‘Y tú serás el río’- Cecilia Domínguez Luis

 

Título: Y tú serás el río

Autor: Cecilia Domínguez Luis

Editorial: Diego Pun

Género: Novela

ISBN: 978-84-948779-0-2

Lanzamiento: junio de 2018

Precio: 9,62 €

 

Margarita Santana de la CruzCarmen Margarita Santana de la Cruz es doctora en Filosofía y profesora de la Facultad de Humanidades (sección Filosofía) de la Universidad de La Laguna. Como poeta ha publicado, en la editorial 23Escalones ‘El Verbo que te dice tiempo’ (2008) y ‘Anclajes’ (2009). En 2017, Escritura entre las nubes, publica ‘Geografías (en tres movimientos)’.

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Tuve la oportunidad de leerla antes de que llegara a la imprenta. No recuerdo si ya había leído y disfrutado Mientras maduran las naranjas, pero encontrarme con Y tú serás el río fue un regalo.

Si utilizamos un neologismo muy de moda y que, debo decir, no me gusta nada, esta novela sería la precuela de la ambientada en Los Silos. Yo, por el contrario, creo, al menos en lo que a la escritura de Cecilia se refiere, que los tiempos de dicha escritura tienen vida propia. Y esta novela es un ejemplo de ello. Debo decir también que me resulta difícil hablar de ella sin tener presente lo que sé por Mientras maduran las naranjas, pero eso no significa —pese a la unidad, o quizá por esa misma unidad, que logra la autora entre ambas obras—, que no tenga una entidad propia, como intentaré mostrarles.

¿Por dónde empezar? Quizá por lo que Y tú serás el río no es. Y no es una novela histórica, pese a la profusa documentación que encontramos en sus páginas. Esta novela es una novela de personajes, una novela extraordinariamente poliédrica en la que la realidad social y política actúa como el telón de fondo respecto al cual la narración de los dos personajes principales —Julia y Ernesto— va reconstruyendo, en un movimiento coral que implica a otros muchos personajes, cómo se entreteje una vida.

Estructurada en dos partes —Julia y Ernesto, la segunda de tipo epistolar—, cada una de ellas nos muestra, junto a lo anterior, la diferencia entre nuestra autopercepción y la percepción que los otros tienen de nosotras. No sé si era propósito o intención de la autora recoger también este aspecto o faceta de la existencia en su novela, pero sea como sea, es un logro extraordinario.

Pero vayamos por partes, porque si poliédrica es la novela, múltiples son también las formas de abordarla.

El sol caía de lleno sobre los balcones que, hasta ayer, lucían con macetas repletas de geranios y que, ahora, se adelantaban a la ausencia. Un abandono que toda la casa empezó a presentir en el trasiego de los muebles, la envoltura de la loza más necesaria, el vaciado de los armarios, el cierre forzado de los baúles.

Yo los contemplaba, vacíos, como a la espera, y respiré hondo, antes de dar el portazo necesario para que la puerta de la calle encajara sobre sus goznes y se cerrara. Luego le di dos vueltas a la llave.

Así comienza el relato, con el abandono de la casa, una casa que es capaz de presentir la ausencia que vendrá. Julia abandona su hogar y emprende el viaje a Los Silos con sus dos hijas y con su hermano Daniel. Ruptura dolorosa, e involuntaria, con el Valle, con las raíces, con su gente. Destierro. Exilio. El viaje a la Isla Baja será la excusa, o mejor la ocasión, para evocar, recrear, hilar y entretejer lo que ha sido su vida, y la de muchos y muchas otras que la han acompañado, en un ejercicio de memoria que parece necesario ante el aparente punto y final que supone el propio viaje.

Julia rememorará su vida, y nos hará partícipes de ella, a través de un diálogo interior en el que logra ir construyendo un caleidoscopio del que ella será sólo una de las figuras. Del yo a la totalidad y de la totalidad al yo que se va forjando con ella. En ese proceso de construcción nos encontramos con la muerte de su madre, de su hermana Elisa, con el padre masón, filántropo, anticlerical y contradictorio que la hace responsable del cuidado de sus hermanos pese a que es dos años menor que su hermana Sara, con el viaje a Santa Cruz cinco años después de la muerte de la madre; un viaje en el que pernocta, con su padre y Sara, en Tacoronte, en el hotel Camacho —porque entonces esos viajes eran largos—, un viaje para comprar telas que llegan en un barco procedente de Inglaterra; nos encontramos con paisajes y pájaros, con la visita de Alfonso XIII, con la guerra, con su noviazgo y su vida con Ismael, su marido; con la muerte de Sara. Julia diciéndose a sí misma, diciéndonos de su celo protector con sus hermanos, de su admiración por ellos y a la vez de sus miedos, de “la maldita política”. Ella que, muy a su pesar, tiene también conciencia social y preocupación política y no puede culparlos por eso mismo.

