Santa Teresa

Iván Cabrera Cartaya

Iván Cabrera Cartaya (Santa Cruz de Tenerife, 1980) es licenciado en Filología Hispánica y Clásica por la Universidad de La Laguna, donde también cursó estudios de Historia del Arte. Ha publicado los libros de poemas ‘Arena’ (2001), ‘Obsidiana’ (2004), ‘Fragmentos de sentido’ (2006), ‘Cariátides’ (2007), ‘Bajo el cielo innumerable’ (2007), ‘Un sueño de esplendor’ (2010), ‘Diálogo en el desierto’ (2011), ‘Para ser recitado al viento sibilante’ (2013), ‘Creencias de verano’ (2013), ‘Noche en jardín destruido’ (2015), además de la plaquette ‘Alētheia del sur’ (2017), el libro de relatos ‘Tentaciones al caer la tarde’ (2015) y la novela ‘La fiesta y el vacío’.

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Si sigue viva, imagino que andará hecha una ruina, lo menos parecida posible a la mujer de físico poderoso y caderas enérgicas dominando su mundo de cafiches y bebedores, detrás de aquella barra larga, las botellas iluminadas por luces cambiantes, tan fugaces e inquietas como ella, de pronto sonriendo, devolviendo un cambio o poniendo el gesto duro antes de echar a un cliente, siempre con un vaso en la mano y los andares coquetos buscando una canción, algo que pueda bailarse muy pegado.

Supongo que habrá pasado mucho tiempo, años convertidos en armaduras de plomo, que habrá dejado de ser Santa, si es que lo fue alguna vez, y se llamará de otra forma, se habrá cambiado el nombre, caminará por los cincuenta o los sesenta, en ese país trágico donde los años no se cuentan y la edad se convierte en un escándalo sin grandes noticias y del que ni siquiera murmura nadie; pero aún la supongo, medianamente ebria pero dominadora, jugando con nuestras voluntades a su antojo, con nuestra juventud, sólo para desahogar su odio o enfurecerse más, vengativa y herida, el deseo y el vicio húmedos y viscosos antes de convertirse en ceniza entre los dedos, anillados, de uñas largas para arañar la cara de cualquiera y borrarlo mientras le dice vete de aquí.

Muchas caras cómplices o fieles se han perdido, tal vez tragadas por ese barro que la lluvia vieja de aquellas noches amasaba y deformaba hasta la humillación; pero no la suya, grande, segura, casi masculina y, aun así, atractiva pese a las ojeras moradas y los dientes caballunos en la boca criolla, el rostro partido por el mechón de pelo que a veces le caía desde la frente, grueso como crines de caballo. Sí, aquel rostro, todavía soy capaz de verlo, rodeado de otros rostros feos, enrojecidos por el alcohol, aquel fuego húmedo, la hoguera controlada que ella repartía dejando correr chorritos constantes de muchas botellas, siempre llenas, siempre las mismas, que iban abriendo como goteras invisibles en las casas de mañana y que ninguno sabríamos tapar.

«Justo en esos momentos, cuando la atmósfera era más confusa o turbia yo aprovechaba para mirarla con más ganas, más detenidamente, sin que pudiera darse cuenta»

Todo sucediéndose en mitad del ruido, todo caminando sobre una masa amorfa en la que se mezclaban una música árida y voces, risas que estallaban de pronto como fuegos de artificio en la sombra. Justo en esos momentos, cuando la atmósfera era más confusa o turbia yo aprovechaba para mirarla con más ganas, más detenidamente, sin que pudiera darse cuenta, olvidando que llevaba horas en la misma esquina de la barra sorbiendo el vaso, sucio, caro, envuelto en el humo de los cigarrillos ajenos, como una costumbre más del mundo y el adorno más inútil del local.

Apenas solía darme las buenas noches antes de ponerme el vaso delante y castigarme con la mirada. Y al ver su rostro, bonito, en lenta destrucción, y su boca irónica, pensaba en su hija, ansiosamente buscaba la belleza de aquella niña de ojos azules al fondo de la sala, absurda, vestida con trajes blancos y anticuados, llenos de volantes, y unos zapatitos con los que a veces golpeaba los altos barrotes de madera; aquella niña, aquella mujercita deseada e imposible, condenada sin culpa por su madre a ver los sótanos del mundo sin conocer los jardines de la infancia, sin haber roto juguetes nuevos, sin ocasión para la inocencia y la ingenuidad, víctima pública de una venganza atroz.

Muchas veces quería evitar aquellos ojos llenos de daño, silenciosos y aburridos ante la obscenidad ajena, condenados cada noche por Santa Teresa, que también nos condenaba con ellos a cada uno, quizá sobre todo a mí, torturado por una mezcla de deseo y vergüenza que actuaba como un imán sobre mis nervios, haciéndome recaer en aquel nido de remordimientos y pocas tentaciones. Sólo el alcohol y la compañía ocasional de alguna de las chicas de la Santa conseguía aliviar el castigo, arrastrándome a un cuarto sofocante donde la cocaína y el sexo me anestesiaban unas horas, y amordazaban la furia del mundo, su boca carnívora arrancándome la carne después de mirarle los ojos a la dueña, y de ver a su hijita inerme colgada como un premio imposible para que la soñáramos sin tocarla, sufriendo y gozando sin fin con sentimientos crueles y tiernos a la vez, queriendo protegerla y destruirla.

