Escritor de terror, escritor de tantas cosas

Miguel Aguerralde

Miguel Aguerralde (Madrid, 1978) nació a tiempo para ver declinar la década de los setenta y pasó las dos siguientes buceando en lecturas, series y cine negro y de terror de todas las épocas. Fascinado por el misterio y por zambullir al lector en truculentos bosques de emociones, compagina su labor docente con la escritura de inquietantes cuentos y novelas de suspense. Criado y crecido en Las Palmas de Gran Canaria, escenario habitual de sus historias, actualmente reside en Playa Blanca, Lanzarote, donde da clase en un colegio de Primaria. Ha participado en un buen número de antologías de relatos y publicado hasta la fecha una docena de novelas con editoriales tanto canarias como peninsulares. Algunas de las más conocidas son ‘Claro de Luna’, ‘Noctámbulo’, ‘Caminarán sobre la tierra’, ‘El fabricante de muñecas’ o ‘Laberinto’. En 2016 exploró por primera vez la novela romántica con ‘La chica que oía canciones de Kurt Cobain’ y regresó con éxito al thriller noir con ‘Alicia’, su primera colaboración con la editorial Cazador de Ratas.

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He pasado la mitad de mi vida sentado delante de un teclado. Cerca de veinte años dedicado a inquietar, a estremecer o, para explicarlo con exactitud, a intrigar y solicitar la complicidad del lector para resolver un crimen, un misterio, un acertijo.

Durante la última década he recibido el apoyo de diversos editores para publicar doce novelas y dos antologías de relatos y es la última de ellas, Himeko y otros cuentos lúgubres, editada este mes por Cazador, la primera ocasión en la que estoy conforme con afirmar que he escrito un libro de terror. Y sin embargo, el mismo adhesivo ha acompañado mi nombre casi desde el primer día: Miguel Aguerralde, escritor de terror.

Por supuesto no es cierto y desde luego me ha cerrado algunas puertas. Sin embargo, me pregunto, ser considerado escritor de terror, ¿debería ser acaso algo malo?

Pretendo analizar en este artículo la sutil diferencia y los puntos de unión entre la novela negra y el terror actual, tal y cómo yo lo imagino. ¿Me acompañan?

Mi experiencia

Cada uno de mis trabajos ha partido de la misma premisa: el crimen. El planteamiento de un enigma de sangre que los personajes implicados se ven en la tesitura de tener que resolver sin perder la vida. Este no es sino el patrón de cualquier novela negra, del policíaco de manual, aunque he de reconocer que he disfrutado aderezándolo en cada ocasión con más o menos elementos de suspense, de tensión o, por qué no reconocerlo, de algún que otro susto intercalado.

No me considero escritor de terror, esa es la verdad. Al menos, no de terror puro. Pero tampoco puedo decir que me dedique a un género negro meramente policial o aséptico. No, en mis novelas los eventuales detectives sufren y los lectores lo hacen, si tengo el día, tanto como ellos. Pero esto es debido a que no concibo el género de terror como algo que deba ir separado o al margen de la literatura negra o de intriga.

Por supuesto hay extremos y también muchos matices. Entonces, ¿dónde colocar la línea que divida lo uno de lo otro? ¿Cómo explicar la evolución del género negro hacia un terror policíaco?

En alguna ocasión me han pedido que me defina, que explique en qué casilla del tablero me sitúo yo como escritor, y a menudo mi respuesta resulta ambigua o poco concreta. Y es que, para mí, el escritor de terror ¡es escritor de tantas cosas!

Para empezar: la curiosidad

Leí en alguna parte que la curiosidad es el motor que movió al hombre a salir de la cueva y desenvolverse en el mundo. Yo, desde luego, no sé si lo llamaría motor, emoción o sentimiento, pero coincido en que sin curiosidad, sin ganas de conocer, los seres humanos hubiéramos avanzado a ritmo de casualidades, lo cual, la verdad, no resulta un pensamiento demasiado alentador.

«Sin curiosidad no abrimos las puertas cerradas, no respondemos a esa llamada inesperada ni subimos la escalera hacia el desván para averiguar qué es ese extraño ruido»

Sin curiosidad no abrimos las puertas cerradas, no respondemos a esa llamada inesperada ni subimos la escalera hacia el desván para averiguar qué es ese extraño ruido que se repite y no nos deja dormir. Ese condicional maldito, qué pasaría si, es a mi juicio la base de la literatura negra, me atrevería a decir que de toda ficción.