La maravilla de ese contarse de Julia radica en que va creando un paisaje humano que es a su vez un retrato inapelable de su época. El mundo del Valle, con «el cochambre del cacicato», como lo llama Ernesto, en el que destacan Carmen la medianera y Amparo la costurera, violada y madre de dos hijos de su padre, al que no despiden por ser buen trabajador de la finca, la primera; violada por los señoritos de las casas a las que iba a coser y despedida por sus familias, la segunda. El mundo de los caciques que no respetaban los derechos laborales de sus trabajadores, que pretendían que votaran a quienes ellos querían de forma que pareciera que todo cambiaba para que no cambiara nada. Aquellos que se arrimarían al ascua de la bandera republicana si hacía falta para no perder poder y privilegios. Los mismos que aprovecharían la falta de unidad de la izquierda para rearmarse en sus posiciones con la aquiescencia y la alianza de la Iglesia.

Julia, agarrada al paisaje que se sucede de camino a Los Silos, se ausenta, se cuenta y nos cuenta.

Este hermoso ejercicio de memoria que nos regala Cecilia nos coloca ante nuestro pasado —no tan lejano— y nos hace ser conscientes de la necesidad de contar, de no olvidar. Como dice Julia al terminar el viaje a propósito de todos esos recuerdos que ha ido hilvanando y deshilvanando, y de los que no desea que se conviertan en un lastre:

Los guardaría, como se guardan las viejas fotografías, las cartas, las postales, en un cajón, al fondo de cualquier armario, hasta que llegara el momento de sacarlos; cuando ya no hicieran daño ni produjeran nostalgia. Cuando fueran, simplemente, una historia distante, de esas que parece que no hemos vivido.

Entonces será el momento de contársela a mis hijas, como quien cuenta un cuento en el que los protagonistas tienen nombres cercanos y unos rostros que sonríen desde un retrato en sepia.

Creo que así lo hizo.

Las cartas de Ernesto a Maruja conforman la segunda parte de la novela. Cambio de perspectiva. Ahora veremos a Julia bajo la mirada de su hermano, quien nos narrará en primera persona esa vida que en el relato de ella aparecía en ocasiones como una página en blanco. Y sabremos de su activismo, de su sentido de la responsabilidad política, de su entusiasmo, de su conciencia social, del periódico que llevaba, de su asesoramiento a medianeros y jornaleros, de su lucha contra los caciques, de su llamada a filas y su participación en el desastre de Annual, de la deserción. Sabremos del desertor que logra llegar a Cuba y que nos ofrece una minuciosa descripción de la Habana, de sus calles, de sus gentes, del racismo, de la corrupción, del ambiente político de la isla. Ernesto —Cecilia— nos lleva de la mano por un paseo atento y detallado en el que casi nos hace sentir que estamos ahí, viendo lo que él vio.

En las cartas a Maruja nos encontramos con un hombre tierno y enamorado que, como Julia antes, reconstruye su vida para ofrecérsela dadivosamente a su mujer. Y en esa reconstrucción, nuevamente, va apareciendo un paisaje marcado por el amor a su hermana, a su familia, por la lucha política —sus viajes a Gran Canaria, donde conoció a Maruja, activista como él—, por el fervoroso deseo de cambios, por la ilusión, por la fe en la posibilidad de que esos cambios se hicieran realidad.

Ernesto es un hombre de acción, es un hombre esencialmente bueno, y es, sobre todo, un pacifista. En la página 215 nos dice:

Ahora, a casi diez años de aquel desastre, la gente parece haber olvidado la atrocidad de aquella guerra, y este olvido del horror puede conducirnos a nuevos errores. La memoria, amor mío, conservar en la memoria todos los desastres ocasionados por la sinrazón del hombre es importante para que no vuelvan a producirse. No importan las supuestas victorias, porque todas las guerras son una gran mentira.

Palabras premonitorias, en su alusión a la memoria volvemos a encontrarnos con lo que, a mi modo de ver, impulsa la escritura de Cecilia. El mundo de Y tú serás el río es el de las adultas y los adultos. El de Mientras maduran las naranjas nos lo muestra bajo la mirada de una niña. Pero ambos nos enseñan que sólo la memoria nos salva del olvido. De la tiranía inmovilista de la inmediatez. Y de la descreencia.

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