No sé a qué juego maléfico jugamos en aquel tiempo esa mujer y yo, qué absurda partida en la que estábamos apostando más de lo conveniente mientras casi podía oler el sexo de la dueña y los perfumes baratos, y ella registrándolo todo, midiendo y anotando cada una de mis caídas, de mis errores o debilidades para susurrármelos luego, para escupirlos en mi oído cuando tuviera la cabeza caída sobre la barra, incapaz de defenderme cuando ella golpeaba con los nudillos la madera pegajosa y me decía, sórdida, satisfecha:

—Y bueno, bebé, ¿ya se venció?

«Entonces despierto de golpe, alarmado, la cara bovina bañada por un leve sudor»

Entonces despierto de golpe, alarmado, la cara bovina bañada por un leve sudor, frente al coro de rostros risueños y borrachos que me mira y me hunde un poco más en la butaca.

Ella no ha dejado de golpear la barra con los nudillos, no ha dejado en ningún momento de estudiarme, calibrar con cada sentido mi masculinidad frustrada, las escasas armas con que me defiendo de su poder sobre mí, o la desesperación con que busco la belleza intolerable de la niña, golpeando una muñeca vieja y espantosa contra el suelo, encerrada al fondo del local como un pájaro exótico, carísimo, sin haberle dicho nunca una palabra, expuesta y negada por la madre odiosa que repite:

—¿Una copita más, mi amor, o quieres que vayamos dentro y te acuerdes?

Reprendido, como por el maestro que me tiraba del pelo en el colegio, dudo antes de contestar, temo un súbito tartamudeo y me retiro antes de mentir, casi en un murmullo:

—Bueno, ponme otra.

Y entonces la veo reírse antes de ir y volver con la botella, triunfadora en mi retraimiento, morbosa y sensual, sabiendo que me acuerdo de su sexo, que recuerdo la humedad y el calor, su voracidad, y que quisiera regresar a él y borrarme, hundirme para siempre en su violencia.

Aquellas madrugadas de verano que ocurrieron hace diez o veinte años duraron semanas convertidas en meses que fueron duplicando cada estrategia, y la ocurrencia de salvar a aquella muchacha turbadora y hermosa que miraba, desde el fondo alto de la sala, cada noche el mismo espectáculo, con los ojos azules que casi conservaba la madre, y que se fueron oscureciendo y haciéndose resignados o indiferentes.

«Era lo último o lo primero que podía hacer para que escapáramos de allí, para zafarnos del sexo y el rencor de Santa Teresa»

Era lo último o lo primero que podía hacer para que escapáramos de allí, para zafarnos del sexo y el rencor de Santa Teresa y alcanzar de una vez la calle vacía que estaba unos metros más allá, subiendo aquellas escaleras iluminadas de neón sobre las que me arrastraba cada noche. No sé cómo la maldita Santa supo las dos cosas, terribles y ciertas: que yo me había cansado de verla y acostarme con ella en uno de aquellos cuartos de sillones rojos donde saltaba como una bestia furiosa sobre mí, mientras yo me hundía, me iba reduciendo casi hasta desaparecer en su sexo, cada vez más grande e insensible; y que quería llevarme a su hija, que había decidido arrancársela sin saber qué hacer con ella para que dejara de humillarnos en las madrugadas lentas, minuciosas, que se consumían entre nosotros:

—Yo sé lo que está pasando contigo, mi rey, pero no te va a salir la jugada. Eso te lo juro.

—No sé de qué estás hablando, Santa. Anda, ponme otra copa.

—Ahorita te sirvo. Esta noche estás muy guapo. Tienes la piel bonita y una luz rara en los ojos. Te pareces a aquel muchachito nervioso que entró como pidiendo perdón la primera noche; pero ese cuentito no te va a servir conmigo, me los sé todos. Además, no puedo perder porque, si pierdo, te busco y te mato.

En el tono frío de aquellas palabras vulgares sentí su fuerza, su superioridad y el nuevo desprecio, la desconfianza que había crecido con un afán ciego e intenciones desconocidas. Me sentí desnudo e indecente ante las palabras de la Santa y mi cabeza buscó rápidamente el error: alguna noche reciente y remota, quizá, me había pasado de copas y le conté lo de robar a la niña a alguno de aquellos imbéciles, un borracho desconocido, sólo a cambio de tabaco, bebiendo el mismo whisky, compartiendo una camaradería falsa… claro, sí, ella tuvo que oírme. Debía ser eso, pero no estaba seguro. Mi memoria no recordaba la escena y le inventaba nuevos poderes a la Santa: poseída por demonios, fuerzas sobrenaturales y, como la Sibila, dones adivinatorios…

—Así es, bebé, toma y cuidado no te haya puesto veneno.

