaciones, reconocimientos, firmas, entrevistas. Diríase que llegado este punto no hay nada nuevo que nos pueda contar. Pero eso, tratando con un creador, un escritor, y sobre todo un escritor que se declara tocado de «frustración positiva» —siempre en movimiento porque siempre le falta algo—, sería mucho decir. Sé que en este breve diálogo no vamos a descubrir todo lo que le falta, pero sí me gustaría que al cerrar la última línea le faltara –nos faltara– algo menos de todo lo que le gustaría expresar. Suena algo así como una campana. Hay algo nuevo en el correo. Abro. «Querido: Ahí va».

⇒ ¿Era necesaria otra novela sobre la Guerra Civil? Al margen del homenaje a la memoria y a las víctimas de la contienda en Canarias, cuestión nada baladí en una tierra herida de silencio, ¿qué aporta Los milagros prohibidos que no aporten ya otros relatos sobre el tema?

De entrada, no es una novela sobre la Guerra Civil, sino una novela sobre la guerra. Sobre la excepción y sobre cómo se desatan las pasiones humanas en momentos así. Pero, para no evadir tu pregunta, te diré que cuando uno lee las historias oficiales acerca de la Guerra Civil, incluso las más autorizadas, da la impresión de que en Canarias, al caer bajo el dominio del bando nacional, no ocurrió nada entre 1936 y 1939. Al familiarizarme con los hechos de La Palma, gracias a los libros de historiadores como Salvador González Vázquez o Alfredo Mederos, me di cuenta de que no se trataba solo de hechos absolutamente novelables, sino que en un territorio muy limitado, muy alejado de la metrópoli y mal comunicado, se daban absolutamente todos los ingredientes que concurrieron en el Golpe de Estado del 18 de julio y el conflicto y la represión posteriores. Era, digamos, un microcosmos perfecto. Por otro lado, la Semana Roja (durante la cual los milicianos mantuvieron la isla fiel a la República durante una semana sin que hubiese violencia letal), la huida al monte de cientos de ellos a la llegada de los nacionales y su resistencia en los montes de la isla (en ocasiones durante años y prefigurando el fenómeno del maquis) eran asuntos novedosos para el lector de fuera de las Islas, e, incluso, para muchos lectores de Canarias. Por último, no quería ni una novela equidistante (la equidistancia en este asunto ha sido siempre la postura oficial) ni una historia maniquea, que hablara solo de las dos Españas. Quería explorar, aparte de las posturas más evidentes, las zonas grises, esas que en muchas ocasiones se nos han escapado. Y todo esto en un territorio insular, limitado en su contorno pero infinito hacia el interior. Ya esto último bastaría para mostrar que se trata de una novela que aporta algo nuevo al corpus de títulos ya existentes sobre el tema. Hay más asuntos, pero creo que con esos ya el lector se hará una idea de que es una novela que intenta contarle la guerra desde un punto de vista que no es el habitual.

«Esta parte de nuestra historia no llega a las aulas»

⇒ A pesar de ser una obra de ficción, muchos lectores conocerán a través de tu novela la crueldad con la que se desarrolló la Guerra Civil en el Archipiélago. Episodios de nuestra historia reciente que no figuran ni en la memoria oficial ni en los libros de texto. ¿No es eso realmente por sí mismo un drama?

Sí lo es. Aunque hemos avanzado algo en este sentido, gracias a algunos historiadores, como los que te mencioné hace un momento y otros, como Sergio Millares. Sin embargo, es cierto que esta parte de nuestra historia no llega a las aulas, nuestros jóvenes conocen esos hechos todavía menos que los miembros de nuestra generación, que ya es decir.

⇒ La vida, la mujer, la cotidianidad dinamitada, la intimidad, el detalle, el amor en los tiempos de la cólera…

Claro. Es un momento de excepción, como te decía. Amén de lo histórico (que sirve de marco) y de lo político (de lo que hay en la novela una lectura fuerte) me interesaba saber cómo se desatan o atemperan las pasiones de cada uno en situaciones así. En realidad, no es una novela sobre la Guerra Civil, sino sobre la guerra, la violencia institucionalizada y sobre cómo afecta esta a los seres humanos, cómo les obliga a tomar postura, a decidir sobre qué camino tomar en cada una de las encrucijadas en las que las circunstancias los sitúan en momentos como esos. En ese sentido, se trata de una novela clásica. Y, por supuesto, la espina dorsal del argumento es un triángulo amoroso y el duelo entre dos hombres, que se desarrolla, además, de manera muy desigual.

«Lo político flota en todos mis textos»

⇒ Tu obra nunca ha dejado de ser social, o al menos de reflejar factores sociales en sus tramas y personajes, pero ésta es tu primera incursión directa en un argumento de claro fundamento político. ¿Te la debías a ti mismo? ¿Es sólo un hito en tu carrera o puede ser indicio de un discurso futuro?

Lo político siempre flota en todos mis textos. Mis historias criminales, por ejemplo, siempre son alegorías de asuntos colectivos que me importan. O, al menos, siempre soportan bien esa lectura política. En este caso, podía permitirme hablar abiertamente sobre política, porque la política estaba en el origen de lo que ocurrió. Pero, por otro lado, me permitía mover a la reflexión sobre algunos males de los que la política actual no se ha librado. Así que he podido ser bastante más explícito en ese sentido. En el futuro, supongo que volveré a introducir lo político como segunda o tercera lectura, tras el primer plano de relato.