La trama detectivesca nace como expresión máxima de la necesidad del ser humano por averiguar. Los grandes nombres de este género dieron forma a la figura del investigador clásico como respuesta al morbo delicioso de estimular la curiosidad del lector y, años después, del espectador. Porque, ¿quién mató a Laura Palmer? ¿Quién asesinó a las mujeres del piso de la calle Morgue, si la puerta y las ventanas estaban cerradas por dentro?

La necesidad de saber la verdad. Un hombre sospecha que su esposa le engaña y contrata a Sam Spade para que busque respuestas. Una mujer muere envenenada durante un crucero por el Nilo y Hércules Poirot no descansará hasta dar con el culpable. Si un juicio presenta demasiadas dudas razonables, tenga por seguro que abogados, forenses, detectives y hasta periodistas querrán ser los primeros en averiguar la verdad.

Este ansia por conocer es el motor de la novela de misterio y es lo primero que un escritor de género debe ser capaz de crear. Pero, ¿se diferencia demasiado del leit motiv de una novela de terror?

El meollo de la cuestión: el crimen

El crimen es el nexo de unión entre géneros, entre hilos argumentales en apariencia distantes, y las más de las veces ocupa el centro narrativo tanto de la novela negra como de la de terror.

Imaginen un cuerpo sin vida encontrado en el suelo con signos de violencia. En torno a este descubrimiento, un autor policiaco podría tejer una red de conspiraciones políticas, económicas y criminales, quizá clasistas, y dar pie a una grandiosa novela de intriga. Ian Flemming o John le Carré podrían parir una trama potente de espionaje y acción a raudales. James Ellroy o Vázquez Montalbán nos llevarían de la mano en un recorrido por los suburbios más turbios y desaconsejables de una ciudad en blanco y negro, interrogando a matones sin escrúpulos a golpe de revólver. Sin embargo, quizá Stephen King, Clive Barker o Dean Koontz encontrarían en este cadáver el modo de ponernos los pelos de punta con argumentos estremecedores, y su manera de resolver el misterio sería, cuando menos, bastante creativa.

El género oscuro: de Dashiell Hammett a Stephen King

Se suele establecer el momento álgido de la novela negra en los últimos años treinta y la década de los cuarenta, cuando Dashiell Hammett y Raymond Chandler convirtieron el género en referente cultural. A través de sus respectivas creaciones, Sam Spade y Phillip Marlowe, popularizaron las historias de detectives combinando elementos policíacos con decadentes atmósferas saturadas de corrupción y pesimismo.

«El género negro fue configurado como un retrato duro, cínico y fatal. Retrato también de la injusticia, del ansia de poder, de la mentira, del crimen a sangre fría»

El género negro fue configurado como un retrato duro, cínico y fatal. Retrato también de la injusticia, del ansia de poder, de la mentira, del crimen a sangre fría, y dio cabida al crimen organizado, al antihéroe y a la mujer fatal, estereotipos que entremezclaban el bien con el mal con poco respeto o interés por lo moralmente correcto. Policía, periodista o maleante, el protagonista de una novela negra sólo sabe a ciencia cierta que antes o después le van a cruzar la cara.

Hablando en términos cronológicos, al mismo tiempo que la novela negra más clásica gozaba de este indudable esplendor, latía bajo la superficie un subgénero a menudo denostado y no siempre reconocido, desarrollado por autores casi considerados de segunda fila, el nuevo terror o terror social. Estos escritores, sin terminar de alejarse de la tradición gótica de marcados tintes sobrenaturales, se esforzaban por dotar a sus macabros relatos de una profundidad y complejidad argumentales y narrativas más cercanas a la literatura considerada seria o realista que tan buena acogida tenía en ese momento.

Son, dejándome muchos, Richard Matheson, Robert Bloch, Ira Levin, William Peter Blatty y más adelante Stephen King, los que consiguen llamar la atención del gran público y sobre todo del cine, motor de tendencias ya entonces. Soy leyenda, Psicosis, La semilla del diablo, Carrie o El exorcista abrieron las puertas a la hornada de nuevos talentos que se estaba preparando para ocupar su espacio.

En mi opinión es en ese momento, cuando el terror y el fantástico dan ese pasito que los separa de sus extremos y los acerca al realismo social, cuando la novela negra clásica crece y evoluciona en un híbrido que denominamos literatura oscura, un cajón más amplio y de límites difusos en el que el policiaco, el fantástico y el terror no sólo se dan la mano sino que se funden, se solapan y se complementan.

