Fuera de hora

América Quintero Hernández

América Quintero Hernández (Santa Cruz de Tenerife, 1977) es licenciada en Derecho por la Universidad de La Laguna. Trabaja como responsable de la Oficina de información al consumidor del Ayuntamiento de Granadilla y jurista del área de Cultura, desde la que puso en marcha la I Feria del libro de El Médano en el año 2017 y dirigió su siguiente edición. En el año 2016 ganó el primer premio del Concurso Internacional de Micronarrativa Palabra tras palabra, con el microrrelato ‘1094’. Ha sido articulista en la revista ‘Tamaimos’.

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Esta semana me he organizado mejor. Solo he comido un día fuera y he llegado casi puntual al trabajo —Rita atiende mi declaración mientras lee mensajes en el teléfono móvil.

—Julia, creo que te gusta sufrir, no tiene otra explicación. ¿Te compensa el apuro de llegar con la puerta de embarque ya cerrada y tener que pedir por favor que te dejen subir? ¿Cuántos aviones has perdido ya? Te fascina el momento en que por fin subes al avión o casi no te atropellan al perro cuando por no atarlo se escapa de la acera. 

—Cállate, eso es porque no me gusta llevarlo amarrado, va más contento suelto.

 «La certeza de merecer ser castigada no es una mala explicación a mi caos», pienso el jueves antes de quedarme dormida. Vuelvo a pensarlo al día siguiente mientras dejo la oficina veinte minutos después que los demás, castigada por llegar tarde. Tener un perro, un trabajo, viajar. Derechos conseguidos pero por los que hay que pagar con cierto apuro necesario. No es que me preocupe mucho encontrar solución a estos defectos, pero solo pensando en ellos tanto como para llegar a una teoría que pueda explicarlos, logro aceptarlos cariñosamente, como a un hijo.

Un resfriado me deja sin voz el domingo, pero no suspendo el ensayo. Pensé que cantando con poco volumen no me pondría peor y adelantaríamos trabajo. En el segundo tema algo se atasca, un desacuerdo sobre dónde marcar un acento con la guitarra deshace la sesión y Antonio dice en un mensaje que busquemos otro guitarrista. Los demás no hemos dejado de preguntarnos cómo llegamos a eso «si todo estaba perfecto». La vida no es avara al mostrarnos que nada es seguro y mucho menos perfecto. Aunque debe de haber también grandes razones para que nunca lo aprendamos.

 Al día siguiente, al llegar de la oficina me espera Miguel para salir en barco a Lanzarote. Hago un bolso pequeño, con el cuerpo desganado por la gripe. Él mete en el coche casi todo. Lo han destinado allí un año para participar en una investigación sobre desechos marinos. El viaje en camarote me recuerda la irrelevancia de la ubicación territorial. La misma cama que me arropa en Tenerife me despide en Lanzarote y no deja más rastro en la que soy que lo que he pensado, temido, leído o soñado sobre ella.

La casa nos recibe limpia, con varios caramelos sobre la mesa. Debe de tener unos sesenta años, pero mantiene una firmeza que parece sostenida por el cuidado fiel y la sobriedad. Donde no ha podido ir un cuadro valioso hay pared blanca y desnuda. Y el paisaje de la isla parece regido por esa misma sobriedad, que ha ordenado al cemento pintarse de blanco y no superar en más de lo armoniosamente debido la altura de los matos de tabaibas y aulagas sobre los pedregales.

«Camino hacia el mar desde la casa. El pueblo es laberíntico. Muchas calles me hacen volver atrás»

Camino hacia el mar desde la casa. El pueblo es laberíntico. Muchas calles me hacen volver atrás al llegar a su final sin salida. Algo, un color tal vez, me hace creer que se parece a como imagino las islas griegas que nunca he pisado. Y tal como haría allí, miro a la gente que nunca he visto y quiero comer en todos los bares y entrar en todas las casas.

Sabía que Miguel no iba a estar sereno, nunca lo está hasta que cree que domina un nuevo escenario. Más bien, debí imaginar que estaría impertinente. Con el tiempo he comprendido que tiende a compensar el alboroto interior que le causan los cambios, crispando el espacio exterior próximo a él. Mientras se adapta a la casa y se pregunta —creo— si le gustará o no el nuevo trabajo, se comporta como si sacara el malestar por la incertidumbre que no tolera y lo colocara entre nosotros dos. Empuja a la queja y la discusión cualquier momento cotidiano que solo podía estar destinado a la placidez, elegir donde cenar puede convertirse en una guerra. Tanto si me pliego a su preferencia como si propongo yo el sitio, no hay más opción que pelear. Por teléfono Marga me dice que mucha gente en momentos de estrés hace «eso de molestar a las personas más cercanas y queridas». «Pues qué mierda», le digo. Tampoco él desconoce su ritual inconsciente por completo y, a ratos, pide disculpas que yo acepto. Con los esfuerzos de los dos, la semana pasa entre entre risas, gritos, besos, caricias, miradas rabiosas y sexo. ¿Qué certeza inaprensible protege al amor de tanta precariedad? 

Vuelvo a Tenerife en avión. Sentada en el pasillo, un hombre pide sentarse a mi lado y le cedo el paso. Me pesa la culpa de saber que lo voy a molestar tosiendo y no se lo he dicho, pese a la estupidez que sé que supone creerse culpable de un sufrimiento, más que tolerable, por un desconocido que debe prever posibles molestias de una acompañante desconocida.                                                                                                            

Entre los mensajes que saltan al encender el teléfono, después de leer en qué aparcamiento me espera Rita, uno de Pablo que dice: «Perdona que te vuelva a molestar, pero necesito saber». El corazón me da un vuelco. Además de la culpa —otra vez—, se me agolpa en la garganta la tensión de no poder atenderlo hasta más tarde. Él envía estos mensajes cada cierto tiempo desde que rompimos, hace tres años.

