Fina

Melania Domínguez Benítez

Melania Domínguez Benítez (Santa Brígida, 1993) fue escrita por la necesidad incontenible de su imaginación, después de que se despertara la voracidad por la lectura en los albores de la adolescencia. Actualmente finaliza sus estudios en el Grado de Lengua Española y Literaturas Hispánicas y se despide así de una etapa que le brindó la primera experiencia de intercambio literario, gracias a la invitación del círculo de escritores El Paseo de los Flamboyanes, integrado por un grupo de personas de creatividad y talento inagotables. La participación en la compañía de teatro amateur Abismo Teatro, surgida durante la estancia en el instituto, provocó el crecimiento de una pasión por dicho género que no habrá de marcharse jamás y querrá condicionar sus pasos profesionales venideros. Quiere dedicarse a la docencia y a la gestión y dinamización de la cultura local, a través del maridaje entre la pedagogía, la literatura y el arte dramático.

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Hay espacios pequeños, a veces más pequeños que una isla. También son oscuros y no corre apenas aire y el que corre es denso y abrasa y aplasta y todo se estrecha cada vez más.

Por eso Fina, Delfina para su madre, salió desnuda a la calle cuando murió Paco, Paco El Putero, porque ya no quería tener más calor y se cubrió sólo la espalda y el pecho con el mantón de hilo negro de flores rojas bordadas que le regaló su hermana estando todavía soltera.

Por eso se detuvo debajo del balcón de su suegra y se estremeció de una risa violenta desprendida en una carcajada aguda y profunda, como un quejido metálico. Le gritó que era una hija de la grandísima puta, una puta asquerosa, puta, siempre, porque no quería permanecer más adentro. Y Lola salió medio desplomándose encima de la balaustrada blanca que fregaba cinco veces por semana, no vaya a ser que nadie dijera que era una guarra, y allí permaneció clavada, incapaz de abrir la boca. No pensó jamás ver a su nuera, tan santa, tan callada, tan dispuesta, desnuda y loca.

«Se murió, Lola. Se murió bien muerto. Lo cuidé yo, no tú, saco de mierda. Le escondías las perras que te traía a la casa y le dejabas la ducha y hasta la colonia. Yo le limpié la baba y la mierda de debajo del culo cuando te dedicabas a pregonar que el mal de tu hijo era yo, que era una rebenque, que no sabía ser mujer, ni plancharle una camisa, ni freírle un huevo, ni darle hijos que salieran derechos. Cállate y no hables más, Lola, sinvergüenza. Cuidé a tu hijo más que a mí. Y pasé mucho. Lo sé yo y las cuatro paredes de mi casa y las deudas y mis hijos que no van a volver, ni a perdonarme más nunca. Más nunca. Cállate y no hables más, o te arranco la lengua antes de irme con él a lo más hondo de los infiernos».

Fina solía decir que en ese barrio uno daba una vuelta a la redonda y se encontraba dos veces con la lengua del vecino. Entretenía los días esperando, y es que Paco debe de tener mucho trabajo hoy en el puerto, y ¡anda, Carmita!, prepárale a tu hermano la comida, que le estoy entrando el pantalón a tu padre, que viene molido de acarrear cajas como una bestia.

«Y así, mientras tejía y escogía las certezas que mantener con un empeño intacto, pensaba en el marido de Susa»

Y así, mientras tejía y escogía las certezas que mantener con un empeño intacto, pensaba en el marido de Susa que se le metía en el cuarto a la niña por las noches y lo mandaron a la cárcel y la chiquilla se escapó y dijo que oía voces y la tuvieron que ingresar. Claro que también en la propia Susa, gorda como una vaca, que se sentaba cada tarde con las piernas abiertas y desplegadas en el interior de un chándal gris, afuera, en el escalón de la puerta de entrada que daba a la calle a ver quién pasaba y cómo y a dónde y de dónde venía y con quién iba y a quién iría a ver y lo comentaba con su cuñada, igual de gorda, la que fue muy guapa de joven, la que salía con la escoba y se apoyaba en la verja negra con una mueca de retorcimiento indefinido que le había deformado la cara por el uso en el transcurrir imperceptible de los años.

En ocasiones ocurría que Fina no entendía cómo en un barrio tan pequeño pasaban tantas desgracias, pero lo cierto es que a todos les enseñaron a guardarlas a puerta cerrada, aunque siempre quedaran los ecos flotantes y moribundos que se arrastraban a modo de cuentos de bar de mediodía, o de cháchara de corral después de la misa de domingo. Lo cierto es que a todos les enseñaron a mantener el consuelo de que al otro le iba peor. Tal fue el caso de Pepa, La Bruja, aquel ser diminuto de pellejo pegado al hueso, recogido sobre sus tripas, que renqueaba en el descampado de enfrente de su casa recolectando paja amarilla y tiesa, para hacer no sé sabe qué remedios y espantar no sé cuántos males. Tantos, que se hubo de culpar cuando su hijo se colgó de aquel árbol para no seguir moliéndola a palos cuando venía con el mono y ella no tenía más dinero que darle. 

