Una poética de la relación

En torno al libro de artículos, ensayos y pensamientos 'La casa del caracol. El pensamiento archipiélago', de Juan Carlos de Sancho

María Teresa de VegaMaría Teresa de Vega (San Cristóbal de La Laguna) es licenciada en Filología Románica por la ULL. Ha sido profesora de Lengua Española y Literatura en centros de enseñanza de Tenerife y Madrid. En su formación influyeron, además, dos años cursados en la escuela de Bellas Artes y las muchas lecturas, de las que siempre dispuso en la casa de sus padres. Ahora vive en Canarias y escribe. Participa en un club de lectura de poesía, envía algún artículo a la sección cultural de un periódico y acude a muchos actos culturales de la isla. Su vocación por la literatura y sus primeras publicaciones son algo tardías, si bien tiene publicados cuatro poemarios, ‘Perdonen que hoy no esté jovial’ (2001), ‘Cerca de lo lejano’ (2006), ‘Mar cifrado’ (2009), y ‘Necesidad de Orfeo’ (2015); dos libros de relatos, ‘Perdidos en las redes’ (2000) y ‘Sociedad sapiens’ (2005), y tres novelas, ‘Niebla solar’ (2009), ‘Merodeadores de orilla’ (2012) y ‘Divisa de las hojas’ (2014).

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Es muy de mi gusto comentar este libro por muchas razones. La más importante es que creo que su autor, como debe ocurrir en todo espíritu ambicioso, pide la Luna. Y yo, como el Cyrano del dramaturgo Rostand, considero que ésta es el Paraíso a mi medida, y que allí encontraré, tal el deseo del héroe, a otras almas amigas, empezando por Juan Carlos mismo.

Esta sobresaliente compilación contiene textos muy variados, si bien muchos orbitan alrededor de la creación literaria y sus supuestos. Con uno de sus acentos colocado en todo lo que hoy, más que nunca, habla de escasez de ideas, de ausencia de provecho, gracias al dominante puesto conseguido por lo mercantil. Pero hay mucho más.

Sus ideas, pese a la apariencia —es decir, por su expresión amable, ligera, aérea—, no se captan enseguida en su totalidad, pues vienen envueltas en un discurso que se acerca a lo poético, original, cuyo centro tantas veces radica en una imagen a la que explota, enciende, obliga a servirle. Y dócil, esta le sirve con resolución, porque está, les aseguro, limpia de simplezas.

Hablando en general, Juan Carlos de Sancho es un prestidigitador. Porque combina de modo sabio los ingredientes de sus textos. Es admirable su manera de encadenar los hechos culturales, del mismo modo que, al hablar, enreda con sus citas. Lentas imágenes, sin estridencias, sostenidas, serpentean por su prosa. De esta categoría tenemos las que podríamos llamar sus figuras-fetiche dentro de su sistema conceptual: isla, con un significado diferente, y aprovecho para decir, extraordinario, sugestivo, generoso; cercana lejanía; lejanía cercana; laberinto; panoptistas; el adjetivo cosmopolita… que configuran su reino propio. Lo iremos viendo.

Sus crónicas tienen un sabor peculiar, nos trae la singularidad de otros sitios, nos envuelve lo felizmente extranjero, se acerca a lo lejano como en una fábula oriental donde se asiste a lo maravilloso, lo ajeno a la prosa de la mera descripción y enumeración que nos son familiares.

En este sentido, es característica su acertada ambientación, no por lo exacta, sino por lo atrayente. Lugares de Portugal, Méjico, Argentina, quedan transfigurados por la selección única de su mirada. Escritores o personas con reconocimiento, en general, se enhebran en las líneas del relato: Tabucchi, Pessoa, Woody Allen, Win Wenders. Yourcenar, Cortázar, Sergio Pitol, Marco Aurelio, André Breton, Rilke… personalidades de distintos tiempos y lugares que Juan Carlos introduce con habilidad, sin sobresaltos, sutilmente, y que hablan de su amor y curiosidad por el mundo y por aquellos que lo cuentan (o inventan): los escritores.

'La casa del caracol', de Juan Carlos de Sancho
Portada de ‘La casa del caracol’, de Juan Carlos de Sancho.

