Rafael-José Díaz: «La alta ruta’ es el libro más difícil, más exigente, que he traducido»

► El poeta traslada por primera vez al español una obra del escritor suizo Maurice Chappaz, uno de los autores europeos más destacados del siglo XX
► El libro se presenta este miércoles, 21 de febrero, a las 20.00 horas, en el Espacio Cultural CajaCanarias de Santa Cruz de Tenerife

El próximo miércoles, 21 de febrero, tendrá lugar en el Espacio Cultural CajaCanarias de Santa Cruz de Tenerife la presentación de La alta ruta (Periférica, 2017), el primer libro del escritor y poeta suizo Maurice Chappaz (1916-2009) que se traduce al español. Este hecho, relevante sin duda, no tendría sin embargo mayor trascendencia para las letras canarias si no fuera porque el artífice de esta apuesta editorial ha sido el también poeta tinerfeño Rafael-José Díaz, que se desplazó hasta la localidad de Raroña para trasladar a nuestro idioma una obra difícil de encasillar, pues en ella conviven poesía y prosa poética, filosofía y espíritu viajero. Un texto que, en palabras de Jean-Paul Paccolat, resulta «de extrema sensualidad, donde el cuerpo se convierte en el actor principal». Díaz rinde tributo así a un autor «vagabundo y sedentario, íntimo y expansivo, defensor de la integridad natural de su país natal y a la vez participante en la construcción del progreso, iconoclasta y fervoroso recolector de tradiciones, propietario de viñedos, alpinista y defensor del bosque mítico de Finges», según expresa la editorial. Con Díaz intentamos desentrañar los secretos del autor, de la obra y del proceso de traducción.

⇒ Un canario en Suiza, acercando la literatura helvética al lector de habla hispana. ¿Cómo surge el encargo de traducir el libro?

«mis jornadas transcurrieron casi como las de un antiguo monje dedicado no en este caso a copiar un texto ajeno, sino a traducirlo»

En 2013 supe de una beca convocada por el Cantón de Valais para traducir un libro de «literatura alpina». El Valais se encuentra en el interior de los Alpes, más concretamente de los Alpes Peninos, así que cualquier libro escrito por un escritor valesano puede considerarse literatura alpina. Hacía mucho tiempo que llevaba queriendo traducir a Maurice Chappaz, posiblemente el autor más conocido del Valais y, pese a ser un autor más o menos desconocido en otros ámbitos, uno de los escritores europeos más destacados del siglo XX. Elegí La haute route porque se trataba de un libro sobre la montaña y pensé que encajaba a la perfección con el concepto de literatura alpina. Maurice Chappaz no había sido traducido al español y creía que era un autor que a muchos lectores podía interesarles descubrir. En definitiva, me dieron la beca y durante tres meses (de enero a marzo) residí en Raroña, un pueblo del Alto Valais, situado en la zona de ese cantón en la que se habla alemán. Como podrán imaginar, era el lugar ideal para traducir ese libro, pese a que resultaba extraño estar traduciendo un libro del francés rodeado de germanohablantes. Instalado entre altas moles nevadas, relativamente cerca de Zermatt y de Saas Fee, lugares míticos del alpinismo, en el interior del valle del Ródano, de ese vallis de los antiguos romanos que para escritores como Ramuz fue siempre «una especie de isla», en un lugar como Raroña, elegido por Rilke para descansar durante toda la eternidad (su «sueño de nadie bajo tantos párpados», esto es, su tumba, se encuentra junto a la iglesia de esa localidad: pasaba por allí casi a diario), mis jornadas transcurrieron casi como las de un antiguo monje dedicado no en este caso a copiar un texto ajeno, sino a traducirlo, es decir, a copiarlo de otro modo, a interpretarlo en otro código, a reinventarlo y a recrearlo en el interior de la lengua propia. Cuatro años después, en 2017, tuve la suerte de que la editorial Periférica se interesara por el libro y apostara por publicarlo. Y hoy, que es una feliz realidad —su edición es exquisita—, al releerlo para preparar la presentación me he recordado allí, en el Valais, en unos meses felices, de aislamiento y de visiones, de recogimiento y aventuras, y he deseado volver: porque al Valais, una vez que se ha ido, se desea siempre volver.

⇒ ¿Qué representa este trabajo en tu trayectoria como traductor y escritor?

Traducir La alta ruta fue una experiencia impagable. Es el libro más difícil, más exigente, que he traducido. Exigió torsiones alucinantes de la sintaxis, la invención de neologismos, la interpretación de pasajes no siempre claros, la búsqueda de equivalencias españolas para las onomatopeyas e interjecciones que abundan en el libro y que le dan ese tono fresco, inmediato, jubiloso. Me puse un horario de trabajo: seis horas diarias de lunes a viernes, tres horas por la mañana y tres por la tarde. El resto del tiempo hacía ejercicio, cocinaba, leía, caminaba y, sobre todo los fines de semana, visitaba el valle del Ródano, lugares, pueblos, viacrucis, viñedos, tabernas, funiculares, el mítico y chappaziano bosque de Finges… No podía recorrer la haute route, pues solo puede hacerse en verano, pero quise empaparme de todo ese ambiente tan especial del Valais: como un modo de estar más cerca de Chappaz mientras lo traducía.

⇒ Hemos dicho que se trata de un libro difícil de encasillar. ¿Cómo definirías la obra: libro de viajes, prosa poética, narrativa…?