Pasado el almuerzo me concentro en buscar el tono delicado pero firme que necesito para responder. Saludo y él escribe: «No quiero volver ni nada de eso, pero necesito saber por qué estuviste tan segura y desde cuando. Tengo la impresión de que estuve mucho tiempo sin saber nada».

«Al principio el sexo ocupó casi todo. No supe hasta pasados varios meses que esto a veces puede significar menos de lo que parece»

Al principio el sexo ocupó casi todo. No supe hasta pasados varios meses que esto a veces puede significar menos de lo que parece. El mito romántico asegura, o así lo entendí yo, que cuando  el fuego llega a quemar, hace mantener al menos tibio por largo tiempo todo lo que ha alcanzado. Pero no fue así. Después de que el deseo dejara de despertarse de forma automática, no conseguí reírme de nada nuestro con ganas. No se permitió un día de irresponsabilidad en su despacho universitario en el que habíamos hecho el amor antes. No se rió cuando me burlé de su seriedad ni se burló de mis despistes. El sexo siguió siendo bueno, pero ya no llenaba todos los espacios en blanco. El blanco se hizo gris y luego casi negro. «Te equivocas», contesté. «Te lo dije en cuanto pude. No te engañé más de lo que me pude engañar yo». —Claro que le engañé—. «Estas conversaciones me torturan un poco. Me siento culpable. Hace mucho tiempo ya, no le des más vueltas». —Usé la culpa como arma victimista para que me dejara en paz—.

Pablo contesta que no volverá a preguntar, aunque él no suele cumplir esa promesa. La tarde de domingo, sombría ya de por sí, con ese mensaje, la tos y el cansancio del avión, se sobrecarga de una pesada nostalgia.

El lunes, al sonar el despertador, Camilo salta sobre mí y me lame la cara. Noto la garganta cerrada y un pinchazo en la sien. El resfriado no se va, pienso. La gripe siempre como síntoma de algo más hondo. Cuando tenía doce años, todos los jueves a las tres, la hora de la clase de matemáticas con Don Ramiro, me daba fiebre y dolor de graganta.

Ficho en la máquina de control de entrada diez minutos tarde, como es habitual. Me culpo por ello, pero no lo remedio. Los usuarios que quieren «hablar con la abogada» se aglomeran en la puerta. Empiezo a atender por turnos. A la hora y media la garganta está peor y la tos me interrumpe demasiado. Cancelo las consultas que quedan y voy al médico. No tengo cita, el médico me verá con un pase fuera de hora, dice la auxiliar. Fuera de hora. Una expresión que podría definirme. Faringitis vírica. Depende de mis defensas, es mi cuerpo el que puede curarlo, según el médico. Otro deber, llego a pensar. Mejor no ir al trabajo en unos días, indica. Acepto la baja. 

«Mi madre llama unas tres veces al día. Insiste en que no esté mucho en la cama porque así tardaré más en curarme»

Mi madre llama unas tres veces al día. Insiste en que no esté mucho en la cama porque así tardaré más en curarme. Dice que el cuerpo obedece a la voluntad y que no debo complacer a los síntomas. Prosigue con que «no me lo pediría si no fuera urgente», pero es el último día para completar el expediente de incapacidad de mi padre y «como te has encargado tú de todo, yo no entiendo lo que hay que hacer y tu hermano ya sabes cómo es». Me trae a casa el informe médico que hay que entregar y un libro, “Lupe Marín, dos veces única”, de Elena Poniatowsca. Dice que se lo ha leído muy rápido y que Lupe Marín le parece una mujer horrible.

Desde que se jubilaron y hasta que diagnosticaron la demencia de mi padre, él se encargaba de todo lo doméstico. Mi madre leía, buscaba sitios a los que ir de viaje, cambiaba los muebles de la casa con frecuencia y se empeñaba —disimulando mal—  en corregir nuestras decisiones. De todo lo que intentaba, mi hermano y yo acabábamos obedeciendo en algo. Ahora sus demandas se ciñen a pedir colaboración en el cuidado de mi padre. Nosotros nos resistimos y ella nos lo reprocha. Pero de alguna forma hemos conseguido hacerlo sin que ninguno se ofenda ante los requerimientos del otro ni ceda en más de lo que quiere. Todo acaba recayendo en Andrea, que cuidando de papá siempre más de lo que le corresponde, se ocupa también de nosotros. Acepta a regañadientes las atenciones  de mi madre, que se avergüenza de no pagarle un sueldo mayor. No he conseguido entablar normalidad con la enfermedad ni con la vejez. Huyo de la responsabilidad de cuidarlos. Invento excusas para no ir a su casa como un niño finge estar malo para no ir al colegio.

Al tumbarme en la cama después de despedir a mi madre, leo un mensaje de Miguel: «Siento no estar ahí para cuidarte» Otro de Pablo: «Para ser sincero, siempre creí que seguías queriendo a Ricardo». Solo contesto a Miguel, después de pensar que en esa disculpa iba contenida otra por haber estado insoportable los días que pasamos juntos: «No necesito nada, solo dormir». Hablamos un rato de su trabajo, parece más tranquilo. Pide que le perdone sus estupideces. «Te salvas por esa certeza inaprensible que protege al amor de toda su precariedad», contesto. Reímos.