‘Tras pasar el bosque’ – Nicolás Fernández Hernández

 
Título: Tras pasar el bosque

Autor: Nicolás Fernández Hernández

Editorial: Centro canario de estudios caribeños – El Atlántico

Género: Poesía

ISBN: 978-84-617-9002-9

Lanzamiento: Abril 2017

Precio: 10 €

 

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ras una segunda lectura de Tras pasar el bosque, de Nicolás Fernández Hernández, tengo la impresión de que, entre sus ciento una páginas y los treinta y cinco poemas que contiene, hay más, mucho más, de lo que el lector percibe de inicio. Nicolás Fernández mima cada verso con un dominio prodigioso de la palabra y sus significados. Es sin duda un erudito que crea, desde la experiencia vivida, un mundo casi mágico, surrealista a veces, en el que obliga al lector a mirarse en el espejo de su propio yo y de sus propios miedos y traumas, encerrados bajo siete llaves, que el autor va abriendo con sus verso potente una a una.

El poemario se abre y se cierra haciendo que el lector entre y salga de un bosque lleno de metáforas, de dolor y de miedos, expresados con la rudeza y desnudez del que ya ha sufrido todo eso para llegar a casa, a una Ítaca mítica y personal, convirtiendo así al lector en un nuevo Odiseo incluso a su pesar:

«Cuando te picoteen los buitres las heridas
y árboles milenarios, cual padres enojados,
la ingenuidad te azoten con látigos perennes,
no muestres ni un atisbo de dolor.
Deja que el hambre carcoma
tu rostro de muchacho,
que tu piel lacerada
luzca tatuado el desabrigo».

En el poemario, el autor hace añicos los mitos de la niñez, de la infancia inocente y feliz, de los cuentos con final feliz, cambiándolos por una realidad dura, sucia a veces, trágica casi siempre:

«Las princesas de hoy toman Orfidal
y nada las desvela».

O también:

«Las muñecas ya no quieren manipular más niñas,
las gominolas se visten de luto,
las piruletas pintan caries,
Mickey Mouse se muere por ser crionizado (…)
¿Saltamos a la soga
o jugamos al ahorcado?».

En Tras pasar el bosque, Nicolás Fernández hace un alarde de su indudable maestría creando imágenes con sus versos, imágenes y poemas que quedarán para siempre en el subconsciente del lector, inspirándole a veces, torturándole otras, nunca dejándole indiferente. Mientras se avanza por ese océano casi tenebroso de sus letras uno no puede evitar recordar a Charles Bukowski o a Anne Sexton y a sus poemas descarnados, desinhibidos, íntimos, de esa realidad sucia que todos vivimos aunque muchos prefieran seguir creyendo en princesas bellas y durmientes o en príncipes azules y en finales donde las perdices sean el plato principal.

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