Multiplicidad de las habitaciones

Damián H. EstévezDamián H. Estévez (Los Realejos, Tenerife, 1960) estudió Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna. Ha impartido la docencia como profesor de secundaria de Lengua y Literatura en institutos públicos de El Hierro, Gran Canaria y Tenerife. Actualmente lo hace en el Instituto de Tegueste. Obtuvo el premio Félix Francisco Casanova del diario ‘El Día’ en el año 1977, y publicó algunos textos en ese periódico y en ‘La Tarde’. Ha publicado los libros de relatos ‘Lo que queda en el aire’ (Idea, 2010), ‘En el aire queda’ (Aguere-Idea, 2013) y la novela ‘Quién como yo’ (Aguere-Idea, 2015). Pertenece a la Nueva Asociación Canaria de Escritores (Nace).

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La escena encierra una tensión intensísima mientras afuera las nubes coronan el Pico Fecho con la delicadeza del invierno lotaviano e incontables barcos surcan la bahía entre Lotra y San José. No es que desde el cuarto de hotel en cuya cama me encuentro pueda ver tales fenómenos, se trata más bien de la representación mental de que mi crítico estado le es indiferente al mundo. El desenlace que imagino resulta terrible, tan inevitable como fatal. Así se presentan las cosas.

Cómo he llegado hasta aquí no tiene mayor interés que el de cualquier trayecto a cualquier oficina, y, desde luego, no voy a entretenerme en contarlo, aunque ahora el tiempo parezca detenido. Frente a mí, mirándome aterrada, se encuentra la mujer que acaba de abandonar el lecho con el propósito de una ducha tanto higiénica como liquidatoria; a mi izquierda, delante de la puerta abierta de par en par, su esposo le tiende un revólver mientras apoya otro sobre su sien derecha.

Ésta, en líneas generales, era la situación. Ella intentó persuadirlo de que aquello no era lo que parecía, pero él no parecía muy dispuesto a dejarse engatusar; antes bien, agitaba ambos revólveres apremiándola a que actuase.

Todas mis clientas me dicen que les gusto por mi cuerpo, por su juventud, agilidad y pericia, y que prescinden por completo de mi intelecto y de mis emociones; a mí no me ofende, no me lo tomo como un desprecio, antes bien, lo agradezco como un cumplido profesional: no me gustan los enredos sentimentales. El caso es que ustedes supondrán, puesto que les puedo contar esto, que mi amante optó por no coger el arma que le ofrecía su marido tras irrumpir en la habitación, y que ahora mismo, después de demostrado su suicidio, estamos los dos ejecutando otro contrato, no en un hotel, sino en su propia alcoba, libres ya de la amenaza conyugal.

«estamos los dos ejecutando otro contrato, no en un hotel, sino en su propia alcoba, libres ya de la amenaza conyugal»

Pero no, en realidad su intuición les ha fallado. La realidad es que les hablo desde el calabozo donde espero el veredicto. Mi abogado defendió mi versión desde el principio del proceso, y ha estado brillante al probar ante el tribunal que hubo dos suicidios. Sin embargo, me preocupa la insistencia del fiscal en preguntarme por qué asesiné a cada uno de ellos con un revólver diferente. Me inquieta que sea él quien haya convencido al juez.

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