¿Y quién es escritor? Nos dice Juan Carlos que es quien lleva su casa a cuestas, como el caracol. Dentro de la concha alojan su creación y el infinito, que transportan a donde quiera que vayan. El caracol libre que es el autor, admite que también el lector puede ser un caracol, pues reescribe cada libro que lee, y que leyendo y reescribiendo de aquí y de allí, se convierte en un caracol cosmopolita. Término este de gran importancia en su sistema ideológico. Y hace bien el lector en procurar serlo, pues como sabemos —nos recuerda—, esa memoria de los escritores le ayudará a entender otras vidas, a reconocer el hombre o la mujer que se es en los otros/as mujeres y hombres. Porque leer, es salir fuera de nosotros mismos y estar con otros, porque leer destruye los prejuicios.

El libro se divide en varias secciones. Una de ellas, importantísima, es la denominada El pensamiento archipielágico. A mi juicio, la más original, y que constituye una moderna Utopía. Es una conclusión a la que he llegado después de la lectura. Y que necesita de su consentimiento.

Sabemos que las islas, en el pasado, siempre concitaron fantasías de carácter benéfico para los seres humanos. Según la tradición musulmana, el Paraíso Terrenal estaba situado en la isla de Ceilán. Para los celtas, el más allá maravilloso está en forma de islas localizadas hacia el oeste del mundo. Zeus es originario de Minos, isla sagrada. Etcétera. Pues, supongo que nuestro escritor se ha sentido respaldado por una tradición suficiente como para dotar, a nuestras otrora llamadas Islas Afortunadas y a otros precisos archipiélagos, de características que podrían configurar una sociedad ideal. Pero si en las anteriores utopías, como la de Tomás Moro, se describen sociedades cerradas, sin contaminación exterior, en lugares  inexplorados, la de Juan Carlos es todo lo contrario, es, en sus palabras, tener abiertas las fronteras a todas las influencias, es «una poética de la relación».

Entramos en el terreno de la fábula. En un velero, se parte de la «Isla de la  plácida ignorancia», donde reina la inteligencia natural y donde se está libre de lo banal y lo desmedido, hacia «Las islas del Deseo» donde reina, ahora, la sabiduría, materializada en una serie de decisiones virtuosas que están encerradas en 7 avellanas. Para ser protegidas del Mal. De entre ellas, menciono la creación de «La escuela del humor», porque carecer de humor es carecer de humildad y lucidez, y estar sobrado de engreimiento y desmesura con respecto al valor de uno mismo: son palabras del autor. Y «El club nómada» (un club al que nadie asiste porque están todos de viaje), ligado a la acción de viajar, esto es, a la importancia de conocer la pluralidad de la realidad humana. Viajar y leer encierran lo que puede ser la medicina para las enfermedades que hoy se padecen en el mundo: racismo, xenofobia, intolerancia…

«Al ser islas, se resisten a la globalización, quedan fuera del poder totalizador, de la excesiva inmediatez de todo»

A continuación, imagina 4 ideas-isla que pueden transformar el mundo y que se corresponden con 4 archipiélagos. Su virtud principal —y aquí estamos ante otra idea fundamental de nuestro escritor— es que al ser islas, se resisten a la globalización, quedan fuera del poder totalizador, de la excesiva inmediatez de todo. Donde se mastican cuidadosamente las influencias. Y donde la lentitud mantiene durante más tiempo la tensión creativa. Reproduzco más o menos sus palabras porque me parecen insustituibles.

Como vemos, estamos ante una visión positiva de lo que es ser isla —me entusiasma descubrirlo–, frente a construcciones teóricas que subrayan las desventajas. Así por ejemplo, he leído alguna vez acerca del «drama de la experiencia insular por todos padecido». Creo que son excrecencias fabricadas por algunos, sobre todo en el pasado, que han tenido un eco inmerecido.

«La isla —sigue  Juan Carlos— no es una reclusión, sino una red neuronal interconectada por los caracteres de la Revolución Insular». Estos son: Universalidad, Creolidad, Eternidad e Infinitud. Estamos en el corazón de su Utopía.

