La guerra es un pasillo largo y oscuro

Juan Ferrera Gil

Juan Ferrera Gil (Arucas, 1956) es licenciado en Filología Hispánica. Sus primeros relatos se publicaron en ‘El cartel de las letras y las artes’ del desaparecido ‘Diario de Las Palmas’. De 2005 a 2011 colabora con Arucas Digital. A partir de 2011, con infoNorte Digital, donde, además, tiene publicados dos libros digitales: ‘Relatos surrealistas en la Sala de Profesores’ y ‘El alcalde chino y otras narraciones’. También escribe en La Gaceta de Arucas y, ocasionalmente, en BienMeSabe. En distintos tiempos, Radio Arucas: ‘Cerca de las estrellas’, ‘Parque Chino’ y ‘La sorriba’. Y también editor ocasional en ‘Litteraria, Revista de literatura y opinión’.

en DRAGARIA

 

 

 

 

 

 

Nivaria Tejera (Cienfuegos, Cuba, 1929 – París, 2016) lo dejó muy claro en su novela El barranco, en la que una niña de ocho años nos sorprende con su visión infantil del acontecimiento bélico que aún trae de cabeza a España. Miren, si no, sus primeras palabras:

        Hoy empezó la guerra. Tal vez hace muchos días. Yo no entiendo bien cuándo empiezan a suceder las cosas. De pronto se mueven a mi alrededor y parecen personas que conocía desde antes. Para mí, que no sé qué pensar, la guerra empezó hoy frente a la casa del abuelo.

Han pasado las horas. Siento que he cumplido entre ellas muchos años a la vez. Miro las cosas como quien las extraña. Parecen no estar. <Este patio es de una casa. En este patio hay un árbol de nísperos, una tinaja de agua, aquélla es una cabra negra. Casa, tinaja, patio, cabra negra, árbol. Si me cubren los ojos puedo indicar sin equivocarme: árbol, cabra negra, patio, tinaja, casa>. Pero igual que si me borrasen la memoria y me extraviaran lejos, muy lejos. Oigo seguido: <guerraguerraguerra> como si esa palabra tuviera martillo. (Las otras se aflojan detrás, no son más.) No tiene sitio, pero siento que vigila desde otros lados, como otro cuerpo que se mudara en mí. La guerra. De pronto es algo que me conoce hace mucho tiempo. Un pasillo largo y oscuro donde papá va dejando de sonreír.

Estábamos preparándonos para la fiesta del Cristo de La Laguna. La Laguna es la ciudad donde residimos. Terminaba tía de ponerme el vestido de lino que iba a estrenarme. Se trabó en el lazo. <Tía, estás nerviosa>, dije volviéndome, y ella dijo no con la cabeza. Miré por el pequeño postigo de cristales. <Hoy algo se mueve de más>, pensé viendo su rostro en el postigo. Tía es algo vieja. La quiero tanto que creo que ella debiera ser mi madre. Es buena y no tiene hijos. Trabaja en hacer calzoncillos para una tienda de ropa. No le pagan mucho pero ayuda a abuelito que es albardero. Cuando cobra extra, recibo juguetes además de los vestidos de siempre. (Pienso que no será más esto. No sé. Estoy triste y me confundo.) por las noches, mientras todos duermen, llega hasta mi casa, que está enfrente, el ruido de su máquina como una locomotora que se detuviera en muchos poblados. A veces no cierro los ojos hasta que su cuarto se apaga. (Pienso que los hilos blancos que asoman sobre su pelo caen de la luz durante la noche).

— Nivaria Tejera, El barranco (Biblioteca Básica Canaria, Islas Canarias, 1989) —

El doble impacto que resulta de la narración, la guerra en sí mismo y la mirada inocente de unos infantiles ojos, transmite al lector una angustia sin condimentos añadidos: la inocencia en un mundo de adultos incomprensible y extraño. Esa doble tristeza reina a lo largo de toda la novela, donde Nivaria Tejera teje y domina una estructura narrativa que avanza en pasos estudiados y proporcionados al mismo tiempo que denuncia una contienda en la que las pasiones y los odios encuentran el acomodo perfecto. Se ha puesto en marcha la maldad cotidiana, las puertas cerradas y los gritos amenazadores, donde los golpes en las puertas de la casas son como bombas que caen desde el cielo oscuro de la noche.

