La espera

Sasa sosa

Sasa Sosa (Gáldar, 1969) es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación. A los 40 años, después de una conferencia de Escohotado, sospechó que se había equivocado de carrera. Ahora no tiene ninguna duda. Fue finalista del Primer Certamen Literario de Montserrat 2016, con la consiguiente publicación de la obra, ‘Los disfraces de Celia’, en una antología. Es miembro de la asociación de escritores Palabra y Verso. También cuenta con un blog personal, Sasa Sosa, Cuentista Impenitente.

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Siete hileras de cinco asientos y ninguno libre. Al fondo, huidos o exiliados, dos asientos pegados a la pared. Uno de ellos está desocupado. En el otro, hay una chica que lee un libro. La escena se desarrolla en una administración del Estado a la que acuden los ciudadanos para arreglar  papeles importantes, importantísimos. Por eso, la sala de espera siempre está abarrotada.

Treinta y cinco diálogos paralelos. Treinta y cinco conversaciones simultáneas en un espacio reducidísimo… y no se oye una palabra. Móviles remotos conversan con los de esta sala, cada uno utilizando a su acarreador, que se siente legitimado por una factura galáctica que más le valdría ocultar en lugar de exhibir como un papagayo en celo. Setenta manos moviéndose por teclados que soportan todas las conversaciones del mundo, todas las palabras, todas las posibilidades, todas las quejas, reproches, solicitudes, declaraciones, mentiras, intenciones… Al fondo de la sala, la chica rompe la serena uniformidad de este mundo.

No se oye una palabra, pero en el aire hay un runrún que no cesa. Pitos, zumbidos y alarmas que convierten la sala en un avispero, avisan de que al otro lado alguien ha dicho algo, se ha reído, ha llorado, se ha enfadado, ha hecho una tontería o ha soltado un emoticono.

«las setenta manos van desacelerándose, según aumenta el interés hacia la chica que lee»

La chica sigue leyendo. Está tan inmersa en la lectura que no se da cuenta de que los demás empiezan a volver la cabeza para mirarla; primero disimuladamente y luego con descaro, con la clara intención de que ella se dé cuenta. Pero la chica sigue leyendo y no se entera de nada. Poco a poco, las setenta manos van desacelerándose, según aumenta el interés hacia la chica que lee. Un murmullo peculiar sustituye al zumbido digital, los cuerpos se revuelven nerviosos en las sillas y empiezan a oírse las primeras voces humanas.

Una señora con un móvil rojo a juego con los zapatos, le dice a su compañero de fila: –¡Es una vergüenza lo que está haciendo esta chica! ¿No le parece? 

El hombre, ancho, con barba poblada y un móvil anticuado, le responde: –La juventud ya se sabe, no respetan nada. 

Interviene entonces una señora mayor que juega con su tablet a atrapar huidizos círculos de colores. –En mis tiempos estas cosas no pasaban. A mí me enseñaron a respetar a los demás, pero ahora todo el mundo hace lo que le da la gana –y señala con la cabeza el fondo de la sala, donde la chica que lee sigue sin enterarse de nada.

–¡Yo no puedo más! –Dice un chico joven con un móvil de 300 euros que acaba de enviar un emoticono enfadado a su grupo del WhatsApp.

–Pues vamos a tener que hacer algo, digo yo. ¿Es que vamos a dejar que una mocosa se ría de nosotros en nuestra cara? –Increpa un militar dándose la vuelta y apuntando con el móvil a través de una mirilla invisible a la chica que lee.

«Lo que al principio fue murmullo se convierte por contagio en abierta discusión»

Lo que al principio fue murmullo se convierte por contagio en abierta discusión. Todos hablan al mismo tiempo, todos quieren expresar sus quejas y resulta difícil guardar la compostura. En ese momento, la chica que lee cierra el libro y se produce un silencio súbito. Se levanta y le pregunta al funcionario de seguridad dónde está el cuarto de baño.

