Siete segundos

Incluido en el libro de relatos 'Cuentos gozosos', que verá la luz próximamente

Rosario ValcárcelSu nacimiento en Las Canteras influyó en su primer libro ‘La Peña de la Vieja y otros relatos’ (2006, 2014) homenaje al mar de la infancia, a la evocación y la memoria. Ha publicado la trilogía de relatos eróticos ‘Del amor y las pasiones’, ‘El séptimo cielo’ (2007, 2013) y ‘Sexo, corazón y vida’ (Anroart, 2010, 2013), el poemario ‘Las Máscaras de Afrodita’ (Idea, 2009) —también en versión bilingüe alemán-español ‘Die Masken Aphrodites’ (Nace, 2011, 2014)—, el libro de poemas ‘Himno a la vida’ (Nace, 2015) —premio Domingo Acosta Pérez— y también en versión rumano-español y bilingüe español-alemán, ‘Hymne an das Leben’ (Words for Words’, 2016 y, la novela ‘Moby Dick en Las Canteras Beach’ (Anroart, 2012, 2015) —traducida al francés y publicado en Francia como ‘Moby Dick aux Canaries’ (Harmattan, 2015). Ha participado en antologías de relatos y poemarios que han sido publicados en Berlín. Algunos de ellos han sido premiados, como el relato ambientado en África ‘En busca del sueño’ y el poema dedicado al vino ‘Bienaventurado’. Su literatura se nutre del amor y del deseo, la caducidad del tiempo, la fugacidad de la vida. Ha participado en antologías, realiza prólogos, presentaciones de libros, lecturas y críticas de arte. Colabora en periódicos de papel y digitales en las Islas y fuera de ellas.

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En este silencio amargo, decidí perdonar
los errores que pueden hacerse de amar demasiado

—Jet´aime

 

Fue una reconciliación tras un año y pico de tratar de ignorarnos con forcejeos y olvidos, con desviación de las miradas cuando nos encontrábamos por la calle.

Era algo superior a nuestras fuerzas. Un día nos tropezamos por la playa y me propuso vernos alguna vez:

— Tenía muchas ganas de verte. Quiero hablar contigo de algo importante, hablar en algún lugar donde podamos estar a solas: ¿Quieres? Un amigo mío nos puede prestar un piso.

Y sin esperar respuesta alzó la mano y juró con una suave sonrisa que no me había podido olvidar. Yo, imaginándome que aún lo odiaba, con la cabeza gacha y los ojos entrecerrados, abatida, por los supuestos rencores e injusticias, me negué pero él insistía procurando ser cariñoso, tierno.

Nuestra separación le había dejado un poco tocado, y quizás por eso quería escribir un nuevo principio en nuestras vidas. Necesitaba otro encuentro, hechizarme, hacerme andar por la cuerda floja. Hacía de mí lo que quería.

— Ni que me lo pidas de rodillas, no voy a ceder, no voy a ir por nada del mundo, le dije con desesperación. Has matado el amor que una vez sentí por ti.

Rafa continuaba jurando y perjurando. Puso al cielo por testigo que era otro hombre y entre bromas e insinuaciones me recordaba las veces que lo hicimos en el coche, en la playa… Hablaba y hablaba, el olor de su piel y el aroma afrutado de su chicle de menta me aturdía. Cada palabra suya provocaba un suspiro mío. Me ahogaba.

«me soltó el discurso sobre sus objetivos y deseos, sobre sus desvaríos, sobre el misterio de la vida y la inmortalidad.»

— ¡Llegamos incluso a hacerlo a escondidas en un zaguán! ¿Recuerdas? Ese era nuestro único deseo: el placer, el placer de la sexualidad.

Seguía con su monólogo y me soltó el discurso sobre sus objetivos y deseos, sobre sus desvaríos, sobre el misterio de la vida y la inmortalidad.

— El tiempo corre tan veloz que debemos atraparlo, gozarlo, porque es solo un préstamo que nos han cedido, tendremos que devolverlo con la muerte.

