‘Nada de lo que puedo ofrecer me pertenece’ – Pepa Alemán

 

Título: Nada de lo que puedo ofrecer me pertenece

Autora: María José Alemán Bastarrica

Editorial: Ediciones La Palma

Género: Poesía

ISBN: 978-84-949348-9-6

Lanzamiento: enero de 2019

Precio: 14 €

 

Este libro es una cebolla. La autora nos lo ofrece como un fruto recién sacado de la tierra, pero no se trata de mercadeo ni de llamadas de atención para que su género se imponga. María José, yo la llamo Pepa, es consciente de que ni tierra ni fruto le pertenecen, por lo que su ofrecimiento, su intención de alimentarnos no busca retribución, sólo entrega. Difícil entender este título aforístico dentro del panorama ético contemporáneo en el que la pertenencia y la acumulación de beneficio forman parte del corazón de nuestro mundo. Quizás Pepa nos ha querido transmitir un convencimiento íntimo, una conclusión de su trato con lo que tiene y lo que da para que pensemos, antes de la inmersión en su universo, en lo que implica ser humilde.

Su estirpe aforística le obliga a afrontar un discurso estoico que se filtra, atendiendo a las palabras de Jacques Derrida sobre el sentido de la escritura del poeta Edmond Jabès: «Entre la carne demasiado viva del acontecimiento literal y la piel fría del concepto». Esto genera un tensor provechoso para la reflexión, ya que al renegar de deslumbramientos o descripciones pormenorizadas, el concepto que ingresa en nosotros mediante la palabra se abre al tiempo, y el tiempo es perspectiva. Se logra así un fenómeno semejante a dejar la mente en blanco durante el proceso meditativo, cuando los pensamientos se detienen y el silencio aflora. Es ese silencio el que parece buscar la autora en los espacios blancos; el silencio, copado de enseñanzas, que separa los versículos sagrados de la Torá.

Pero no nos engañemos, aquí no hay lecciones de autoayuda ni piruetas posmodernas que quieren ser poesía porque alguien se ha empeñado en autoproclamarse poeta. Aquí encontraremos lo que Paul Valéry consideraba el motor de su escritura: la construcción de una mente.

«Esta cartografía de instantes requiere de un conocimiento actualizado sobre un género que da pie a muchas definiciones. Me refiero a esa grieta entre el poema en prosa y el aforismo»

Esta cartografía de instantes requiere de un conocimiento actualizado sobre un género que da pie a muchas definiciones. Me refiero a esa grieta entre el poema en prosa y el aforismo, la revelación y el apunte memorístico que muestra múltiples caras de un sujeto que se contempla ajeno a sí mismo y, por ello, es capaz de deducir realidades sin caer en el manierismo del yo, pericia que se agradece en este tipo de escritura. Desde mi punto de vista, el recurso del yo, si no es empleado con cautela, puede generar una solución demasiado simplista a una problemática apasionante que no se ha contemplado desde suficientes ángulos. Pepa ha viajado por esta reflexión y, con honestidad de persona que se preocupa por la forma, ha sabido crear una estructura, un sistema propio en el que investiga mientras la alumbran otras voces. Pepa no se conforma con ser ella misma y eso es enriquecedor para la creación e impide que el estilo se estanque en autoengaños. En lugar de empeñarse en fabricar versos blancos o columnas afónicas, ella genera fragmentos que hila mediante el discurso estoico antes mencionado. Cuando esos fragmentos se cohesionan forman una red que, posteriormente, dispuestos en un orden de superficie a núcleo o de núcleo a superficie, comienzan a pensar como un ser orgánico. Este libro piensa y, por ello, permite tantas interpretaciones como formas de lectura. Empecemos desde el final, desde una apertura azarosa o siguiendo el orden clásico y descubriremos mensajes diferentes. Nos encontramos ante una red neuronal y dependiendo de la progresión que llevemos a cabo en sus páginas la obra responderá de un modo diferente cada vez.

«No es una cualidad rara», escribe Harold Bloom en su canon a propósito de Emily Dickinson, «en los grandes poetas poseer tal fuerza cognitiva que cuando los leemos nos vemos enfrentados a auténticas dificultades intelectuales». Estas palabras del catedrático de Yale son demoledoras, ya que muchos autores que hoy definen como grandes poetas deberían ser examinados por la crítica a la luz de lo difícil que entrañan, no de lo sencillo, emocionantes o directos que resultan. Los parámetros establecidos por cierta poesía sentimental y populista, obsesionada con hacerse entender, al descartar de sus posibilidades creativas cualquier concesión a lo profundo, lo hermético y, en definitiva, lo difícil, menoscaban el centro mismo de lo poético y ridiculizan el oficio. Este libro, por fortuna, no busca ser entendido porque, como ya se advirtió antes, en él todo es ofrecimiento sin esperas. Su exposición no es pornográfica, aunque la presencia del cuerpo sea recurrente. La aparición que el cuerpo hace en estas páginas evidencia una noción apegada a lo espiritual, como si el cuerpo que usa la poeta fuera más un fantasma que un corpúsculo. 

En la sección que lleva por título 1, y que es la última parte de la obra, leemos: «La piel de la cebolla es el manto del ser». Este aforismo de raíz existencialista ubica muy bien la forma a la que nos enfrentamos, ya que se trata de un objeto hecho de capas que revisten un núcleo. Sin lugar a dudas existe complicación en el acto de pelar una cebolla. Su efluvio parece repeler la rotura de su forma y las capas que la constituyen resbalan, unas sobre otras, cuando el cuchillo las presiona, pero las cebollas, como aquellas que alimentaron al niño de Miguel Hernández, son frutos humildes y su tratamiento genera un sabor atractivo repleto de matices. El orden que Pepa concede a las palabras posee la complicación que conlleva pelar una cebolla. Es difícil saber dónde empieza una capa y dónde otra, los términos resbalan unos sobre otros y el efluvio estoico impregna cada oración y homogeniza a este libro con forma de esfera.

