Recordando a Pablo Neruda

Echedey Medina Déniz

Echedey Medina Déniz (Moya, 1994) cursa el Grado en Lengua Española y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC). Si bien hace relativamente pocos años que ha descubierto la poesía modernista de sus paisanos, se confiesa desde su infancia un admirador inconsciente de la sensualidad de los juegos florales del bosque umbrífero de Doramas, donde pasó sus años de niño jugando. Aún sin abandonar el juego, se ha sumado ahora a una aventura literaria que pretende ser el camino para ser partícipe de la fiesta de la vida, pues cree lo que dice Osho: «Conózcanse a sí mismos pues el camino es hacia adentro». Aunque cursó un primer año en el Grado de Historia, supo pronto que su amor siempre había sido la filología. Fue miembro del grupo literario El Paseo de los Flamboyanes y actualmente es miembro del grupo literario Palma y Retama, junto a otros compañeros de carrera.

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Alguien, alguien que ha desatado trémulas olas de nieve
en el ejercicio diario de tu lectura,
me ha vuelto a traer desde el amado sur los años estelares
cuando te conocí, cuando eras la rosa de los vientos
que despertó rayos de luz en estos ojos de niño verde,
cuando bastaron materias imprecisas de ventisqueros
y amantes que rajaban las castas en el crepúsculo
para embriagarme de tu soledad de albatros,
como dos guanacos las dos siglas estelares de tu historia,
la inmensidad de tu nombre falso de papel mojado
que escondía al niño gris de Temuco, a la sedienta
sombra de las manos juveniles en los liceos,
los asaltos de pantera en celo
a las mujeres en los trigales,
la inmensa tristeza juvenil de los trenes y los carboneros.

Las dos siglas diabólicas,
perseguidas por balas de cazadores fieros y hambrientos.
Cómo hubo de ser entonces tu figura de hombre gordo
atravesando las puertas y los puertos, cargado de libros
y tu voz de pájaro rompiendo el silencio canalla de las embajadas,
tu cabeza de cardenal araucano atravesando escenarios y discursos,
tendiendo la misma mano a bandidos seculares
y a hermanos de otras patrias que ansiaban las dos palabras
de tu nombre, tu boina gris y las enjuagadas lágrimas de tus libros.

Pero yo era apenas un joven de quince años,
un niño que no podía ver la lámpara vertida en la tierra,
las gotas de sangre que iluminaron a los hombres
durante siglos, y que recién vertían en mí sus fuegos
de la otredad, de la urgencia de recomponer pedazo a pedazo
los trocitos de alma del otro, la misma llamarada del compromiso
y la ética, que inundaban tu costa y tus mares, tu voz y tus palabras
ya nuestras para siempre en un rosario de admiraciones
que rezamos con los brazos cruzados.

Pero la juventud es osada y barroca
y creo que cualquier joven soldado del amor
trató de imitar tu verso de castaña dulce,
tu lenguaje de leche y miel
enviando canciones desesperadas con una flor amarilla
o reescribiendo el Poema XX en cualquier bolero de Julio Jaramillo.

Por supuesto nunca quise admitir que fuiste la primera mujer,
la pasión tempranera de mis madrugadas rurales,
vale decir provincianas en tu honor,
y que más que el rostro de la compañera tendido detrás de tus palabras,
eras el amor mismo,
lo que me movía y me mueve,
el amor del muchacho retraído que escribe con la ventana abierta
y el olor a tierra mojada.

Ahora lo sé; no estoy enamorado de una mujer,
estoy enamorado del amor.

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