Por supuesto, los géneros puros o canónicos siguen vigentes y se excluyen entre sí, la novela policiaca clásica y el terror sobrenatural no desaparecen, pero es cierto que en las últimas décadas ha aparecido, alrededor del elemento criminal, un indudable espacio común en el que ambos confluyen.

«el terror moderno no es otra cosa que un giro más en la tuerca del género de misterio o suspense»

Desde mi punto de vista el terror moderno no es otra cosa que un giro más en la tuerca —nunca mejor dicho— del género de misterio o suspense. El policiaco presenta un crimen frío, cerebral, calculado y orientado hacia un objetivo, digamos, racional. La venganza, el robo, la conspiración, algo similar a un motivo que permite al lector ordenar y categorizar las artimañas del criminal y valorar sus consecuencias. El terror moderno, en cambio, parte también de un crimen pero entronca más con lo visceral, con lo irracional o lo inexplicable. El escritor de terror, en lugar de contarnos lo truculento de un crimen recién cometido, pone el foco y reposa la narración en la truculencia en sí, nos muestra en primer plano hasta qué punto el malvado criminal puede serlo. En muchos casos la separación entre policiaco y terror en la actualidad es apenas narrativa, más que argumental, y reside en la capacidad del autor para mostrarnos en el segundo lo que en el primero no queríamos ver.

La habitual clasificación que señala el elemento fantástico como diferenciador entre ambos géneros se difumina hoy en día puesto que ese sustrato irreal ha dejado de ser inherente a la narración terrorífica. No hay elemento sobrenatural en Psicosis, no lo hay en El silencio de los corderos, y es sólo la narrativa en sí, la forma de afrontar el relato, la que determina hasta dónde exceder el policiaco y entrar en el campo del terror.

Visto así, los dos géneros están tan íntimamente unidos que a menudo una fina línea es todo cuanto les separa. El misterio por resolver, el crimen, el investigador, el culpable, son elementos comunes que solamente saltan de una casilla a la otra en función de hasta qué punto el autor sea capaz de retorcer la historia. De hasta dónde esté dispuesto a exigir un esfuerzo a la imaginación y a los nervios de sus lectores. Tan unido va el terror al policiaco que para ese giro de uno sobre otro hemos inventado el subgénero conocido como trhiller.

«las categorías son meras etiquetas inexactas y restrictivas que solamente sirven para que los libreros decidan en que estantería colocar una novela»

En mi opinión, las categorías son meras etiquetas inexactas y restrictivas que solamente sirven para que los libreros decidan en que estantería colocar una novela y hacia dónde guiar a los lectores despistados. Sin embargo, desde la perspectiva que planteo en este artículo, lo cierto es que resulta difícil separar la novela negra del terror moderno e incluso de la ciencia ficción salvo que uno se esfuerce por hacerlo. Temáticas, lenguajes y fórmulas son hoy en día comunes en muchas de ellas y aunque queda claro que los extremos de cada subgénero pueden quedar alejados, no es menos cierto que el grueso de su producción podría colocarse en una estantería u otra sin miedo a equivocarse.

No es excepcional que en los últimos años la literatura, el cine y la televisión salten de uno a otro género y tomen lo que les interesa de cada uno de ellos. ¿Qué es Blade Runner sino una novela de Marlowe llevada a un tiempo paralelo? Resulta difícil encajar las mencionadas Psicosis o El silencio de los corderos en un único patrón, ¿pero qué me dicen de Twin Peaks, Tesis o Seven? ¿Elegirían el policiaco o el terror? Ahí radica la riqueza del thriller moderno.

Como conclusión, decía Lovecraft que el terror es un sentimiento primigenio que nos resulta reconocible a todos. Del mismo modo, esa generalidad implica que una buena historia de terror debe por fuerza incorporar a su narración elementos propios de todos los demás géneros: las relaciones personales, el amor y el desamor, el conflicto entre iguales, el corazón de la familia, los contextos históricos, las dudas y miedos inherentes al ser humano, la soledad, la muerte, la vida. El escritor de terror actual ha de saber escribir de lo suyo y de lo de todos, porque puede haber género policiaco, histórico o rosa que no toque ni siquiera de refilón el terror, pero ojo, ya lo decía Lovecraft, el terror lo alcanza todo.

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