2 (adelanto)

Ofrecemos en adelanto varios fragmentos de la nueva novela de Santiago Gil, que se presenta este viernes, 17 de noviembre

Santiago Gil
Foto: María Álamo Quintana.

Santiago Gil (Guía de Gran Canaria, 1967) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado en medios de prensa provinciales y nacionales, así como en distintos gabinetes de comunicación. Ha publicado las novelas ‘Los años baldíos’, ‘Por si amanece y no me encuentras’, ‘Un hombre solo y sin sombra’, ‘Cómo ganarse la vida con la literatura’, ‘Las derrotas cotidianas’, ‘Los suplentes’, ‘Sentados’, ‘Queridos Reyes Magos’, ‘Yo debería estar muerto’, ‘El destino de las palabras’, ‘Villa Melpómene’, ‘La costa de los ausentes’, ‘Gracias por el tiempo’ y ‘2’; la novela corta ‘El motín de Arucas’; el libro de relatos ‘El Parque’; los libros de aforismos y relatos cortos ‘Tierra de Nadie’ y ‘Equipaje de mano’, y los libros de poemas ‘Tiempos de Caleila’, ‘El Color del Tiempo’, ‘Una noche de junio’ y ‘Trasmallos’. También ha publicado un libro de memorias de infancia titulado ‘Música de papagüevos’ y la recopilación de artículos de opinión ‘Psicografías’.

PsicografíasCiclotimias – FacebookWikipediaen DRAGARIA

Papá hablaba con nosotras como si fuéramos mayores y solo teníamos once años. Nos hablaba de amor. Él le hubiera hablado a una pared en aquellos momentos. Nos decía que quería mucho a mamá, pero que a veces todo ese amor no basta para estar siempre junto a alguien. Nosotras siempre guardábamos silencio. Ahora lo recuerdo como si fuera un niño pequeño y extraviado. No sabía hacer nada solo. A veces lloraba. Y otras veces hacía planes o nos decía que nos iba a presentar a la mujer que viviría con él. Nos repetía una y otra vez que no sería una nueva madre, pero fue pasando el tiempo y nunca la trajo a aquel apartamento minúsculo en donde seguro que se acostaba con ella desde que nosotros salíamos por la puerta. Mamá también lloraba en casa cuando regresábamos. Nos interrogaba y seguía sin creerse que no hubiéramos visto a la mujer con la que papá se había marchado de casa. El amor era para nosotras la mayor de las desgracias. Papá y mamá tenían todo el día esa palabra en su boca y, sin embargo, jamás vimos sufrir a nadie como a ellos en aquellos años. Y también en los años en los que volvieron a estar juntos. Los mató el amor que no supieron entender o no supieron dejar a tiempo. Se empeñaron en darse una nueva oportunidad. Los dos decían que era por nosotras, pero por nosotras deberían haberse separado para siempre.

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Yo también estoy muerta. Me he ido contigo antes de terminar de marcharme para siempre. No saldré de esta habitación para no dejar de mirarte en ningún momento. Nunca nos planteábamos dejar por escrito qué es lo que queríamos que hicieran con nuestros cuerpos. Nos daba lo mismo porque nosotras hicimos con ellos todo lo que quisimos. Podría escribir en un papel que quiero que nos entierren juntas o que nos quemen en la misma pira. No sé cuántos días tardarán en encontrar nuestros cadáveres. No tenemos vecinas cerca a las que les llegue el mal olor de nuestros cuerpos ni nadie que nos eche de menos.

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A nosotras no nos paralizará nadie. Tú pudiste haber parado hace unas horas, haberme dicho que llamara urgentemente a una ambulancia, o haberme pedido un poco de agua. Las dos nos agarramos las manos, pero tú te has marchado primero, tan bella y tan perfecta como siempre quisimos, pero esa muerte por la belleza duele incluso más que la propia muerte de la que hablaba hace un momento, porque esa belleza sí que no podremos volver a verla. No existen espejos después de que partimos. Yo te veo, en estos momentos tu carne se pega todavía más a tus huesos y estás helada. Ahora sí es cierto que me encuentro sola. Nunca había estado sola. Me parezco a la protagonista de aquel libro que nos obligaron a leer en el instituto. Hablaba con el cadáver de su marido toda la noche, pero aquella protagonista no hablaba sabiendo que iba a morirse. Yo no tengo nada que criticarte porque todo lo que pudimos hacer mal lo hicimos juntas. Éramos una para todo. Desde que salimos, yo agarrada a tu pie como me agarro ahora a tu tibia helada, al fémur que se dibuja bajo tu piel como si fuera un galeón hundido en aguas poco profundas. Muriendo así dejaremos poco alimento para los gusanos.

