Niebla cortada

Alba Sabina

Alba Sabina Pérez (Santa Cruz de Tenerife, 1984) es licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid. Es autora de cuatro libros: la biografía musical ‘Algo que contar’ (Planeta, 2008), del libro de relatos ‘¿Quién cuidará de mis guardianes?’ (Idea, 2013), la novela ‘Silence’ (Neys Books Ediciones, 2014) y el libro de poemas ‘Ya nadie lee a Pentti Saaritsa’ (Ediciones La Palma, 2015). En el sector audiovisual, ha trabajado en redacción y producción para Plural Enterteinment y Telesistema Canarias y su corto ‘20 euros’ fue seleccionado para la Muestra de Jóvenes Realizadores del Festival Internacional de Cine de Gijón en 2007. Ha traducido a Scott Fitzgerald, Wilkie Collins, Katherine Mansfield, Washington Irving y H.G. Well. Sus textos han sido publicados en las revistas ‘Ínsula’, ‘Vallejo&Co’, ‘Poemad’, ‘Plumas Hispanoamericanas’ y ‘Marcapiel’. Actualmente cursa estudios de doctorado sobre género y comunicación en la Universidad de La Laguna.

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Robin y Lily no sabían de qué hablar. Se miraban, frente a frente, ella más bien apagada y él inquieto: le temblaba la pierna incesantemente mientras sostenía su brebaje transparente en la mano, pensando qué decirle a la chiquilla para que lo dejase tranquilo, para poder seguir con su rutina de lectura en aquella sala llena de libros que lo alejaban, día a día, de lo que se suponía era la realidad. Cavilaba qué juego podía proponerle para que ella misma fuese por su propio pie a cualquier habitación a hacer cosas por su cuenta, sin distraerle, sin que su presencia fuese parte de ese vilmente planeado entretenimiento, cuando sonó el timbre de la puerta. Ambos, como si de una liberación se tratase, salieron corriendo de la habitación y, de la misma manera, bajaron a la puerta y la abrieron, sin cumplir el protocolo de otear por la mirilla.

Ante ellos, en el rellano del número 31 de la calle Wolfgang Wagner se presentó un hombre con una inquietante similitud al propio Robin, tanta que, por un segundo, Lily palideció, pensando que era su propio padre quien, para martirizarla aún más durante ese infernal y aburridísimo día de lluvia, se había convertido de pronto en dos padres.

«Bueno, juguemos entonces», dijo el doble de Robin. Lily sonrió instantáneamente, «¿a qué?», preguntó la niña. «A encontrar la marioneta. Está escondida en tu habitación. Es del color de las paredes, así que lo tendrás muy difícil y solo puedes recibir ayuda del ama de llaves». Lily respondió que ellos no tenían ama de llaves cuando apareció, escaleras abajo, una mujer corpulenta vestida con un traje negro y un llavero enorme en las manos, decidida a ayudarla a encontrar la marioneta. La cogió de la mano y subieron las dos, dejando solos a Robin y al visitante aún en la puerta.

«Y ahora es cuando tú me invitas a una copa, ¿no? Es lo que querías».

Robin asintió, sin ningún convencimiento de lo que estaba sucediendo, y lo invitó a pasar. Tras cerrar la puerta, ésta desapareció, fundiéndose con la pared, como si el número 31 de su calle nunca hubiese existido hacia el exterior. Fueron hacia la biblioteca, se sentaron, Robin, en la silla de invitados; el visitante, en la silla donde solía hacerlo su dueño, y él mismo se sirvió una copa de coñac. Empezó a hablarle del tiempo.

«Robin se rio de una idea tan desatinada, parecía la típica entrada de su diario escrita para leérsela a Lily en noches de lluvia»

«Hace unos días hubo una densa niebla en mi calle, tan densa que saqué las tijeras para comprobar si podía cortarla». Robin se rio de una idea tan desatinada, parecía la típica entrada de su diario escrita para leérsela a Lily en noches de lluvia. «Saqué aquellas tijeras enormes, de todas formas nadie podía verme, y empecé a podar el blanco polar como si estuviese loco, como un energúmeno que no podía dejar de acometer la tarea de querer cortar lascas de aquella densa y espesa masa sin textura definida. Logré cortar una y me la metí en el bolsillo. Descubrí entonces que no es cierto». «¿Qué no es cierto?», preguntó Robin. «Que las gabardinas sean a prueba de humedad, obviamente».

