Noticias del Paraíso

Texto #5 del especial que DRAGARIA dedica a la escritora y periodista Dolores Campos-Herrero en el X aniversario de su fallecimiento

Especial Dolores Campos-Herrero

 

Elsa López
Foto: Mónica Rodríguez Medina

Elsa López (Santa Isabel de Fernando Poo, 1943) es catedrática y doctora en Filosofía, miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, embajadora de Buena Voluntad de la Reserva de La Biosfera Isla de La Palma ante la Unesco y Medalla de Oro del Gobierno de Canarias 2016. Ha sido presidenta de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid (1987-88), presidenta del Ateneo de La Laguna (2011-2013), organizadora y coordinadora para el Gobierno de Canarias de los proyectos El Papel de Canarias (1993) y Memoria de las Islas (1994-2000), y directora de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (2002-2006). Es Premio de Investigación José Pérez Vidal (1993), Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla (1987), Premio Internacional de Poesía Rosa de Damasco (1989), Premio Nacional de Poesía José Hierro (2000) y Premio de Poesía Ciudad de Córdoba Ricardo Molina (2005). Sus poemas han sido traducidos a diferentes idiomas y parte de su obra poética ha sido incluida en antologías nacionales e internacionales. Colabora con sus artículos en prensa y en revistas nacionales e internacionales.

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Falleció el 20 de octubre de 2007, tras una larga enfermedad. Su muerte, que había cogido a todos desprevenidos pues llevó su enfermedad con la mayor discreción (ella siempre decía que debían valorarla por su obra, no por su dolor. «Cállate y no digas nada / porque cada cuita tiene su forma. / Cada desamparo su confesión precisa»), dejó un gran vacío en el ámbito cultural del Archipiélago, pero sus palabras han seguido, vivas, entre nosotros. Elena Morales, su editora en Idea y que le publicó sus dos últimos libros, Una vida imaginada y Ficciones mínimas, escribió entonces: «Y los libros llegaron justo a tiempo. Justo a tiempo para no convertirse en obras póstumas. Justo a tiempo para que su creadora pudiera sostenerlos con satisfacción entre sus manos, y olerlos y hojearlos y comprobar que no hay erratas. Justo a tiempo para que pudiera dedicárselos a sus seres más queridos: familiares y amigos íntimos. Llegaron en un solo paquete, una caja de cartón con veinte ejemplares de sus Ficciones mínimas y otros veinte de Una vida imaginada. Días después, Dolores se despidió del mundo con la conciencia tranquila… Sus dos últimos volúmenes publicados, que escaparon de la imprenta hace apenas un mes, son de pequeño tamaño, pero de diseño entrañable y sustanciosos contenidos. Se trata de ese tipo de libros que siempre apetece guardar en el bolso, para leerlos en cualquier momento en que uno tiene ocasión: mientras es transportado en el tranvía o mientras espera su turno en la cola del banco. Pero son también libros de mesa de noche. Libros apetecibles de consumir siempre».

Y dijo bien porque Ficciones Mínimas es un conjunto de microrrelatos estructurados en distintos apartados: Plan para exterminar palomas, Tienda de antigüedades, Fui bruja posesa, Desvío de llamadas, Esperando a los bárbaros, Finales felices y La vida secreta de los callejones. A cual más divertido, irónico y entrañable; con relatos llenos de sentido del humor, alusiones a la vida contemporánea con sus vicios y virtudes, guiños a novelas y a autores de la historia de la literatura universal («Nunca más vuelvas a tirarte al tren. Mira Ana, que no hay Karenin que lo merezca») y alusiones a las relaciones humanas y a temas relacionados con la brujería y la muerte. En Una vida imaginada, Dolores Campos-Herrero evoca su infancia y se pregunta si alguna vez fue joven. Camina por la vida observando todo a su alrededor y narrando lo que ve y cómo lo siente; analiza pequeños aspectos de la vida cotidiana y nos los muestra con esa clarividencia que la caracterizaba: «Se leen cosas muy raras / en los baños públicos. ‘Ven, muerte, te espero /desesperada’». Algunos estudiosos de su obra han creído ver en ella presagios y augurios: «Las maletas preparadas / para el viaje próximo»; «Pasará la vida / como una rápida canción / que nunca acaba»); «La sola idea de la catástrofe / me hace temblar/ ¿Acaso debo temer / que se produzca, así, sin más, por la simple fuerza / de mis miedos?». «Razonablemente feliz /era su vida, / (…)/ hasta que descubrió, oh, qué dolor/ no se lo digas, / que hay destinos terribles. Callejones sucios. / Esas cosas desnudas con las /que el azar y las desgracias / nos atacan siempre».

