El mar que hizo crecer la ciudad

A propósito de Domingo Rivero y Tomás Morales

Juan Ferrera Gil

Juan Ferrera Gil (Arucas, 1956) es licenciado en Filología Hispánica. Sus primeros relatos se publicaron en ‘El cartel de las letras y las artes’ del desaparecido ‘Diario de Las Palmas’. De 2005 a 2011 colabora con Arucas Digital. A partir de 2011, con infoNorte Digital, donde, además, tiene publicados dos libros digitales: ‘Relatos surrealistas en la Sala de Profesores’ y ‘El alcalde chino y otras narraciones’. También escribe en La Gaceta de Arucas y, ocasionalmente, en BienMeSabe. En distintos tiempos, Radio Arucas: ‘Cerca de las estrellas’, ‘Parque Chino’ y ‘La sorriba’. Y también editor ocasional en ‘Litteraria, Revista de literatura y opinión’.

en DRAGARIA

 

El mar que hizo crecer la ciudad es el mismo mar que han reflejado los escritores canarios cuando se han asomado a él a través de sus textos. Es el mismo mar que cada día es distinto: cercano, a veces; lejano, otras, al que siempre miramos con cierta desconfianza porque sus olas y su fuerza nos pueden trasladar  a otra frontera.

Y en ese mar, el Puerto de La Luz, el muelle viejo, sus gentes y su movimiento incesante. Y sus poetas. En esta ocasión, dos visiones de un mismo espacio: dos perspectivas que confluyen en una mirada común; dos maneras de entender lo que nos rodea: dos escritores lúcidos que nos ofrecen con palabras llenas de espuma y sal un lugar emblemático e interpretable. Un lugar que se expande, que crece y que nos hace crecer; un lugar vertiginoso de idas y venidas, acaso como la vida misma. Domingo Rivero y Tomás Morales, con sus personales visiones, nos presentan el Puerto de la Luz como si fuera un incandescente farol que aún hoy sigue derrochando luz en su recurrente actividad comercial.

Quizás por eso Domingo Rivero comienza su poema con «el sol de la tarde» y Tomás Morales con «el sonoro Atlántico». Claro que el «sol de la tarde» de Rivero tiene mucho que ver con los viejos lugareños que en la tarde de sus vidas se acercan al muelle viejo, que, como ellos, también se encuentra en el ocaso de su existencia. Se produce algo así como la confluencia de dos tardes. No hay más que ver sus «pálidos reflejos» para descubrir que hablamos de un muelle cansado, en el que las continuas olas parecen marcar el final de sus días. La palidez del muelle es la misma que la de los lugareños que por allí se acercan a mirar el paso del tiempo en las «velas blancas»; así vemos que los colores van conformando la realidad: azul, blanco y reflejos pálidos del sol que muere es toda una gama de tonalidades que reflejan infancia y madurez, después del principio y antes del final. Al quedarse vacío y sin uso el viejo muelle adquiere el tono gris de la tristeza; por eso el poeta lo califica de «silencioso y desierto». Es la actitud de los viejos: no les hace falta hablar para comprender que la ciudad cambia, que el nuevo puerto es el joven que despunta y el que ellos fueron en un tiempo ya cada vez más lejano. Y «desierto» porque los de su generación parten cada vez con más frecuencia para instalarse en la memoria y transformarse en un recuerdo. Así que Domingo Rivero al describir el viejo muelle no es más que la anotación de la trayectoria humana: azul, como el horizonte esperanzado; blanco, donde la tranquilidad y el sosiego tienen su asiento, y palidez de un instante cada vez más turbio y raro. Y extraño.

«El mar tenebroso infunde miedo y desolación. Y silencio. Solo el vaivén del mar es el único ruido posible»

Claro que el progreso tiene su coste: las nuevas embarcaciones manchan el cielo de «humo negro», presagio, tal vez, de la muerte, que acecha desde cualquier sitio y que adquiere diversas formas. Es verdad que la ciudad renace, crece; sin embargo, para ello tiene que destruir. Por eso ha ordenado al mar que crece que destruya el viejo muelle, que con su fuerte oleaje lo vaya despojando de entidad y prestancia. Al mismo tiempo, se comporta benévolamente con el puerto nuevo, con más futuro, más abrigado. El mar tenebroso infunde miedo y desolación. Y silencio. Solo el vaivén del mar es el único ruido posible que, una vez acostumbrado a él, ya ni siquiera percibes. Y como el trajín comercial que otro tiempo lo inspirara ha desaparecido, la destrucción salitrosa se va comiendo su otrora fuerte brazo. Así que el horizonte azul hace juego con las velas blancas: son los colores sempiternos del mar: olas y espuma que nunca se cansan de regresar a la orilla. Y en ese vavivén eterno va cambiando lo que no le gusta, y lo moldea caprichosamente,  y lo que los hombres han hecho y que lo han afeado. Por eso dice el mar «aquí estoy yo». Y en su ir y venir nos convence de que el futuro es otro, otro espacio más abrigado y con más proyección. Solo tenemos que ver hoy cómo es nuestro Puerto de La Luz, que en palabras de Tomás Morales lo define como el Puerto de toda la isla.

