El charco

Ana García-RamosAna A. García-Ramos del Castillo (La Laguna, Tenerife, 1962) cursa estudios de Bellas Artes en la Universidad de su ciudad natal. Obtiene el título de Diseño de Interiores en la Institución Artística de Enseñanza (IADE), graduándose posteriormente en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Tenerife en la especialidad de Decoración y Arte Publicitario. En 1997 comienza su andadura como pintora, realizando desde entonces más de una docena de exposiciones individuales en diferentes salas de arte de las Islas y participando igualmente en otras tantas colectivas. Su vocación por la escritura siempre ha estado presente en su vida, obteniendo, desde muy joven, diversos premios en certámenes literarios de cuentos infantiles. Esta necesidad expresiva —aletargada por su dedicación a la pintura— aflora con más intensidad desde el momento en que decide escribir su primera novela, ‘Tanto para nada’.

Facebooken DRAGARIA

Tenía forma de media luna y, a merced de ella, se dejaba ver o se ocultaba anegado por la marea.

Aquel pequeño mundo multicolor se aquietaba cada bajamar y se renovaba casi por completo con cada marejada.

El sosiego del agua traía paz al charco. Los cangrejos pastaban entre algas pardas y verdes, las mismas que tapizaban las crestas de las lapas. Los burgados se cobijaban en los recodos, reubicándose con tranquila parsimonia, apartándose de las púas móviles de los erizos negros.

Los inquilinos esporádicos iban y venían con cada nuevo oleaje.

Yo me sentaba a observar en el brocal de lava de aquel pozo. Veía el reflejo del cielo azul en la lámina de la superficie. El agua estaba limpia y su cristal transparente, solo lo turbaban las débiles ondulaciones que, al nadar, provocaban los peces.

Era fascinante contemplar aquel mundo vivo y laborioso al que me asomaba con ojos de niña curiosa.

Los ojos crecieron. Al tiempo, la mirada quiso volver a recrearse en aquel lugar añorado. Sabía dónde encontrarlo. Esperé a que bajara la marea. Desde lejos, reconocí la media luna que, ese día, reflejaba el gris plomizo del cielo. Allí estaba pese al paso del tiempo. Sin embargo, en aquel charco, ya no había nada. Únicamente era una oquedad llena de agua en donde un depósito de aceite, terminaba de derramar su contenido.

La vida de aquel charco había huido para siempre. No fue la marea la que se llevó a sus habitantes…

Puedes comentar este artículo en nuestra página de Facebook: