La paradoja de la insularidad

Emilio González Déniz
Foto: Carlos Lasso.

Emilio González Déniz se mueve en distintos géneros, desde el teatro hasta la crónica, pero su producción más extensa es narrativa, con crónica, relatos y novelas como ‘El obelisco’ (1985), ‘El llano amarillo’ (1985), ‘La mitad de un Credo’ (1989), ‘Bastardos de Bardinia’ (1990), ‘Hotel Madrid’ (2000), ‘El rey perdido’ (2006, ‘El tren delantero’ (2016), entre otra docena y media de textos. Cultiva también la literatura infantil y juvenil. Solo ha publicado un poemario, ‘Mariposas imposibles’ (2014). Es activo articulista y autor de una extensa obra de periodismo cultural, especialmente en el suplemento ‘Pleamar’ de ‘Canarias7’. Actualmente mantiene en el mencionado periódico el blog Bardinia.

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Es lugar común que la realidad supera siempre a la ficción, y el desafío que tiene todo novelista a la hora de contar algo basado en la realidad es que sea verosímil, y pudiera ser que el plano de consciencia absoluta no fuese el mejor aliado de un novelista. Y ese es el territorio de la ficción novelística que fabrico a menudo a mi pesar, a causa de esta enfermedad terminal —la escritura— que es común en toda persona que padece la neurosis de llenar páginas, con la pretensión no exenta de vanidad de que lo que escribe puede interesar a otras personas. No se me negará que quien así se conduce es un neurótico. Claro que, la creación literaria necesita de esa neurosis, como la de cualquier fijación sobre un punto. Pero quienes escriben no son un peligro; cuando sufren algún ataque, se les pasa enseguida con una dosis razonable de Chivas de 12 años. Eso sí, hay que andar siempre vigilantes por si el neurótico empeora, y se convierte en un obseso o, más grave aún, en un psicópata. Es entonces cuando el escritor está fuera de control, confunde la realidad con la ficción, entra en la paranoia y ya es irrecuperable hasta para la literatura. Que yo sepa, ningún psicópata ha escrito jamás un buen libro, porque si uno se pasa de rosca entra ya en el cuadro de las literaturopatías.

Durante las tres últimas décadas, hemos asistido muchas veces al debate de si existe realmente una literatura canaria. Y este es un debate que se resuelve con una paradoja (parajoda, que diría Carlos Fuentes): cada pueblo está mediatizado por su historia y su geografía, y debo reconocer que nuestra historia está llena de hechos e influencias que necesariamente han determinado una forma de ser colectiva, distinta incluso en unas islas que en otras, e incluso diversa dentro de cada isla. Decir que existe una literatura canaria específica frente al resto de la literatura, como concepto especial y unívoco, es algo que no acabo de entender.

Los canarios, por historia, geografía y sociedad, escribimos bajo esa influencia. Es cierto, pero también lo es que bajo esas mismas influencias escriben los extremeños, los islandeses y los nigerianos. Y se produce entonces la mencionada paradoja: precisamente porque tenemos nuestras propias coordenadas, porque somos distintos —como todos—, somos iguales a los demás. Seguramente este argumento puede ser usado al revés, y ese doble uso es el que me hace pensar que nuestra literatura es simplemente literatura sin más apéndices que los de la lengua en que se escribe. Por lo tanto, no encuentro qué diferencias notorias hay entre un escritor canario y otro que no lo es. Además, a la velocidad que avanzan la tecnología y la comunicación, cada día es más difícil ser canario, lituano o neozelandés. Aunque, es posible que tuviera razón Nicolás Estébanez cuando dijo que seguiríamos siendo canarios aunque desaparecieran del mundo las fronteras; supongo que con ello queda claro que ser isleño es determinante, siempre sabemos exactamente donde empieza y acaba nuestra tierra, que crece y disminuye en superficie dos veces al día en razón de lo que suben y bajan las mareas. No hay un hecho geográfico más influyente que la insularidad.

«Ser escritor canario parece implicar una especie de nacionalismo literario. Soy escritor y canario, y sin embargo no sé qué significa todo eso»

Pero esa insularidad que nos hace especiales no es exclusiva de los canarios. En nuestro planeta hay más de cien mil islas habitadas, todas ellas con su geografía, su historia y sus costumbres; por poner un ejemplo, solo en Filipinas hay más de siete mil islas, por lo que es matemático que los filipinos son mil veces más isleños que nosotros. Así que, tampoco la insularidad es un valor tan raro. ¿Es que en el caso de que se estime que existe o no una literatura canaria específica voy a cambiar mi forma de escribir? No lo creo, ni yo ni nadie. Por lo que se respira por ahí, ser escritor canario parece implicar una especie de nacionalismo literario. Soy escritor y canario, y sin embargo no sé qué significa todo eso; debo ser un caso perdido. Es frecuente que, cuando alguien tiene noticia de que escribo novelas me suelta la pregunta de imposible respuesta: «¿Escribe novelas canarias?». No sé a qué se refiere. Supongo que si son escritas en Gran Canaria por alguien nacido en la isla, las novelas serán canarias. No sé qué gentilicio merecerá la parte de mi obra que transcurre en el vecino territorio del Sahara Occidental, o las secuencias que tienen su escenario en Latinoamérica, Madrid, París o Barcelona. ¿Y las partes de algunas novelas que fueron redactadas fuera de Canarias son literatura canaria?

Por lo tanto, creo con otros muchos que la literatura no tiene más patria que la lengua en que está escrita. Sería entonces un componente de un mundo literario, el castellano-español-hispanoamericano, en el que han hecho y hacen su obra autores y autoras que carecen de complejos. Porque complejo es pretender instalar siempre la obra fuera del territorio que uno conoce para intentar eso tan repetido de la universalidad; o por el contrario, rayar en el localismo más radical. Y me molesta que alguien diga que es más canario porque compró acciones de la Unión Deportiva Las Palmas. A decir verdad, no conozco a nadie más canario que otro canario. Es una cuestión geográfica, no una virtud teologal. No intento demostrar nada, no escribo contra nadie, ni para ser más universal o más canario. Escribo en español porque esa es mi lengua; si Ben Farroux, Don Diego Perestrello, Van Der Doez o Lord Nelson hubieran colonizado Canarias en lugar de los castellanos, hoy escribiría en hassaní, portugués, flamenco o inglés. Pero sería escritor, y canario, y habitante de este planeta. Y eso es escribir: preguntar, opinar, contar, comunicar y contestar sin que nadie haya preguntado.

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