‘La calle de los Conejos’ – Martina Villar

 

Título: La calle de los Conejos

Autor:  Martina Villar

Editorial: Mercurio

Género: Novela

ISBN: 978-84-947013-6-8

Lanzamiento: 2017

Precio: 10 €

 

La calle de los Conejos no es una novela al uso, ni es fácil de leer. Dicho esto, debo añadir que Martina Villar controla el arte de la escritura con una soltura envidiable, y por tanto es capaz de hacer de un inicio algo caótico, donde hay un enorme baile de personajes, un mundo de intrigas, de reivindicaciones, de denuncias sociales, tan incrustadas en su pluma, como en la de los personajes. Es una novela corta, y de tan pocas páginas que se lee de un tirón. Eso sí, advierto que hay que hacer un pequeño esfuerzo inicial, que no dejará de ser necesario e interesante. Una novela donde el amor, la amistad, las relaciones filiales, la enfermedad, la desidia, la tristeza, la pobreza, la miseria… se terminan confundiendo con la esperanza, el optimismo y la creencia en que el ser humano está capacitado para mejorar sus condiciones de vida.

Una de las protagonistas lo explica así al principio del relato:

«Lee, según defiende, para comprender y ser adicta al pensamiento en una sociedad dormida».

Villar se dirige al lector y lo embauca en la trama de los personajes, le hace pensar, dirigir su mirada a uno u otro, elegir con cuál de ellos puede sentirse más cómodo o identificado.  Son muchos y reflejan bien los diferentes roles sociales que nos encontramos hoy día.

Sin desvelar nada de la trama, puedo asegurar que hay momentos muy duros, en los que la autora destripa una sociedad, una ciudad y un mundo que le rodea tan hostil que dan ganas de salir corriendo. Pero precisamente ahí está la destreza como escritora, Villar nos destripa el mundo exterior de las calles donde habitan los personajes, pero a la vez el del interior de ellos mismos. Es la vida brutal de lo que ocurre fuera de casa y lo que atraviesa el alma de los seres humanos desde que cruzan el umbral de sus puertas. Secretos inconfesables  —que sabe casi todo el mundo—, situaciones dramáticas y desternillantes. El uso que hace del lenguaje tampoco deja indiferente, de un lado vulgarismos típicos de la gente de la calle, diálogos caóticos, en conversaciones que se cruzan como en la vida misma, pequeños interruptores de la comunicación que a veces producen un dislate inevitable. La autora utiliza desde la narración directa a esos diálogos propiamente dichos, recurre a las misivas para hablar de hechos pasados o expresar opiniones directas a los gobernantes.

«Porque todo, hasta que no le  toca a uno, se convierte en rutina y la rutina en normalidad»

reza en un momento determinado.

Es una novela opresiva, majadera, molesta, pero con un claro mensaje, el ser humano puede y debe ser responsable de sus actos y es quien único puede cambiar las cosas.

Muertes, dolor, tristeza y altas dosis de sarcasmo se entremezclan en esta novela que tiene pasajes tan envolventes como este:

«Mientras los colores naranjas de la tarde se acostaban sobre el horizonte de Las Canteras, Alegría se sentaba en uno de los bancos que recorre el paseo para sentirse allá. Adentro. Lejos».

Lejos queda, como digo, pensar que se trata de una novela al uso, tiene una estructura extraña, pero no deja de tener su sentido, porque contenido y continente se mezclan para dar lucidez a una creatividad casi paranoica, volátil, tan perpleja como la propia existencia.

Para saber qué es La calle de los Conejos, habrá que esperar hasta bien avanzada la novela, pero se entenderá perfectamente la ironía con la que la autora ha tratado todos sus argumentos.

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