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Me he enamorado. Y ahora hago lo que él quiere. A lo mejor es que siempre necesitaré a alguien para agarrarme a la vida. Primero fueron tú y mamá, después la psiquiatra y ahora es ese nombre que también dice que me ama pero que no puede dejar a su familia hasta que sus hijas crezcan. Ahora entiendo mejor a papá. Él también tiene dos hijas, una de catorce años, que está internada en el centro en el que trabajo como voluntaria, y otra de once, que yo creo que seguirá el camino de la hermana. Su madre viene a veces. No van de la mano y se nota que no se quieren hace mucho tiempo. Pero él tiene miedo a destrozar aún más la vida de esa hija que se quiere dejar morir porque, como a nosotras, la llamaban gorda en el colegio. La otra hija me mira siempre con ojos tristes. Él dice que me invento esa mirada, pero ella me mira y me dice con los ojos que no le robe a su padre y que no destroce esa familia porque a veces las familias, aunque sean de mentira, es lo único que les queda a las niñas desoladas.

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Ha regresado varias veces para quedarse una sola noche. Su mujer se acercó en la residencia y me preguntó si podía hablar conmigo un momento. Me temí lo peor, pero lo que me dijo es que no tenía amigas y que necesitaba desahogarse con alguien. Su vida se le había venido abajo. Su marido no la quería y su hija mayor se estaba dejando morir. Nos apartamos hasta el final del jardín, a la zona a la que no pueden llegar las internas. Lloró. Y luego me abrazó como lo hace su marido. También le acaricié el pelo como a él, y luego bajé a su nuca, y más tarde recorrí su espalda de arriba abajo. Nunca había estado tan excitada. La hubiera desnudado allí mismo y habría recorrido todo su cuerpo con mi lengua. Ella se dejaba acariciar y apretaba sus pechos contra los míos. Donde estábamos no había nadie y hacía mucho frío. Sin decirnos nada nos metimos entre los árboles y nos besamos como dos moribundas desesperadas de cariño.

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No todo el mundo quiere fingir que es feliz. En las últimas semanas he conocido a tres parejas que se han roto de repente. Una enfermera de la residencia se levantó una mañana y decidió dejar a su marido. Se marchó de casa, dejó a sus hijos con él, salió esa misma noche de juerga y conoció a un amante con el que vive ahora en un apartamento pequeño situado cerca de donde trabaja. Perdió la custodia de sus hijos. Solo los ve un par de veces por semana y ni siquiera dejan que duerma con ella. Está como poseída y repite todo el rato que es feliz, como si necesitara decírselo muchas veces para creérselo. Hasta hace unas semanas era la madre más abnegada que había conocido. Sus hijos están aún más desorientados. Ninguno pasa de los diez años y le dicen que la odian o se ponen a llorar para que regrese. Su marido no ha levantado cabeza. Se ha venido su madre a vivir con él. Sigue trabajando, pero por lo visto no hace más que repetir todo el tiempo que se va a matar cualquier día de estos. Su mujer dice que está tranquila porque los suicidas casi nunca avisan. Nos cuenta con todo lujo de detalles su vida sexual. Acude cada sábado a un local de intercambio de parejas, y ese amante con el que vive ahora se empeña en que se acueste con otros hombres y con otras mujeres mientras él se masturba mirando desde lejos. A su marido le han contado todo eso porque un compañero del banco se acostó con ella. Ahora quiere matar a ese compañero y suicidarse luego, o matar a la mujer, al amante, al compañero y luego tirarse por un puente. Pero al final no mata a nadie y se encierra en su cuarto como se encerraba nuestro padre cuando no quería saber nada de mamá ni de nosotras, o como cuando nosotras éramos dos muertas vivientes y él un borracho que traía pastillas de la farmacia para evitar las resacas del alma.

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A veces se vive imitando a los otros. Nosotros lo hicimos aunque no nos diéramos cuenta. Mucho antes de que Rita nos cebara con toda aquella comida, o de que nos insultaran al salir de clase, ya estábamos aprendiendo lo que íbamos a hacer con el paso del tiempo. Lo único que no imitamos de mamá fueron sus llantos. No lloramos. Por eso a papá también le parecíamos unos monstruos algunas veces. Esa niña sí llora cuando me mira a los ojos. Parece como si llevara una tristeza infinita dentro de su alma, como si arrastrara la pena de muchas generaciones de mujeres sin suerte. No encuentra ningún camino de salida. No sabe adónde ir, y un día me dijo que a lo mejor se mataba. Eso nunca se lo he dicho a su madre. Lo sabe la psicóloga. En el fondo se está suicidando poco a poco. Solo se curaba con los abrazos que yo le daba. Carece de afectos. Sus padres tienen dinero pero no han sabido nunca arroparla. En la cama su madre también es una egoísta. Solo busca sus orgasmos y cuando los consigue se levanta, se ducha, se viste y se despide dejándome entre las sábanas con mi soledad y con los perros.

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