Había vuelto de pronto con una nueva copa para mí, tan dueña como siempre de la situación, y riendo hasta que su risa parecía cubrir, poco a poco, las paredes del local, aquel sótano obsceno donde uno agonizaba suave, lentamente, oliendo a incendio y a pasado. La vi alejarse hacia el otro extremo de la barra, las nalgas redondas y tentadoras aún, las caderas femeninas agitándose sensuales antes de sentarse en su butaca, en su altar de reina para seguir convenciéndonos, para continuar dominándonos con la mirada y el aplomo, la mano segura y convencedora deslizándose sobre cansadas manos de hombres sin apenas destino.

«Entonces la odié y la deseé más que nunca, tanto como al principio, quizá más»

Entonces la odié y la deseé más que nunca, tanto como al principio, quizá más, aquella primera noche hundiéndome en su sexo, sintiendo la tibieza y la suavidad de sus tetas redondas y duras. Bebí la copa con la indiferencia del suicida. La música cambió y se hizo más persuasiva y más triste. Perdido en aquella oscuridad, busqué los ojos de la muchacha al fondo del local, tras los barrotes de su pequeña cárcel, y por primera vez no vi en ellos el asco y la repulsión de siempre sino un guiño, un gesto cómplice, una silenciosa llamada de socorro. Santa Teresa fumaba ignorando lo que ocurría, a punto de vender el sexo de una muchacha brasileña, delgada, rubia, a un cliente gordo, calvo, repulsivo.

Ahora el asco lo sentía yo, el ridículo. Retiré la mirada de la niña, más insoportable y lejana que nunca, cuando más hermosa y más cercana a mí parecía estar. Las canciones comenzaron a repetirse y hacerse monótonas a partir de las cinco. A las seis éramos muy pocos, y los ayudantes de la Santa encendieron las luces para cegarnos unos segundos. Luego todo quedó en silencio y escuché:

—Señores, vayan saliendo, por favor.

Aquella era la noche, debía haber sido la noche para hacer algo útil, sensato, digno —por la muchacha y por mí— y la había dejado ir, abochornado por las palabras ruines de la dueña, por mis años de diferencia con su hija, por mi plan desvelado, cada cosa envilecida que me desfiguraba, convirtiéndome en un ser tan abyecto y ridículo como los que se movían en aquel sitio, vagamente parecido a la vida.

«Después de la última noche caí enfermo y pasé varios días en cama, recluido e impotente, sólo capaz de ver cómo cambiaba la luz tras las persianas bajas»

Cada una de aquellas madrugadas, al salir de los dominios de Santa Teresa, me torturaba a solas en mi cuarto de soltero, insomne o dormido, soñaba con ella y una imposible bondad: una relación sana, amistosa, confidente, después de nuestro conocimiento de tantas noches amándonos u odiándonos en secreto, y también fantaseaba con poseer la belleza y la juventud de la hija que encerraba ante nosotros, como un ángel obligado a espiar los lavabos del infierno, la imaginaba creyendo, convenciéndome de que aún no era lo bastante indigno, viejo o sucio para ella.

Después de la última noche caí enfermo y pasé varios días en cama, recluido e impotente, sólo capaz de ver cómo cambiaba la luz tras las persianas bajas y el silencio y el hastío se hacían graves, la tristeza, sutil pero implacable, perezosa y eficaz. Poco después de recuperarme conseguí un trabajo nocturno que me dejaba vivir, lo bastante duro para negarme el reino insidioso de la Santa. Así pasó un año o año y medio hasta que me enfrenté al encargado, que me reclamaba más rapidez o voluntariedad en el esfuerzo. Me hicieron entrar en un despacho para mirarme con una mezcla de lástima y reprobación, entregarme unos papeles y despedirme. Volví a vivir de ahorros exiguos, de deudas, dinero prestado, y la soledad me puso en el rumbo de mi antigua costumbre. 

Una noche, sin darme cuenta, mis pasos me llevaron a donde estaba el local: ahora nada quedaba allí más que las rejas descoloridas, los muros desconchados, los cristales sucios, el largo salón opaco donde se amontonaba el polvo inconmovible de la luna, cartones, periódicos, y una cadena asegurando la puerta de entrada. Un cartel mal escrito prometía la apertura próxima de una tienda de animales. Recordé mi infancia y mi mano recorriendo los restos que dejaban en las afueras de mi pueblo las carpas de un circo, con sus faquires y sus fieras, sus monstruos; un circo que llegaba y desaparecía cada verano. Saboreé aquel desconsuelo como una mezcla de tierra y sangre en la boca. El desencanto infantil y este nuevo fracaso tenían un raro parecido, y sentí que todo llega a olvidarse y muere en algún sitio, en un minúsculo lugar de uno mismo, sin que duela para siempre porque nunca volvemos verlo.

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