«es un libro sobre alpinismo y una especie de tratado místico. Un relato alucinado sin personajes y sin historias (o con un único personaje y una única historia). Un libro de geología poética»

La alta ruta es un libro inclasificable. Lo más sencillo sería decir que es una descripción de la haute route, es decir, la ruta alpina que va de Chamonix a Zermatt. En realidad, es todo eso que has mencionado y muchas otras cosas. Es un libro sobre alpinismo y una especie de tratado místico. Un relato alucinado sin personajes y sin historias (o con un único personaje y una única historia). Un libro de geología poética. Un centón de impresiones fugaces que su autor amontona con el dinamismo y la velocidad de quien esquía. Un inmenso y bellísimo poema en prosa que cada lector debe reconstruir en su mente, sobre todo si no ha visitado los paisajes que en él se describen. Pero La alta ruta es también un libro de viajes, con su comienzo en los últimos pueblos antes de las inmensas montañas, durante el deshielo, ante el peligro de las avalanchas, y su final, el regreso a la hierba, al valle, al Ródano de las mil flores, de las mariposas y las abejas, a ese paraíso no del todo perdido que para Chappaz eran los pueblos del Valais.

⇒ ¿Qué se va a encontrar el lector? ¿Qué destacarías del libro?

«El lector va encontrarse en medio de un mundo desconocido. Radiante y tenebroso a la vez, una especie de permanente ascensión hacia el cielo, hacia la ‘tierra azul»

El lector va encontrarse en medio de un mundo desconocido. Radiante y tenebroso a la vez, una especie de permanente ascensión hacia el cielo, hacia la tierra azul. Pero, como cualquier acercamiento a lo inalcanzable, está plagado de peligros. El lenguaje con que ese mundo se describe es vibrante, intenso, jovial, extremadamente vivo. Es un idioma inventado a cada paso. Una lengua pegada al paisaje, que a su vez está adherido al cuerpo. Se buscan palabras capaces de decir esa fusión, esa vivencia de no separación entre el afuera y el adentro, esa experiencia extrema de la nada blanca. El lector encontrará glaciares, seracs, valles, morrenas, crestas, cabañas, guías de montaña, cordadas, bosques, gamuzas, cornejas a través de una ventana rodeada de niebla… Pero todo esto está descrito desde el interior de un cuerpo que lo vive con intensidad, arriesgándose a sí mismo, incluso en sentido literal. El lector debe estar dispuesto a dejarse ganar por esa dislocación del lenguaje que, en definitiva, es un regreso al origen y a las verdades últimas.

⇒ Hay quien sostiene que traducir una obra literaria es una labor incluso más complicada que la de concebirla, por esa exigencia dual de fidelidad y traslación a otro código, de recreación al fin y al cabo, que conlleva. ¿Cómo fue el proceso de traducción? ¿Qué resultó más arduo?

Durante el primer mes y medio, y siguiendo ese horario que me había marcado, traduje el libro en su totalidad. Lo hice directamente a ordenador e iba señalando en rojo los pasajes que me generaban dudas. En las dos semanas siguientes leí la traducción para ajustar el estilo. Para resolver los pasajes dudosos consulté las versiones de La haute route en alemán e italiano. La primera es un poco más libre que la segunda, pero ambas me ayudaron a desentrañar algunas expresiones complejas. No en todos los casos, sin embargo, me fueron de ayuda, pues lo que en un idioma puede funcionar en otro se atasca o rechina. Fui anotando términos, muchas veces helvetismos, expresiones, frases de especial dificultad, y se las envié a los profesores Jerôme Meizoz y Pierre-François Mettan, a quienes conocí una tarde inolvidable en Sion, donde residen. Sus respuestas y comentarios me fueron de inestimable ayuda, pues no solo son dos de los mejores expertos en la obra de Chappaz, sino personas de gran sensibilidad y finura. Debo decir, por último, que la editorial Periférica me envió antes de las primeras pruebas una serie de sugerencias a la traducción que, aceptadas en su mayor parte, la mejoraron.

⇒ ¿Estás trabajando en alguna otra traducción o tienes alguna a la vista?

Cuesta mucho en los tiempos que corren conseguir que las editoriales acepten proyectos de traducción. Un libro que tengo terminado hace tiempo, un poemario de la poeta suiza José-Flore Tappy, ha visitado ya cuatro editoriales que, de momento, dan la callada por respuesta. Y eso que es un libro deslumbrante. He empezado a traducir un libro de Jean-Marc Lovay, otro de los grandes autores suizos completamente desconocidos en España. Espero que en este caso haya más suerte. En las semanas que pasé en Valais, cuando ya había terminado de traducir el libro de Chappaz, empecé a traducir la poesía completa de Anne Perrier, una autora que murió hace un año a la edad de noventa y cuatro años y que es una de las voces más secretas y personales de la poesía suiza de lengua francesa. Un amigo me insiste en que traduzca a Ramuz, del que solo hay dos novelas en español. Y con otro, desde hace tiempo, tengo el proyecto de traducir juntos el libro más importante de Gustave Roud. En fin, ojalá alguno de estos proyectos cuaje algún día. En la medida de mis posibilidades, seguiré intentado difundir a autores poco conocidos de una literatura, la suiza, que merece mucha más atención que la que recibe.

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