Y una mujer inventó el terror

Se cumplen doscientos años del nacimiento de 'Frankenstein'.

Miguel Aguerralde

Miguel Aguerralde (Madrid, 1978) nació a tiempo para ver declinar la década de los setenta y pasó las dos siguientes buceando en lecturas, series y cine negro y de terror de todas las épocas. Fascinado por el misterio y por zambullir al lector en truculentos bosques de emociones, compagina su labor docente con la escritura de inquietantes cuentos y novelas de suspense. Criado y crecido en Las Palmas de Gran Canaria, escenario habitual de sus historias, actualmente reside en Playa Blanca, Lanzarote, donde da clase en un colegio de Primaria. Ha participado en un buen número de antologías de relatos y publicado hasta la fecha una docena de novelas con editoriales tanto canarias como peninsulares. Algunas de las más conocidas son ‘Claro de Luna’, ‘Noctámbulo’, ‘Caminarán sobre la tierra’, ‘El fabricante de muñecas’ o ‘Laberinto’. En 2016 exploró por primera vez la novela romántica con ‘La chica que oía canciones de Kurt Cobain’ y regresó con éxito al thriller noir con ‘Alicia’, su primera colaboración con la editorial Cazador de Ratas.

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Se suele atribuir al afamado maestro de lo oscuro H.P. Lovecraft la sentencia que asegura que el miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad. Yo no lo voy a dudar. Siglos de leyendas, tradiciones, literatura y cine han explotado el miedo de un modo quizá excesivo, así que algo tendrá el terror cuando lo bendicen. Lo que sí tengo claro es que, en literatura al menos, terror no debe ser ni es sinónimo de simples sustos ni de efectos de artificio. La literatura de terror debe ser mucho más que la onomatopeya, el golpe inesperado y el chorro de sangre. La literatura de terror, si pretende ser buena, debería emocionar, primero, para poder llegar a estremecer, a inquietar y a resultar inolvidable como objetivo final.

Quizá por eso algunos de los personajes de la literatura oscura han trascendido el momento germinal de sus novelas, han viajado más allá de su tiempo y de su contexto, dejando incluso en el camino a su propio autor. Los buenos personajes de terror, y el conde Drácula es un buen ejemplo de ello, siguen y seguirán vigentes aunque arda hasta el último de los ejemplares de las novelas que los vieron nacer. Seguirán vigentes como personajes atemporales dentro de un género eterno.

Todo el cine y la televisión actuales que transitan por el reino del terror son producto o consecuencia de la literatura gótica surgida durante el siglo XIX. Un momento en el que diferentes autores afrontan el cambio de era, el paso de lo tradicional y rural a lo humanista e industrial, como un salto adelante en el devenir del hombre. Se busca personificar y dotar de referentes mundanos al universo etéreo e intangible de esas leyendas, mitos y tradiciones, especialmente las centroeuropeas, que mantenían al ser humano apegado a la ignorancia, al pasado, a lo no real. Que lo oprimían en un cuerpo de creencias fuera de toda razón.

Así, estos autores retoman los cimientos supersticiosos del terror y los reescriben acercándolos al mundo tangible, a la siempre discutida ciencia, a los progresos mecánicos y a los avances de la ingeniería. Tienen importancia capital en nuestro relato los experimentos de Erasmo Darwin para intentar animar mediante descargas eléctrica partes de un cuerpo muerto. 

«De esta manera se explica la profusión de científicos peligrosos, desde el Hombre Invisible al Doctor Jekyll o el capitán Nemo»

De esta manera se explica la profusión de científicos peligrosos, desde el Hombre Invisible al Doctor Jekyll o el capitán Nemo. Tenemos a un conde rumano anclado, qué remedio, en la era medieval, que decide cruzar Europa y conocer en Londres lo que le puede ofrecer el nuevo orden del mundo. Y hay también, por supuesto, entre otros muchos pero como epítome de todos ellos, el caso de un doctor de apellido impronunciable que experimentará con retales de cadáveres la forma de devolver el tejido muerto a la vida. 

El moderno Prometeo es la novela que comprende y da sentido a todas las tentativas anteriores, contemporáneas e incluso posteriores de integrar la fantasía oscura en la cotidianidad. Es la obra culmen de un tiempo marcado por la revolución del ser humano contra la naturaleza, por su esfuerzo por ordenar y dominar lo que hasta entonces no comprendía. Frankenstein es la novela que sienta la base del terror moderno, del libro de miedo que trasciende su género, la literatura total.

Aquel verano que no existió, el de 1816, y la Villa Diodati propiedad del poeta inglés Lord Byron, marcan el minuto cero del género de terror actual. El aburrido retiro estival de un grupo de amigos que, ante la imposibilidad de salir de la casona por el temporal que está cayendo sobre el lago Leman, dedican las noches a charlar y a contarse cuentos de miedo. Una de esas veladas cambiará la literatura de ficción para siempre.

Se reúnen junto al fuego el anfitrión, su médico personal, John Polidori, el celebrado escritor y poeta Percy Shelley y su esposa, la jovencísima Mary Wollstonecraft. Después de varios días compartiendo cuentos tradicionales alemanes, la fanfarronada de Lord Byron pasará a la historia: ¿quién de nosotros será capaz de inventar la historia más terrorífica jamás escrita?

«la segunda de estas novelas que nacen en la reunión a orillas del Leman, y que con el tiempo eclipsará no sólo a quienes acompañaban a su autora sino a toda la literatura victoriana»

Cuenta la leyenda que los aburridos tertulianos, hartos del encierro, se toman el desafío con buena disposición, si bien todos y cada uno de ellos sabe que tanto Byron como Shelley cuentan con una ventaja inicial, y es que ni Polidori ni la casi adolescente Mary, aunque ambos acostumbrados a moverse en círculos intelectuales, han escrito nada en toda su vida. Y sin embargo, de esa afortunada reunión surgen dos textos capitales que comienzan a edificar el castillo, gótico por supuesto, de la literatura moderna de terror. El primero es El Vampiro, del propio John Polidori y que tendrá una trascendencia crucial para que muchas décadas después el irlandés Bram Stoker perfile la obra cumbre de la literatura vampírica, su legendario Drácula. Pero la segunda de estas novelas que nacen en la reunión a orillas del Leman, y que con el tiempo eclipsará no sólo a quienes acompañaban a su autora sino a toda la literatura victoriana, la escribe la persona de quien menos se esperaba, una jovencísima Mary Shelley que años después confesaría haber recibido la idea para escribirla a través de un sueño.

Frankenstein o el moderno Prometeo fue publicada sin firma el primero de enero de 1818, después de un año y medio de trabajo, revisión y búsqueda de editorial, y prácticamente rompió todos los registros desde el día de su estreno. Una novela que revolucionará el terror, como ya se ha dicho, al dotarlo de un contexto, una erudición y una profundidad que elevan la novela, que la hacen crecer por encima de los límites de un género, el terrorífico, hasta entonces asociado a los cuentos tradicionales de la Europa profunda. El terror al servicio del hombre, y no al revés. El amor, la mente humana y la moral, sujetos al caos del horror que azota al ser humano. 

Frankenstein, cuya leyenda fue magnificada pero también retorcida y enturbiada por el cine casi desde sus inicios, encumbró a su autora como referente literario hoy más reconocida que nunca. Una mujer valiente, por encima de su tiempo, que supo aunar ciencia y tradición, razón e instinto, para crear una leyenda inmortal y un personaje capital en la literatura, todo un mito universal. Esa criatura o engendro, ya que nunca le da nombre, tan monstruoso y tan humano al mismo tiempo. Tan terroríficamente perfecto.

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