Con la chica fuera de escena, se decide celebrar una asamblea de urgencia para afrontar la situación de una forma coordinada. Para ello, resuelven nombrar un portavoz que comunique debidamente a la chica sus quejas y requerimientos. Escogen a un abogado con un móvil de 620 euros que les transmite mucha confianza. Ambos aceptan el improvisado caso. Después de una breve puesta en común, se concretan los términos de la demanda que se hará llegar a la encauzada. En ese momento, la chica que lee sale del cuarto de baño. Se sienta y abre el libro. Antes de que pueda terminar una frase tiene plantado a su lado al abogado, que la increpa a viva voz de este modo:

–Disculpe, señorita. Sepa que hablo en nombre de todos y que no me mueve más que la salvaguarda del interés común. Nos preocupa su actitud y su descaro al atreverse a leer un libro en medio de un grupo de personas totalmente entregadas al ejercicio de las nuevas tecnologías. Somos comprensivos, sabemos que aún hay personas de gustos, digamos, arcaicos; pero le solicitamos que guarde el debido recato en lugares públicos. ¡Lea usted en casa todo lo que quiera! pero, por favor, en la calle respete usted el sentir mayoritario.

«La situación es cada vez más tensa; todos hablan al mismo tiempo»

Dicho esto, se da la vuelta y regresa a su asiento regalando a los satisfechos congregados sonrisas y gestos cómplices. Todo el mundo espera que la chica que lee deje de hacerlo, guarde el maldito libro, saque un móvil y restablezca la normalidad requerida. Pero la chica vuelve a bajar la cabeza y sigue leyendo como si no pasara nada.

–Pero bueno, ¿es que no tienes educación, tía? –grita una adolescente de móvil descomunal y pantalón mínimo. –Ya sabía yo que la lectura no trae nada bueno.

–Mira, mocosa –increpa la señora del móvil rojo– hemos aguantado lo que hemos podido porque, al contrario que tú, somos gente educada. Pero, o guardas ahora mismo ese librito, o no respondemos.

–¡Lo mismo digo! –interviene el militar– No seas majadera y atente a razones, que nos estás dando el día.

«la chica que lee sigue leyendo, inmersa en un mundo paralelo, en una posibilidad disruptiva»

La chica que lee está atónita, los mira a todos como si se hubieran vuelto locos y hasta creo que se pellizca un brazo. La situación es cada vez más tensa; todos hablan al mismo tiempo, hasta que el barullo atrae la atención del funcionario de seguridad, que los llama a todos al orden.

–¡Señoras y señores! –dice como presentando un espectáculo– hagan el favor de calmarse. Aunque entiendo sus reclamaciones, no podemos hacer nada. La chica tiene libertad para hacer lo que quiera, incluso leer un libro. Nos guste o no, está en su derecho. Dicho esto se da la vuelta para sacar de su bolsillo el móvil que lo increpa con una musiquilla insoportable; seguramente una llamada de vital importancia.

A regañadientes, todos vuelven a sentarse y, después de unos minutos de murmullos y miradas recelosas al fondo, se restablece el silencio humano en la sala. Las setenta manos regresan a las pantallas, ávidas seguramente de relatar el acontecimiento a los móviles remotos que esperan impacientes al otro lado. Silencio, absoluto abandono a la causa digital. Mientras tanto, la chica que lee sigue leyendo, inmersa en un mundo paralelo, en una posibilidad disruptiva.

Poco a poco, la sala se va vaciando. Uno tras otro van saliendo los móviles y sus porteadores; uno tras otro van desfilando con sus papeles cuñados y sus asuntos resueltos. Hasta que le toca el turno a la chica que lee, que, absorta como está en la lectura, no oye su nombre y pierde el turno.

–Son las 13:30, señorita. Tendrá que volver mañana –le informa el funcionario de seguridad. Yo diría que sonríe.

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