«Huyo del aburrimiento. Necesito hacer siempre cosas distintas»

⇒ Tocas muchos palos: cuento, guión, teatro, costumbrista, negra, ficción intimista, ahora también histórica. ¿Huyes desesperadamente de la etiqueta?

Huyo del aburrimiento. Necesito hacer siempre cosas distintas, no encasillarme, aprender a hacer cosas nuevas, ponerme retos e intentar cumplirlos. Puede que sea porque me planteo el oficio de la escritura como una tarea de aprendizaje. Una vez aprendo a hacer algo, prefiero, si puedo, no repetirme.

Has alcanzado ese punto que tanto ansía y tanto teme el escritor: la producción industrial. Que tanto ansía por lo que tiene de visibilidad, reconocimiento, realización, ventas; pero que tanto teme por lo que de sujeción a plazos, agendas, estrés y compromisos conlleva. ¿Cómo lo vives?

A mí me gusta el trato con el público y me gusta conocer gente, así que no experimento la vida pública como algo molesto. Pero a veces, por ejemplo en las épocas de promoción, que implican muchos desplazamientos, echo de menos algo de espacio mental (para escribir) y de tiempo para estar con los míos. Por lo demás, lo llevo más o menos bien y, al fin y al cabo, se trata de unas semanas al año.

⇒ Diecisiete años ya desde tu primera publicación. ¿Es hora de balances, de recuento siquiera provisional de tu trayectoria?

Uno puede elegir correr el Tour o comentarlo. Yo prefiero correrlo. Así que es mejor que hablemos de esto dentro de otros diecisiete años.

«No ha habido una camada de poetas tan potente en Canarias desde la II República»

En una entrevista que inicia la andadura de una nueva revista literaria editada en Canarias, la pregunta es tan tosca como inevitable: ¿qué visión tienes del panorama literario en las Islas?

Voy a intentar responder sin citar ningún nombre porque se me quedarían muchos en el tintero y eso sería injusto. Pero hay muchos autores y autoras interesantes, creando obra potente que merecería salir más allá de nuestro ámbito geográfico. Ahora mismo continúan estando ahí novelistas y cuentistas que yo considero ya clásicos (formaron parte en su momento de eso que se llamó la Generación del Silencio) con la gente de mi generación (los que comenzamos a publicar hace quince o veinte años) y, al mismo tiempo, se ha incorporado al panorama un nutrido grupo de narradores y narradoras muy jóvenes que están marcados por algo muy interesante: no temen hacer novelas de género. Escriben novela negra, novela enigma, género fantástico, ciencia ficción y algunos lo hacen realmente bien. Y, por otro lado, desde la llegada del nuevo milenio, fuimos quitándonos de encima aquella tendencia gregaria, que nos agrupaba en generaciones, manifiestos y otras etiquetas, que funcionan bien hacia lo extraliterario pero que acaban lastrando el desarrollo de la obra individual. Yo sé que el día de mañana esas firmas jóvenes nos darán muy agradables sorpresas. El problema es que, por ahora, sus textos se dispersan en editoriales minoritarias, cercanas a la autopublicación, el crowdfunding o lo exclusivamente digital. Nos faltan editores. Seguimos conservando algunos de los que aparecieron con el nuevo siglo, pero seguimos careciendo de tejido editorial profesionalizado. Esto puede parecer extraliterario, pero no es una cuestión baladí: un buen editor no solo te proporciona un vehículo para hace público tu trabajo, sino que te hace de filtro y de espejo, te señala tus defectos y te obliga a corregirlos. La gente de mi quinta acabó dando con buenos editores y eso nos hizo mejorar mucho. Espero que ellos tengan la misma suerte, porque eso nos hará mejorar a todos. Si esos editores son canarios, mejor que mejor. Pero si no, habrá que buscarlos fuera. Todo esto referido a la narrativa. En cuanto a la poesía, estoy enamorado de la obra de los poetas de mi arco de edad, los que comenzaron también a publicar a finales del siglo XX y que hoy son de lo mejor que se puede encontrar en español. Poéticamente, creo que no ha habido una camada de poetas tan potente en Canarias desde la II República. Sé que esto cabreará a muchos, pero pienso que es cierto, que su valentía estilística, su acierto en la experimentación y su firmeza entroncan directamente con aquellos grandes autores cuya obra se vio condicionada o, incluso, en muchos casos, truncada, por el 18 de julio.


Alexis Ravelo (Las Palmas de Gran Canaria, 1971) se define en su blog como «escribidor calvo de Las Palmas de Gran Canaria. Novela negra, cuentos y microrrelato, libro infantil y juvenil, teatro y televisión y, en general, cualquier cosa susceptible de ser escrita y que contribuya a permitirle sobrevivir a base de bocadillos de chopped». En su dilatada trayectoria literaria destacan títulos como Tres funerales para Eladio Monroy (Anroart, 2006), Los tipos duros no leen poesía (Anroart, 2011), Morir despacio (Mercurio, 2012), La estrategia del pequinés (Alrevés, 2013) —galardonada con hasta cuatro premios—, La última tumba (EDAF, 2013) —premio Ciudad de Getafe de Novela Negra y nominada al II Premio Pata Negra—, Las flores no sangran (Alrevés, 2015) La otra vida de Ned Blackbird (Siruela, 2016) o Los milagros prohibidos (Siruela, 2017). Sus textos figuran en antologías y volúmenes colectivos de carácter ensayístico y narrativo, y ha impulsado iniciativas de carácter asociativo, didáctico o editorial. En su faceta didáctica, en la actualidad coordina el Taller Creativo Domingo Rivero y los talleres narrativos del Centro de Aprendizaje Unibelia

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