Dejaba y  dejaba escapar pensamientos:

— ¡Oigo las trompetas, el Juicio Final, los cuatro Jinetes, acción, carreras, persecuciones por doquier! Creo que el día de la Apocalipsis se aproxima. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Con su palabrerío logró que me riera, que me riera a carcajadas y cayera rendida ante sus palabras. Llevaba meses imaginando todas las cosas que le iba a decir el día que volviéramos a estar juntos, pero ahora que, de nuevo, estaba al lado mío, un aleteo de deseo se removía en mis entrañas. Intenté decir algo, se me hizo un nudo en la garganta y no pude exponer aquel discurso mordaz que tanto tiempo estuve preparando.

En el fondo, sabía que pretendía engañarme, pero me pasaba igual que a Catulo con Lesbia, yo tampoco podía evitarlo, estaba presa de la intensidad de sus sentimientos. No podía luchar. Algunas veces era amor, otras era odio, que me arrastraba, latía y respiraba. ¡Qué importaba, ambos proceden del mismo corazón!

Nos bastaba con mirarnos para excitarnos.

— Entonces ¿me quieres? —Dijo vehemente.

«Su locuacidad y su cercanía me absorbían. Yo sabía que me quería y no me quería»

Su locuacidad y su cercanía me absorbían. Yo sabía que me quería y no me quería. Me pidió que lo abrazara, que lo abrazara fuerte con los dos brazos, con el cuerpo, con el alma. Había esperado aquel momento con un deseo no inferior al de él y las lágrimas asomaron.

— Eso no te compromete.

Aquella tarde lo abracé como si hubiese estado años sin sentir su contacto físico, tratando de no temblar cuando, con cara de buena persona, rodeó mi cintura con sus dos manos, y sentí su carne rígida y dura.

Entonces inquieta, igual que si hubiese cometido un delito, me planteé preguntas, conflictos, quise hacer planes para el futuro. Dudé de todo. Llegué a una conclusión: No quería seguir sobreviviendo sin su cercanía.

Y mientras caminaba resuelto, a zancadas, me hizo confidencias, promesas y juramentos. Yo, a su lado, lo observaba con recelo, lo seguía a ciegas, me precipitaba en la trampa. Finalmente terminamos en el piso de su amigo.

— Todavía te gusto, ¿verdad? No te alejes de mí. Te adoro.

— Sí, me gustas, me gustas mucho.

Después con esa alegría mía, impulsiva, sentí ganas de hablar sin palabras, de devorarlo. Extrañaba nuestro diálogo animal, ese lenguaje casi cruel sin una pequeña manifestación de ternura. Deseaba que nuestros respectivos cuerpos se encontraran, que chupeteara mis pechos respingones, que saqueara mi sexo, me mirara y me abrazara sin decir una sola palabra. Mi vagina húmeda le esperaba.

Y ni corta ni perezosa vendí mi alma al diablo.

«Los gemidos y los susurros sexuales de la famosa actriz Brigitte Bardot y Serge Gainsbourg parecían reales. Yo palpitaba de deseo»

En un santiamén me desnudé y salté al vació, me arrojé al sofá donde él estaba sentado, jubiloso. Sonaba una vieja canción, Je t’aime…. moi non plus. Le dije que me gustaba, que sabía cantarla, pero eso a él no le interesó: Oh amor mío / Tú eres la ola, yo la isla desnuda / vas y vienes / entre mis caderas /vas y vienes… 

Los gemidos y los susurros sexuales de la famosa actriz Brigitte Bardot y Serge Gainsbourg parecían reales. Yo palpitaba de deseo. Ellos seguían tatareando en voz baja, masturbándose.

Presa de la excitación, e igual que un animal en celo, lo besé apasionadamente. Y como un ave sin alas mi cuerpo serpenteó sobre su cuerpo, buscó la piel debajo de su ropa, por debajo de nuestro traqueteo, por debajo de la música.

Me penetró hasta lo más hondo, me abrazó durante unos segundos y gimió tan fuerte como no recuerdo haberlo oído jamás, parecía un animal moribundo. Lo peor fue que, antes de que yo llegara a esa sensación plena de placer, él ya había vertido su ardiente savia. Sorprendido, superado por los acontecimientos, se echó a un lado y con una mirada angustiada dijo:

— Lo siento, Elisa, lo siento.

Después permaneció unos minutos inmóvil, como si hubiese exhalado el último suspiro.

Fue el coito más corto de mi vida.

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