‘Alētheia del sur’ – Iván Cabrera Cartaya

 

 
Título: Alētheia del sur

Autor: Iván Cabrera Cartaya

Editorial: Mercurio

Colección: Faro de la Puntilla, vol. 4

Género: Poesía

ISBN: 978-84-947273-5-1

Lanzamiento: julio de 2017

Precio: 8 €

 

En este libro, el autor comienza con una especie de visión algo irónica de su actividad como poeta, adivino cierto tono burlón, cierta constatación de la inutilidad del esfuerzo de escribir en pro de la vanidad de engrandecerse, aunque consciente de que es mera sombra en un muro que desaparece cuando cae la tarde.

Termina también el libro con una bonita despedida —a este respecto, de comienzo y final, están muy bien elegidos estos dos poemas—, La alianza, con la imagen de un hombre que parece alejarse hacia las afueras del pueblo en un paseo reflexivo en el que yo diría que se pregunta por su lugar en el mundo. Entre medias tenemos ocho poemas, algunos notablemente intimistas, donde el poeta se muestra digamos que enfrentado o contrapuesto a su interior. He querido ver también una relación entre la noche y esa voz interior que brota cuando el ruido externo, la vida cotidiana, mengua.

Alētheia del sur, según definición contenida en el libro, hace referencia a esa constante en varios poemas de «lo que permanecía escondido o encubierto», esto en cuanto a la parte Alētheia. ¿Qué hay de la parte sur? Aclara en DRAGARIA que el libro al que pertenecen estos poemas —esto resulta ser una selección— responde a impresiones de una época en la que vivía en el sur de Tenerife, en la zona turística es de presumir. Esta aclaración aporta bastante luz sobre uno de los poemas que menos encajo en el conjunto, La comuna, que probablemente hace referencia a esos «polacos, belgas, ingleses, italianos, uruguayos, marroquíes» con los que estuvo conviviendo.

No sé qué decir del poemario Alētheia del sur de Iván Cabrera Cartaya. Si me gustan los poemas o si no me gustan; si son buenos o no son buenos, eso menos. Hay frases que me despiertan del trance o estupor en que otras me sumergen. Eso está bien. Que una frase parezca darte la clave del poema y que la siguiente te la quite, apuntando en otra aparente dirección. Quiero decir que uno siempre tiende a buscarle un significado a las cosas, siendo bastante laxo en eso de significado. A mí me basta con que la lectura del poema en su conjunto me deje una especie de serenidad interior, una sensación de vale. Esto es una especie de comprensión como en equilibrio. Porque si uno se pregunta, ¿vale, por qué?, y empieza a analizar frase por frase entonces entramos en el mundo de la gramática y de la semántica, de la matemática filológica. Y ahí no se explican los poemas, me temo. A lo peor sí y mi mucha ignorancia me salva de esta explicación. Porque las explicaciones están bien para la física y las matemáticas, donde cuanta más precisión más provecho. Pero este es otro mundo, me parece, donde priman otros valores.

Y así descubre uno que la poesía, amigo, no es asunto tan fácil como llegar y besarle el pie al santito. Y solo después de trabajo —mayor o menor según cada caso— uno llega a tener apenas esa sensación que describía arriba, interna más que externa, es decir, informulable en una ecuación, de que ha comprendido, con todos los matices de duda al usar esta palabra, el poema. Habré comprendido o no, pero, como el lector del poema Retrato del lector en la terraza, me quedo con la creencia de haber restituido algo de lo no dicho. Y es esta idea, puramente vanidosa, la que te reconcilia con un poema, me temo. Solo tras esa sensación se atreve uno a decir que el poema está bien, que le gusta, porque ha conseguido leerlo finalizando con una sensación de haber completado un puzzle o haber resuelto, mal que bien, un misterio. Lo bueno es que otro puede llegar a otras conclusiones y también estará bien.

Respecto a si me gustaron o si no me gustaron los poemas. Creo que cada vez me va resultando una cuestión banal. O como mínimo, anecdótica. Me ha parecido, a mí que lo desconocía absolutamente, un poeta muy interesante. Que me ofrece, a pesar de las dimensiones del librito, un volumen denso, intenso, que me permite acercarme a la intimidad de un autor a través de sus poemas, que emplea un lenguaje algo críptico pero no indescifrable, que tal vez en algún momento las imágenes que inserta en el poema me resultan desubicadas o completamente ajenas a la idea que estaba haciéndome del poema, lo que, por otra parte, le abre dimensiones.

En fin, puedo decir que ya he conocido a otro poeta. Lo cual hemos de agradecer a esta colección, Faro de la puntilla que, sigo insistiendo, me parece un acierto que hay que agradecer, tanto a la editorial Mercurio, como al coordinador de la colección Eugenio Padorno.

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