En ese momento apareció Lily sujetando unas cuerdas tensadas con dos maderas en forma de cruz, y un trozo de papel con forma humana que no paraba de estremecerse. La niña tenía la cara roja como un tomate, detrás de ella estaba el ama de llaves.

«¡Es muy pesado, no se está quieto!», dijo Lily, tratando de que la marioneta mantuviese las formas. «No sabes tratarlo», dijo el hombre. «Tienes que mover los hilos y controlar sus movimientos. Haz que camine despacio y que nos salude».

Lily obedeció y el muñeco saludó a su padre y a su nuevo amigo con dulzura. Luego la niña lo dejó en otra silla y le sirvió una copa de whisky a su nuevo títere; pero, al tratar de mover los hilos, no tuvo la destreza necesaria para que la sostuviese con su mano bidimensional, y la copa cayó estrepitosamente al suelo. Robin fue a recogerla corriendo, y arregló el estropicio. Lily se disculpó, tímida.

«Las estantería llenas de juguetes cubrían las paredes. Robin se acercó al tren. Al fondo había un mueble con algunos relojes de bolsillo, collares y pendientes»

«Ahora tienes que encontrar un elefante rosa en el ático», dijo el invitado a Lily. «No tenemos ático», respondió ella. «Sí, ven conmigo». Todos, menos la marioneta, subieron las escaleras hacia la segunda planta y, en medio del pasillo, ahora había una cuerda que tiritaba en el techo con una bolita colgando. El hombre tiró de ella y descendieron unas escaleras por donde todos subieron al nuevo ático, donde había, en el centro, un tren dando vueltas, soltando vapor y parándose en cada estación. Las estantería llenas de juguetes cubrían las paredes. Robin se acercó al tren. Al fondo había un mueble con algunos relojes de bolsillo, collares y pendientes, y creyó reconocerlos de fotos de álbumes de sus antepasados, pero nunca había visto esos objetos en la vida real. No había hablado de aquellos familiares a Lily porque todavía era demasiado pequeña, y ahora temía que ella se percatase del mueble y empezase a hacerle preguntas.

«Lily, busca el elefante rosa; mi amigo y yo vamos a seguir hablando». Robin cogió al visitante por el hombro y se lo llevó del ático de nuevo hacia la biblioteca. Al llegar, le pareció que había más libros de los que estaba acostumbrado a ver a su alrededor cuando cada día se enfrascaba en sus lecturas.

«Y aparte de cortar niebla, ¿a qué te dedicas?» «A coleccionar relojes». «Eso no es una profesión». «Recogía langostas cuando era joven. Un día encontré un reloj entre las redes, y desde entonces me dedico a coleccionarlos. Luego los compro y los vendo. ¿Y tú?» «Cuido a Lily». «Eso tampoco es una profesión». «Tengo pisos alquilados por la ciudad, y vivo de las rentas. El resto del tiempo lo dedico a cuidar a mi hija». «Pues no veo que te guste hacerlo: no quieres jugar con ella, prefieres que lo haga sola. Prefieres leer y que ella sola juegue».

Robin le dio el último trago al vodka. Se llenó de nuevo el vaso pensando que si la vida fuese ir de bares, él sería un borracho muy feliz. No sabía cómo explicarle al visitante la situación con su hija, cómo era no tener a la madre, y su reciente disgusto porque ya no le apetecía contarle cuentos a Lily, ni estar con ella entre aquellas cuatro o veinte o cien paredes del número 31 de la calle Wolfgang Wagner. Se aburría mortalmente. Todo lo que tuviese que ver con aquella pequeña listilla de seis años era una tortura para él, y ella lo sabía.

Lily apareció otra vez en la biblioteca, se apoyó en la pared con su vestido violeta; resoplando, se quitó el pelo de la cara, y enseñó con una sonrisa el elefante rosa.

