El sueño y la muerte

Noel Olivares

Noel Olivares (Las Palmas de Gran Canaria, 1954) ha publicado verso y prosa con títulos como ‘Mandolina’ (Maná, Berlín, 1992), ‘Favor del cielo y comidilla de difuntos’ (El árbol de Poe, Málaga, 1996), ‘Cráneo o flor’ (El Gato Gris, Valladolid, 2000), ‘Rasgos epigramáticos’ (Casa de Cultura de Lekunberri, Navarra, 2004) y  Tiranía del gozo (Al-Harafish, LPGC 2006). Es autor de ‘Prosas porosas’  (Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2010) y  ‘El tapiz estelar (Aforismos para las cuatro estaciones)’ (Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2011),  ‘Fruto furioso’ (edición personal, Las Palmas de Gran Canaria, 2014) e ‘Historias monumentales’ (Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2014). Su último libro publicado es ‘Muertes de poeta’ (Aurora Boreal, Copenhague, 2017, edición digital).

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Que Georg Heym, poeta, llevó al cénit la profecía de Rimbaud, que éste a su vez heredó de Nerval sobre la condición inexcusable del poeta de alcanzar la videncia y su universo de visiones, es un hecho que se pone de manifiesto en los poderosos versos de El día eterno y en particular en el poema que cierra el volumen: Visiones negras. 

Según la cosmovisión de Heym, en la naturaleza todo conduce a la muerte. Los muertos como los presidiarios van en procesión, las nubes son espíritus en movimiento, los espectros de los muertos, y el día eterno parece ser el primer día de la no vida que es un comienzo de eternidad.

Y en la ciudad de los muertos no hay reposo así como en la ciudad de los vivos los demonios pululan en el cultivo del crimen y la execración. El reposo verdadero de los cadáveres está en el fondo de las aguas como el propio Heym, quien encontró en las heladas profundidades de un lago su fin temprano.

Las ciudades son infiernos modernos y allí reina la decrepitud, el humo, el hollín y el hedor, el enfermizo y mortuorio aire donde desfilan mendigos, ancianos, vagabundos, tullidos, ciegos, enanos, eunucos, criaturas famélicas, desharrapados y donde los durmientes aspiran sobre todo a un sueño eterno a lo largo de un día sin final.

En esa hecatombe que se gesta día y noche, del cielo negro en el cuerpo negro de la noche, los árboles iluminan el corazón blanco de los durmientes y el poeta contempla el paisaje después de la batalla, una aurora efímera de resplandores verdes ilumina a los enfermos y los que agonizan.

Un dios airado mira a lo lejos las ciudades, los vientos arremolinados en su frente, las tempestades que claman y encarnan el desamparo de los humanos. Con tintes fuertes los ahogados, ahorcados y decapitados atraviesan el invierno de luz azul y llamas negras.

Esa humanidad doliente azuzada por los demonios camina en eterno peregrinaje por un paisaje apocalíptico hacia su destino de silencio y oscuridad. Como los amantes que se dirigen al reino de las sombras, los muertos son pálidas flores que van a la deriva —pues es dulce la muerte— y (sueño del desterrado) encuentran en ella finalmente una patria.