«¡Qué extraño es el lenguaje humano! ¡Qué capacidad de convocarnos alrededor de un ser querido, de recordarnos su presencia cuando su presencia es una fuerza revoloteando a nuestro alrededor!»

Al acabar de describir cómo recibió Dolores esos dos últimos ejemplares, Elena Morales terminaba la crónica diciendo: «Días después, Dolores se despidió del mundo con la conciencia tranquila…». Me imagino que quería decir con la conciencia plena por el trabajo realizado, con el alma llena de satisfacción por dejarnos la herencia de su voz, los misterios de su voz encerrados, como siempre, en unos objetos rectangulares cosidos o pegados con goma, de finos cantos y escaso volumen pero repletos de sueños, de dolor inquietante, de ironía leve como toda la que impregnaba su obra. Me parece muy hermosa esa nota de prensa de Elena Morales. ¡Qué extraño es el lenguaje humano! ¡Qué capacidad de convocarnos alrededor de un ser querido, de recordarnos su presencia cuando su presencia es una fuerza revoloteando a nuestro alrededor! «Llegaron justo a tiempo», dice Elena. A tiempo de verse, de sostenerse entre las manos y saber que aquellos versos, aquellos relatos, serían su mejor mensajero. Ella estaba viva y pudo tener esos pedazos de sí misma entre las manos; supo que nos dejaba un legado de experiencias, de emociones, de sentimientos que iban a convertirse en parte de nuestra vida ya para siempre. Sabía que nos dejaba una herencia incalculable y que no era otra que ella misma en esas hojas.

Se fue «Las maletas preparadas / para el viaje próximo», cargada su voz de presagios y tristezas que nos vuelven el alma del revés; que nos dejan el alma como un trapo, revuelta y estrujada, doblada en sus esquinas cada vez que nos tropezamos con algunos de sus versos… «Ven, muerte, te espero /desesperada». Pero en un rincón de nuestra casa, en una estantería, sobre la mesa del estudio, nos ha dejado sus versos, su prosa, sus palabras, que nos la traen de vuelta una y otra vez; sus palabras que nos devuelven la infancia feliz de una Dolores que fue capaz de describirnos la niñez, la suya, como si hablara de la nuestra; sus palabras que nos describen la vida y el dolor de la vida como si estuviera escarbando dentro de la nuestra («La sola idea de la catástrofe / me hace temblar/ ¿Acaso debo temer / que se produzca, así, sin más, por la simple fuerza / de mis miedos?»); sus palabras, que supieron describir su propia muerte y el inquietante misterio de la vida mejor que cualquiera de nosotros al querer hablar de ella, de su vida y de su muerte («Razonablemente feliz /era su vida, / (…) / hasta que descubrió, oh, qué dolor/ no se lo digas, / que hay destinos terribles. Callejones sucios. / Esas cosas desnudas con las /que el azar y las desgracias / nos atacan siempre»).

Ella lo sabía. Lo sabía todo sobre lo uno y la otra. Y eso le daba un matiz especial a su mirada (¡tan tierna y tan incisiva su mirada!). Saber tanto sobre su propio dolor y conocer cuál será y aproximadamente cuándo llegará el final del mismo acompañado de lo que puede darte el reposo absoluto, le hacían dueña de una inquietante sabiduría sobre las personas y los objetos que la rodeaban y, al mismo tiempo, la hacían añorar otras y desear lo ya imposible: volver, renacer, volver a ser joven, recuperar un tiempo diferente en el que aún no pesaban sobre ella la enfermedad y la tristeza de una muerte anunciada. La nostalgia de la pérdida.