«Este estaba difícil, estaba vestido de madera como las paredes. Tuve que arrancarlo de una estantería, estaba camuflado como los sarampiones». «Como los camaleones, Lily», le corrigió su padre. «Eso, Robin, como los camaleones», dijo la niña divertida y admitiendo su propio error.

«Lily se encaramó a una silla demasiado grande para ella, y su padre le sirvió una limonada en un vaso de whisky»

«¿Quieres beber con nosotros, Lily?», preguntó el invitado. «¡Claro!» Lily se encaramó a una silla demasiado grande para ella, y su padre le sirvió una limonada en un vaso de whisky. Luego repuso las bebidas de los mayores. «Lily, hablábamos de la niebla, de cortar la niebla…» La niña estaba distraída: «Mira, la marioneta está alicaída; déjame colocarla bien». Lily se levantó, tiró de los hilos, la hizo cruzarse de brazos, y mirarlos a los tres con aspecto interesante. Entonces se volvió a su sitio. «Yo una vez corté la niebla con mis tijeras del cole, y me la guardé en el bolsillo. Se me mojó el abrigo, ¿te acuerdas, Robin? Te lo conté el otro día cuando leías». Robin no se acordaba. No recordaba casi nada de lo que Lily le contaba. En realidad, desde que estaba enfrascado en su última lectura, no recordaba casi nada que no tuviese que ver con eso; el resto del mundo era poco más que attrezzo.

«Sí, Lily, claro que me acuerdo». Pero lo que Robin tenía en la cabeza en ese momento era a su madre. ¡Cuántas veces se sentaba con ella en esa misma librería y le contaba las historias de sus abuelos! Unos abuelos cuyas pertenencias ahora estaban en el ático, en el mueble que le había descubierto el visitante.

«Lily, ahora tienes que jugar a un último juego. Tienes que salir de la librería y tienes que cerrar la puerta. Al volver a entrar, tienes que encontrar a tu padre», dijo de pronto el visitante. «¡Qué fácil!», respondió la niña.

Mientras Lily salía, Robin se quedó mirando fijamente a su acompañante y vio como este se parecía cada vez más a él: su ropa cambiaba y su cara y su pelo se volvían idénticos a los suyos, y como la marioneta también se volvía idéntica a los dos. De pronto, también el ama de llaves era uno más de ellos, y ya eran cuatro personas que parecían Robin en aquella biblioteca. Se levantó confuso e intentó zarandear a sus copias; pero no pudo, se comportaban como él, reían como él, y sus copas ahora estaban también llenas de vodka. Habían desaparecido los resquicios de identidad propia que pudiesen darle alguna pista a su hija para identificarlo. Intentó coger su libro pero se dio cuenta de que, al hacerlo, los otros tenían una copia como la suya. Repitió para sí mismo uno de los párrafos:

«Nada cambia en realidad cuando se conoce a otro, nada ocurre en realidad cuando no se conoce a otro»

«El tiempo que encierra cada fracción de tiempo solo sucede en la memoria del que mira. Nada cambia en realidad cuando se conoce a otro, nada ocurre en realidad cuando no se conoce a otro. Nada ocurre nunca en esa fracción de tiempo, en esa acción, en la memoria del que es observado El que mira es el que desciende hacia el infierno de lo desconocido con la seguridad de quien nunca aprenderá nada». Mientras lo pensaba, escuchaba las palabras repetidas en alto por los otros tres. Había perdido por completo su propia identidad.

Lily abrió la puerta de la biblioteca, los miró alternativamente a los cuatro, y rio a carcajadas. «¡Mascaritas!» Siguió riendo a carcajadas. Al cabo de un rato, dubitativa, corrió a los brazos de una de las tres copias de Robin. «¡Muy bien, cariño!», dijo uno de los dobles de Robin mientras la abrazaba con ternura. Robin y los otros dos lloraron y se desvanecieron.

Robin apareció en la calle, con una niebla muy densa y unas tijeras en la mano. No podía moverse, así que empezó a cortarla, de pronto tenía una lasca de niebla en la mano. La introdujo en el bolsillo y sintió la humedad que atravesaba la tela. Frente a él, un timbre y el número 31 de la calle Wolfgang Wagner. Decidió tocar. Apareció un hombre parecido a él y su preciosa niña.

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