El prodigio más ajeno

Noel Olivares

Noel Olivares (Las Palmas de Gran Canaria, 1954) ha publicado verso y prosa con títulos como ‘Mandolina’ (Maná, Berlín, 1992), ‘Favor del cielo y comidilla de difuntos’ (El árbol de Poe, Málaga, 1996), ‘Cráneo o flor’ (El Gato Gris, Valladolid, 2000), ‘Rasgos epigramáticos’ (Casa de Cultura de Lekunberri, Navarra, 2004) y  Tiranía del gozo (Al-Harafish, LPGC 2006). Es autor de ‘Prosas porosas’  (Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2010) y  ‘El tapiz estelar (Aforismos para las cuatro estaciones)’ (Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2011),  ‘Fruto furioso’ (edición personal, Las Palmas de Gran Canaria, 2014) e ‘Historias monumentales’ (Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2014). Su último libro publicado es ‘Muertes de poeta’ (Aurora Boreal, Copenhague, 2017, edición digital).

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Soy un hombre sentado que espera pacientemente la muerte. Mi estado natural es permanecer sobre alguna butaca o sofá y a veces termino por reclinarme con un libro en el regazo (siempre el mismo). Acaricio los lomos gastados, de tarde en tarde, cuando no duermo —cosa que me está  prohibida, salvo en determinadas ocasiones— porque ya no puedo leer. Lo he releído tantas veces que acabé aprendiéndolo de memoria.

No es un libro famoso. Se titula Viajes al extremo de mí mismo. Tiene las tapas verdes, una soberbia encuadernación y es mi único objeto de placer (y de tormento). Con él paso la mayor parte del tiempo, a mi diestra. Lo contemplo, busco mentalmente tal frase en cual página, línea equis y allí está. Conozco la distribución de cada hoja, la longitud de cada párrafo, es una familiaridad casi perfecta la que existe entre él y yo. Y debido a tales circunstancias —el libro me fue concedido al cumplir la mayoría de edad—, comprendí precozmente cuál sería mi destino. Estar sentado esperando desasosegadamente la muerte.

No recibo muchas visitas. A decir verdad, carezco de amigos. Las personas que viven como yo no salen nunca y por tanto es imposible que alguna vez hagamos amistades. Pero en las calles se oye gran agitación, es indudable que la gente anda sobre sus dos piernas, corre, grita, salta, planea, alegre, juguetonamente. Sí, ellos, tan ocupados no esperan pacientemente la muerte como yo.

¿Que cómo hago por las noches? No es tan difícil. Ya el sueño no se me acerca, me respeta por inercia y porque con duro y constante ejercicio he logrado vencerle. Alguna vez lo veo coqueteando alrededor de mí pero solo se sienta a mi lado y echa una cabezadita.

«Abrí la ventana del balcón  —una hermosa tarde de primavera—, el aire estaba lleno de insectos negros y gigantescos y dejé entrar uno solo de ellos»

«Soy todavía un hombre joven», pensé recientemente. «Debiera tener en casa alguien que me ayudase a soportar esta larga e inacabable tortura». Y he aquí que una tarde, impensadamente di con la solución. Abrí la ventana del balcón  —una hermosa tarde de primavera—, el aire estaba lleno de insectos negros y gigantescos y dejé entrar uno solo de ellos. El más hermoso, me pareció. Era una hembra de enormes proporciones: grandes alas y firmes antenas, que me observó curiosa y penetró encantada en mi recinto calurosamente acogedor.

«¡Pobrecilla!», me dije al principio, «no imagina que aquí está su prisión». Yo la vi entrar, cerré apresuradamente la ventana, despachurrando con ello a su intrépido acompañante -sin que me fuera dado evitarlo- y quedé apenado porque el insecto-hembra desapareció de mi vista.

Comprendí que era una situación nueva —para ella tanto como para mí— y debíamos esperar a conocernos mejor y adaptarnos el uno al otro. Muy pronto, ya avanzada la noche y mientras andaba sumergido en el más profundo letargo, creí distinguir un batir de alas en la habitación. Supe que había recobrado a mi amiga, que pronto se establecería entre nosotros una relación de dependencia y que finalmente rompería el asfixiante círculo de soledad en que me hallaba envuelto. Pero contra todas mis expectativas, su contemplación me pareció resueltamente espeluznante. Era poco menos que monstruosa y su chirrido resultaba estrepitoso, su golpeteo enfebrecido alrededor de la lámpara del techo no menos que aterrador. ¿Era ése el pequeño animalito que yo había dejado entrar aquella misma tarde movido por los más tiernos y bellos sentimientos? Cuando su presencia se reveló harto repugnante comprendí el alcance de mi error. Una nueva tortura había sido añadida. Y no podría desprenderme de ella con facilidad.

Para empezar, apagué la luz de la lámpara. Reinó por completo la oscuridad pero se oía aún el bisbiseo del monstruo enloquecido golpeándose a ciegas contra la pared. Y entonces escalofrío me recorrió la espalda, atravesándome como una espada. Recordé el profundo asco que de pequeño había experimentado por las cucarachas pero aquello pululaba en torno a mí y no era una cucaracha sino algo mucho peor, algo abominable e innominado. Era un monstruo que frisaba sus élitros excitados contra las cortinas y cuya visión se me hacía absolutamente insoportable. Además, el solo hecho de imaginarlo acercándose a mi rostro, rozando mis ojos o mi boca, bastaba para llenarme de horror.

«Un día desapareció, mejor debo decir no acudió a su cita nocturna. Creo que en el fondo caí en una cierta añoranza»

Abatido por esa perturbación, esperé al día siguiente con ánimo de buscarlo y alejarlo de allí. Pero mi primera intención de expulsarlo por donde mismo había venido se reveló harto imposible. Corría el riesgo o más bien, resultaba inevitable que al abrir lo más mínimo la ventana, entraran otros antes de que éste saliese. Y la idea de exterminarlo aplastándolo, muy apropiada para el caso, no podía llevarla a cabo por mi legendaria incapacidad para los actos violentos.

Por consiguiente, tuve que convivir con ella durante largo tiempo. De día no molestaba, nunca se le notaba que anduviera por casa y solo ante la luz artificial acudía con la avidez o la torpeza de un invitado a una recepción.

Traté de adaptarme a mi nuevo huésped, cosa por completo imposible. Tenía que salir siempre de mi habitación mientras ella se calmaba y terminaba quieta en un rincón, quieta y callada finalmente, invisible entre las sombras. Pero yo sabía que permanecía allí y este conocimiento era doblemente ominoso.

Me atacó en algunas ocasiones, casi como un juego y yo pataleé furioso y agité los brazos sacudiéndome de encima su repulsiva presencia, mientras se me helaba la sangre en la cavidad del grito. Me hallaba desesperado. Un día desapareció, mejor debo decir no acudió a su cita nocturna. Creo que en el fondo caí en una cierta añoranza. Casi una semana después, la encontré debajo de mi almohada, seco ya y comprimido su gran abdomen —cadáver aborrecible— con el que había dormido varias noches seguidas, justo a la altura de mi frente.

Pero entonces algo cambió repentinamente. Dejé de estar sentado, bajé a la calle y contemplé una mañana radiante. El aire embalsamaba las hojas de otoño bajo un sol antiguo. Los edificios espejeaban, parpadeaban y relucían con ese dorado tono místico del viento de octubre y yo corrí lo más aprisa que pude, no sé cómo, sin volver la cabeza.

Madrid, octubre 1992

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