«Yo desde aquí le digo que sí, que ella fue siempre joven, luminosa y extrañamente tierna, pequeña y suave como un platero de cabellos rojizos y mirada transparente»

Yo desde aquí le digo que sí, que ella fue siempre joven, luminosa y extrañamente tierna, pequeña y suave como un platero de cabellos rojizos y mirada transparente. Que cuando supe de su muerte me senté sobre su corazón y escribí una página de memoria sin solución posible, urgente y desgarrada, como lo es la tristeza cuando algo imprevisto se apodera de uno y que hoy he querido recuperar para ustedes porque creo que su carácter de urgencia, de necesidad imperante de decir lo que una noticia como la de su muerte me hizo sentir, tiene el sentido de lo verdadero. Porque esa misma noche escribí para ella unas palabras de consuelo que eran, realmente, para el mío. Eran noticias que me llegaban del Paraíso y que titulé Noticias del paraíso de Dolores Campos-Herrero, como si ella nos contemplase desde otro lugar, como si siguiese los pasos y las risas de aquellos días en los que compartíamos congresos y paseos por la orilla del mar.

«El sábado por la noche falleció en la capital de Gran Canaria Dolores Campos-Herrero, víctima de una larga enfermedad. El domingo fue enterrada en el cementerio del Puerto. Hasta ahí la necrológica acompañada de algunas notas más para quienes no la conocían. A esas crónicas yo podría añadir que fue una extraordinaria defensora de las mujeres y de todo lo que girase en torno a ellas; que fue generosa con las escritoras, con las obras ajenas, con las posiciones políticas y culturales de los otros y que fue una persona digna hasta el último adiós y que eso, hoy día, no tiene precio; que no supe nada de su enfermedad hasta recibir la noticia de su muerte; que los amigos corrieron la información por los móviles en un escueto mensaje: «Dolores Campos-Herrero ha muerto»; que lo supe de una forma repentina, casi como referencia de esquela, y que, luego, me llamó un amigo común para explicarme el final y el principio de una muerte que ella no quería que conociese nadie ajeno a su círculo más íntimo. Discreta con la enfermedad como lo era con la vida; sin alardes ni juegos morbosos con la derrota, no quiso ser pasto de lástima o de consideraciones ajenas a su propia obra. («Cállate y no digas nada / porque cada cuita tiene su forma. / Cada desamparo su confesión precisa»).

«Porque su mundo era el mundo de la poesía y de los sueños. Y ahora estará en el paraíso mandándonos reseñas sin parar y leyendo estas crónicas con esa sonrisa divertida, irónica y afable»

Jamás supe qué era lo que la consumía y a qué se debía la mala cara que a veces me parecía verle al encontrarla en algún acontecimiento literario; algo más apagada de lo normal en los días dedicados a Vargas Llosa en los que compartimos mesa, excursiones y diálogos sobre literatura. Cuando le hablé de su último libro y de ese lenguaje suyo que tanto me conmovía, ella sonrió. Ella siempre sonreía. Yo, ingenuamente, pensaba que su gesto amable y considerado hacia mí era producto de un raro cariño, una amable concordia con alguien de otra generación y de otro espacio literario. Ahora lo entiendo y, al entenderlo, me vienen las imágenes, como pinceladas, en los distintos paisajes que compartí con ella: en Lanzarote, en Las Palmas, en Tenerife… Lugares acordados y relacionados siempre con la poesía. Porque su mundo era el mundo de la poesía y de los sueños. Y ahora estará en el paraíso mandándonos reseñas sin parar y leyendo estas crónicas con esa sonrisa divertida, irónica y afable que quiero pensar mantuvo hasta el último momento. La sonrisa a medias y la carcajada leve como para no alarmarnos.

Me la imagino sentada, las dos rodillas juntas y los pies en el suelo, pegaditos los dos, como los de un niño asustado. Suaves y pequeños, como los de un niño. Así será. Y ella, allá arriba, escribiendo una crónica muy larga, y nosotros, acá, esperando alguna señal como la de sus pies deslizándose por la moqueta y los pasillos de todos los encuentros de poetas y poetisas del mundo que aguardaban en el desayuno su gesto cordial al entregarnos la sal y la mermelada. O el beso al saludarnos a pesar de no habernos visto durante meses lo que nos hacía concebir la esperanza de que se acordaba perfectamente de nosotros y de nuestra última conversación sentadas en el muro de aquella playa, los pies llenos de arena colgados del malecón, y ella mirando el mar y el cuaderno arrugado en mis manos, esperando, quizá, que fueran unos apuntes sobre magia».

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