«Imponer complejidad mediante términos sencillos es una labor titánica de la mente y requiere de un orden sintáctico rotundo»

Imponer complejidad mediante términos sencillos es una labor titánica de la mente y requiere de un orden sintáctico rotundo, de lo contrario el acoplamiento entre lo pensado y lo expresado puede quedar cojo o tambalearse. Esto se obtiene mediante práctica y repetición, una actitud, a fin de cuentas, que exige transparencia lingüística y una forma de ver las cosas que encaja con el siguiente texto, también aforístico, de Wittgenstein: «Cuando me doy la vuelta, desaparece la estufa. Las cosas no existen en los intervalos de la percepción». Es esta percepción, consciente de la discontinuidad de lo real, la que se muestra en Nada de lo que puedo ofrecer… 

En cuanto a la simbología; el mirlo, el perro, el cuerpo y la casa se transforman en símbolos por efecto de repetición, como si al invocarlos desde diferentes perspectivas la autora los sacralizara, aunque no les compone melodiosas odas o parafernalias surrealistas, sencillamente los fija en la acuarela del poema. Piensa detenidamente lo cotidiano, lo vincula a su moral y percepción y así lo expresa: «Fue casual que, mientras leía un poema de Emily Dickinson, se colara distraída una abeja en el salón. Que terminara muerta dentro de la lámpara estaba escrito en el poema». Esta interiorización de lo cotidiano recuerda al poema de fragmentos en prosa de Adam Zagajewski, Antenas en la lluvia, cuyo ensamblaje, inevitablemente, entronca con la estructura de conceptos entrelazados planteada en Nada de lo que puedo ofrecer… Si Zagajewski parece recoger las palabras que fluyen a su alrededor, Pepa, por el contrario, somete las palabras a su rigor filosófico, no en busca de lucidez racionalista, sino de ese fenómeno de ruptura que las tradiciones antiguas denominaron iluminación.

«Desentrañar los mecanismos que conducen a una persona a la escritura requiere de un concienzudo ejercicio de interpretación»

Desentrañar los mecanismos que conducen a una persona a la escritura requiere de un concienzudo ejercicio de interpretación. Gran parte de la valía de un libro se encuentra ahí, en la materia que puede extraerse durante tal ejercicio, es decir; en aquello que oculta y que nos obliga a preguntarnos: ¿por qué escribió esto? No obstante, evitemos la puerilidad de referirnos a un libro en términos de valía o gusto, pesado o ligero, complicado o directo. Flaco favor hacen tales consideraciones a Szymborska («Leemos las cartas de los difuntos como impotentes dioses, / pero dioses a fin de cuentas / porque conocemos las fechas posteriores), Eliot (Porque no espero conocer jamás / La endeble gloria de la hora positiva, / Porque pienso que no / Porque conozco que no he de conocer / El único real de los poderes transitorios) o Wallace Stevens (El padre está sentado en el espacio, / Dondequiera que sea, con aspecto no amable, / Como alguien que es fuerte en los arbustos de sus ojos»). En estos tres animales endémicos de la poesía, las cotas de extrañamiento entre el objeto y lo representado, alcanzadas mediante la conquista, cada cual, de su estilo, son fieles a la tesis de Víktor Shklovski en El arte como procedimiento: «La finalidad del arte es proporcionarnos una sensación del objeto, una sensación que debe ser visión y no sólo reconocimiento. Para conseguir este resultado el arte se sirve del extrañamiento de los objetos y la complicación de la forma. El proceso de percepción en el arte es un fin en sí mismo y debe ser prolongado». Cabe señalar que la escritura que desfila en Nada de lo que puedo ofrecer… plantea  con solvencia extrañamiento y complicación formal, por lo que se trata, en rigor, de una obra de arte.

Alejandro Cioranescu, en un artículo publicado en la entrega ocho/nueve de la revista Syntaxis, define un concepto de la literatura, extraído del abate del siglo XVIII Charles Batteux, que es clarificador para componernos una idea sólida del compromiso moral que la autora posee con la creación. Escribe Cioranescu: «La literatura habla al individuo de su vida y su destino, bien para aumentarlo, perfeccionarlo, asegurar su conservación, o para disminuirlo, debilitarlo o hacerle peligrar». Quedémonos, pues, con esta cita y, especialmente, con los términos aumentar, perfeccionar y conservar como claves para la lectura.

El aliento poético que habita en las criaturas que vuelan, en las habitaciones cargadas de recuerdos o en el cuerpo herido se manifiesta para hacernos entender el inmenso misterio que supone la realidad cotidiana cuando sobre ella se deposita una percepción profunda. Lo que aquí se desvela es el paisaje interior de una poeta que se ve a sí misma desde una lejanía suficiente como para fundirse con el mundo, aunque sin renegar al dolor, al peso de la nostalgia y al cansancio del cuerpo. Sobrio y delicado, todo lo que se ofrece aquí tiene un por qué del que deberemos hacernos cargo una vez pasemos por sus páginas. Considerar que estos poemas nos pertenecen, que han sido escritos para iluminarnos, será inevitable, una consecuencia lógica para la mirada que esté atenta a la profundidad espiritual de la luz, a la belleza irrepetible de una mañana cualquiera, al ciclo de lo que nace del yo, avanza hasta las alturas del pensamiento alegórico y finaliza, gracias a la alquimia poética, convertido en mirlo, perro, cebolla.

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