El fragmento elegido corresponde al principio de la novela, o de la guerra, si se quiere, en el que se habla del dolor que vendrá «frente a la casa del abuelo». Entonces en la jovencísima narradora se produce el extrañamiento: patio, casa, árbol… que parece no querer identificar porque las horas se han convertido en años. Luego nos dice que «un pasillo largo donde papá deja de sonreír» se convierte en una expresión sinónima y recurrente de una palabra que martillea en su cabeza: «guerraguerraguerra».

Así tenemos que la tristeza y el dolor avanzan en las calles laguneras, donde la cotidianidad trata de abrirse paso en su costumbre., pero difícilmente lo logrará porque los odios cada vez están más cerca.

La guerra es un saco sin fondo, un saco en el que cabe todo, ruidos, manchas de aceite, olor a pólvora, cristales que tiemblan, cristales que se rajan, cristales que se rompen, miedos, formas de llamar a la puerta, llamadas fuertes, llamadas débiles, llamadas son respuesta, nuevas amistades, mañanas de sol, vacaciones interminables, sorpresas y costumbres, inquietudes y calmas, tumultos y soledades, tragedias y relámpagos de dicha, hallazgos, pérdidas, palabras vacías, palabras destruidas, palabras oportunas, silencios más llenos de la cuenta, secretos, colas interminables, racionamientos, apagones, horas de sed, y un largo, penetrante, orgulloso azar que cose con hilo resistente los episodios y las emociones, las fechas y las cicatrices sentimentales, para tejer el vértigo de un presente demasiado frágil y las perforaciones de unos recuerdos endemoniados, imprevisibles y sólidos, que se hacen dueños de la memoria, en la primera o la última fila, durante demasiado tiempo.

— Luis García Montero, Mañana no será lo que Dios quiera (Alfaguara, Madrid, 2009) —

El poeta y novelista Luis García Montero (Granada, 1958) cierra en una oración casi interminable, enumeración caótica de dolor y miedo, lo que toda guerra representa, con sus matices, vaivenes y probabilidades. Al ser tan extensa la oración, el autor nos conduce a la angustia sin aliento hasta llegar al punto final, donde, al fin, podemos respirar. Bueno, es un decir. Tenemos un principio, el de la niña, y un casi final, el de una definición bélica que alcanza a todas las guerras. Si Nivaria Tejera nos habla directamente, Luis García Montero no lo es menos en esta novela dedicada al poeta Ángel González.

En estos tiempos raros que sobrellevamos, no solo hay una clara intención revisionista de la historia más reciente de España, sino el deseo último de formar nuevas mentalidades que asuman que la guerra civil, nuestra triste guerra civil, fue necesaria e inevitable. En esa falsa revisión nos encontramos desde hace algún tiempo con el fin de crear una nueva derecha ideológica que perpetúe, acaso, la revolución conservadora que vivimos, y sufrimos, y que, de momento, parece disfrutar de un terreno ampliamente abonado.

Este país nuestro, imperfecto y lleno de contradicciones, todavía tiene en un pedestal, el Valle de los Caídos, al último dictador. Pocos países de este mundo mantienen a sus dictadores en monumentos donde aún viven; pues España es uno de ellos. ¿Imaginan que Hitler tuviera uno en Alemania? Mientras que otros países han asumido perfectamente su historia, a la que han desmenuzado en trabajos de investigación, tesis, películas, documentales, exposiciones… y la cuentan y escudriñan tal y como fue; en cambio, en España, nos molestamos y hasta intentamos ridiculizar cuando escuchamos aquello de «otra novela de la guerra, otra película de lo mismo», como queriendo decir que ¡¡ya está bien!! y el deseo de cubrirla con un tupido velo. Así, en esa sombra, los revisionistas de la historia van dejando caer su partidaria y peculiar visión para endulzar no solo una dictadura, y su desagradable presencia, sino ir reinterpretando la Historia poco a poco, en la que el viejo dictador aún pulula sobre nuestras cabezas.

Pero no dejemos atrás la sensatez y el equilibrio: tanto Nivaria Tejera como Luis García Montero les están esperando, en sus respectivos relatos, en los que la historia ocupa el lugar que, efectivamente,  le corresponde.

Sé que no les digo nada nuevo; mi intención no es dejarles un mal sabor de boca. Nivaria Tejera y Luis García Montero han escrito mucho más allá, donde, a pesar del tiempo transcurrido, sus novelas van adquiriendo nuevas lecturas. Acaso es lo que sucede siempre, pero no me había percatado de ello en mi eterno despiste literario.

Llegados a este punto, solo sé que lo único real es la literatura.

Vale.

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