«El ajetreo del día da paso a la lentitud y a la tranquilidad. Parece apagarse el puerto. Parece desconectar de su frenético movimiento»

La descripción estática de un instante es el motivo que Morales, con modernistas palabras, y con el ritmo acompasado del mar provoca que el poema vibre de intensidad emotiva. Así que en este poema el mar suena. Y la calima encendida con faroles rojos va acompañada de la luna acortinada en el azul romántico del cielo. La gama de colores (rojo, blanco y azul) no es más que una paleta elegida interesadamente por el poeta con el ánimo de grabar en nuestra memoria una foto que sirva de evasión, pasión y mirada detenida. Como el Puerto duerme en ese instante, Morales nos habla de «silencio», «leve chapoteo» y «malecón dormido» para que «el sonoro Atlántico» sea un leve susurro de palabras sugeridoras. Es significativo que Tomás Morales deje los versos suspendidos, porque suspendidas también lo son las palabras que el autor ha hecho suyas y que al leerlas se mueven en silencio de la calima. Así que la calima del Puerto de La Luz hace honor a su nombre: es una calima encendida de rojo y silenciosa, como si nos dejara en un «impasse» de que algo va a suceder: el puerto cambia a mortecino. El ajetreo del día da paso a la lentitud y a la tranquilidad. Parece apagarse el puerto. Parece desconectar de su frenético movimiento. Al detenerse su ajetreo comercial, el mar también parece descansar y por eso se ha llenado de «ondas muertas» en la bahía. Pero la presencia del ser humano está. Solo hay que escuchar el silencio del muelle para que un «canto marinero», también acorde con la descripción general que el poeta modernista le ha impregnado, rompa dulcemente el silencio de la noche y deje un tono de melancolía que parece recorrer el puerto de lado a lado, alterando ligeramente la calma nocturna. Es decir, la calma descrita está en relación directa con la luz tenue de colores en la calima encendida, donde la visión del lugar parece tamizada por una suave cortina de agua trasparente que distorsiona la visión de Tomás Morales. Visión detallada de un remanso que nos invita al encuentro de uno mismo.

«los poemas de estos extraordinarios poetas sirven para fijar sus particulares visiones: los puertos y los hombres de mar. Tierra y agua»

Claro que el «cantar marinero» ha convertido al Atlántico en «sonoro» y quizás desde las cuerdas de una vieja guitarra o de un dulce acordeón el marino nos hable de otros mundos que van quedando borrosos en su cantar melancólico, monótono y cansado. La presencia humana es el toque final de un poema descriptivo. Sí, se puede describir el Puerto. Pero si no hay un marinero o unos viejos que miran el paso del tiempo, el muelle queda vacío. Y el mar todo. Y el Atlántico entero. La isla se amplía por el mar. Y por el mar soñamos. Y por el mar también nos quedamos atrapados. Pero los poemas de estos extraordinarios poetas sirven para fijar sus particulares visiones: los puertos y los hombres de mar. Tierra y agua: dos elementos asociados al devenir del canario: el de la orilla y el del interior. El agua convertida en lluvia nos habla de un mar vertical, como el que pintara Jorge Oramas en sus luminosos cuadros. O sea: el mar horizontal y el mar vertical sirven ambos para tener los pies en suelo. El mismo suelo que Domingo Rivero y Tomás Morales pisaron juntos en sus paseos por la capital, hablando de existencias y matices, a veces distorsionados estos por la Naturaleza que se empeña día tras día, año tras año, en presentarnos un mar renovado, siempre distinto porque su egoísmo se impone en cada vaivén de las olas, porque nos habla y nos reclama, al menos, una mirada detenida. Cuando no ocurre, se embravece y adquiere el disfraz temeroso de una tormenta. Cuando lo miramos, parece detenerse intencionadamente y con natural alegría nos propone una aventura, una decisión, en el que él sea el protagonista de la historia. Y es capaz de acercarse al muelle para que nunca lo olvidemos. Cosa harto improbable porque en nuestros genes va implícito el horizonte azul, el sol blanco y la calima que suaviza y distorsiona la realidad. Por eso los poetas canarios de todos los tiempos nos hablan de noches y espacios infinitos.

 

El muelle viejo

A Fernando Clavijo

Cuando el sol de la tarde sus rayos amortigua
y el muelle en sombra dejan sus pálidos reflejos,
por las aceras toscas de la explanada antigua,
siguiendo su costumbre, van llegando los viejos.

Desde ese muelle –anhelo de tres generaciones—
en otro tiempo vieron sobre la azul llanura
cruzar las velas blancas de las embarcaciones
com presagio humilde de la ciudad futura.

Y hoy desde el muelle viejo, silencioso y desierto,
miran con turbios ojos salir del nuevo puerto
para Marsella o Londres, Hamburgo o Liverpool,

en vez de los pequeños veleros de otros días,
vapores poderosos que exportan mercancías
y manchan de humo negro el horizonte azul.

— Domingo Rivero —

 

Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico,
con sus faroles rojos en la noche calina,
y el disco de la luna bajo el azul romántico
rielando en la movible serenidad marina…

Silencio de los muelles en la paz bochornosa,
lento compás de remos en el confín perdido,
y el leve chapoteo del agua verdinosa
lamiendo los sillares del malecón dormido…

Fingen en la penumbra, fosfóricos trenzados
las mortecinas luces de los barcos anclados,
brillando entre las ondas muertas de la bahía;

y de pronto, rasgando la calma, sosegado,
un cantar marinero, monótono y cansado,
vierte en la noche el dejo de su melancolía…

— Tomás Morales —

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