Resumo. La Universalidad (Canarias): se apoya para comunicar mejor su idea en el pájaro canario, conocido mundialmente, pájaro viajero. Claro está, fuera de su jaula. La universalidad es tener abiertas las fronteras a todas las influencias, es el interés por el mundo del que proceden nuestros visitantes. La Creolidad (Cabo Verde, Las Antillas): es el mestizaje, el encuentro entre culturas, escudos contra la intolerancia y el sectarismo. La Eternidad (Azores): es lo que encierra una imagen de una poeta de Las Azores que escribió: Las vacas de las Azores rumian la eternidad. Ese rumiar, nos dice el autor, es estar preparados para cualquier inmediatez, estar dispuesto a abarcarlo todo, lo presente y lo porvenir. Se me ocurre que con este rumiar, como un mecanismo cósmico, como una manivela, está sosteniendo el movimiento de la máquina del tiempo, desde su principio. La Infinitud (Madeira): es  lo que sugiere la  imagen del infinito que le proporciona un amigo: en Madeira, la bóveda inmensa que forman las luces de las casas que trepan por las laderas de sus montañas  y se unen a las luces de las estrellas. La infinitud es  esa continuidad, estar contra los límites.

«Todo su imaginar va en contra de lo ruin del ser humano, desde siempre: su egocentrismo; su narcisismo desmesurado»

Esta actitud mental, está en conexión con los ideales más grandes que ha tenido la humanidad. Todo su imaginar va en contra de lo ruin del ser humano, desde siempre: su egocentrismo; su narcisismo desmesurado; su evaluación inmediata de lo que es distinto, como malo y falso; un nacionalismo que achica, que excluye, de escasos horizontes. Es, el de Juan Carlos, un punto de vista abierto, acogedor, necesario hoy más que nunca. Si su isla quiere ser «Resistencia», hemos de añadir que quiere ser también «Inclusión».

Pasemos a otro aspecto de su libro. La isla inventada es una historia de los escritores y artistas que han hecho la isla, aquellos que la inventaron, que construyeron el imaginario insular. Desde el Romancero canario, pasando por Viera y Clavijo y Alonso Quesada, hasta las Vanguardias y Agustín Espinosa. Con el texto Unidos por aquello que nos separa, continúa este recorrido, este examen somero pero que destaca lo esencial, por los escritores significativos de Canarias. En esta segunda parte, encontramos a Pedro García Cabrera, López Torres, los Millares, Luis Feria, Pino Betancor, Pino Ojeda, el nuevo imaginario de Cecilia Domínguez Luis, etc., etc. También se hace referencia a importantes e influyentes revistas como Gaceta de Arte y su Pérez Minik y Planas de Poesía. De lo que significaron estos autores y estas revistas, en medio, en su caso, de la prohibición y las represalias; o en momentos de contactos, creatividad y entusiasmo, como ocurrió en 1935 con la Primera Exposición Surrealista, lo encontrarán en estos textos esclarecedores. Constituyen ambos ensayos una Enciclopedia de bolsillo que recomiendo a todos aquellos que hemos perdido la memoria clara de lo que constituye nuestro patrimonio literario.

A la sección Pensatiempos pertenece el texto Poetas y panoptistas, de 1986. No deja de sorprendernos el escritor —y esto ya lo dije, perdonen la insistencia— con sus apoyos peculiares, metáforas o símbolos, que utiliza para expresar sus consideraciones. Poco antes se ha valido de los «zarapitos», aves zancudas que con su largo pico llegarán hasta el fondo de la memoria insular, hasta el tiempo aborigen. Ahora le toca el turno a panoptista, palabra que deriva del Panóptico de Bentham, y que son aquellos que desde su centro —en el que ven sin ser vistos— controlan cualquier intento de rebelión y disidencia a los designios de las «máquinas de productividad». Estos artefactos devoran a cuantos han ido en busca de la verdad, de su propio imaginario, tanto en arte como en literatura, y premian a quienes no han querido atravesar el «Laberinto» y sobrellevar el esfuerzo de la búsqueda.

Para terminar, quiero decir que, a pesar de sus diagnósticos conducentes al pesimismo, nuestro autor tiene esperanza. Habrá quienes tiren del mundo y lo salven. Habrá quienes atraviesen con éxito el Laberinto de su formación libre, ausentes las servidumbres. Habrá quienes intenten curar las palabras enfermas, que han perdido su honorabilidad. Y pone como ejemplos las tres de las que ha borrado su significado primero: Republicano, Popular, Conservador. Y como somos muchas y muchos los que sentimos como él, quizá su hora llegará.  Y si no, vivirá en el imaginario ideal que gira junto con la luna alrededor del planeta, y forma parte de su microcosmos, y que solo los malos astrónomos dejarán de cartografiar.

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