Así, después de suspirar los llantos de todas aquellas, Fina empezaba a imaginar el ensueño recurrente de cada mañana. Imaginaba qué habría pasado si se hubiese quedado con su madre cuando ella le preguntó, antes de terminar de cerrar la última maleta «¿Tú estás segura, mi niña?» En ese momento, una rabia orgullosa le encendió las mejillas, le anudó la garganta y le hizo escupirle a su madre con saña sorda y desafiante: «Sí, Salomé». Esa se erigió en la razón única por la que no habló durante diez años con la señora Salo, rara como un demonio, que cada vez que salía de paseo y le preguntaban inocentemente, oye, «Y tu hija, pobrecita, ¿cómo está? La pequeña digo, la de Paco…», ella rezaba «Mi hija no es de nadie», y se marchaba siguiendo a su mirada, buscadora de algo que parecía haber perdido hacía ya mucho.

«Fina lloró el primer año que su marido llegó oliendo a Mecánicos a ron y a putas, después del ¿Cómo me haces esto, Paco? El bicho de tu madre va a tener razón»

Fina lloró el primer año que su marido llegó oliendo a Mecánicos a ron y a putas, después del ¿Cómo me haces esto, Paco? El bicho de tu madre va a tener razón y no hay mujer en esta casa, por eso la andas buscando fuera ¡Si mi padre se entera te revienta la cabeza, Paco! Antes te la reviento yo a ti, rebenque. Cacho de puta. Entonces se puso el vestido rojo de cuando tú me rondabas ¿te acuerdas? y pidió perdón y un niño, suspendiendo en la noche el mensaje que quiso decirle a Salomé: «Te vas a equivocar, mamá. Y yo te lo demuestro». Pero para cuando su madre se fue, Fina había pedido perdón demasiadas veces, sus errores tenían partida de nacimiento y nombres que resonaron como un eco de herida hueca en las esquinas de la casa que hubo de quedar pronto vacía.

El día que enterraron a Paco, no pudo derramar ni una lágrima, por eso llevó unas gafas redondas y oscuras de señora, para que por lo menos la despedida le perteneciera enteramente a ella y no a Lola, que no pudo decirle otra vez que ella nunca había querido a su hijo.

«A mí marido tardaron tres horas en enterrarlo. Yo no me había dado cuenta de que llevaba treinta y cinco años esperando. Desde que salí por la puerta de la casa de mis padres, empecé a cavar un lecho donde dormir y no darme cuenta ya de nada más. Yo pensaba que era para mí. Hoy ningún chiquillo mío fue a ver cómo la tierra se lo engullía. Si ellos hubieran podido le habrían hecho el agujero con las uñas mucho antes. Lo que yo más quiero má, es verte tranquila. No me hagas hacer tonterías, má. O lo echas tú primero o lo mato o salgo por esa puerta y no vuelvo, porque yo así no te quiero ver más delante. Mis niños… Carmita de noche, cuando se iba Paco, se llegó a meter conmigo en la cama, era blanca y redonda, como una aparición de luna llena, y me acariciaba el pelo como a un cachorro para que dejara de aullar. Entonces me hacía más chica que ella. Yo no sabía, Lola, qué quería decir Salomé cuando decía que yo no era de nadie. Lo que yo más quería era ser de Paco, pero Paco quería ser de todo el mundo menos mío. Paco era de las esquinas, de las putas, de la barra, del tendero, y sobre todo era tuyo. Tú deseaste que así fuera y así fue. Y, en el fono, no te culpo. Pero ya no vas a decir más nada, Lola, porque ya entendí lo que mi madre quiso decirme. No me vas a decir más nada. Más nada. Más nada».

«Fina llegó a una casa que había quedado desierta incluso de los alaridos de fantasmas y la soledad la esperaba en una esquina de la alcoba coronada de flores amarillas»

Una vez terminó el entierro, Fina llegó a una casa que había quedado desierta incluso de los alaridos de fantasmas y la soledad la esperaba en una esquina de la alcoba coronada de flores amarillas, señalándole el espejo que le regaló su padre el día de su boda. Él no quería que se me olvidara mirarme. Se había quedado delgada, como en las fotos de soltera, en blanco y negro, y tenía la cara cubierta de pliegues y el pelo lleno de hebras plateadas. Fue entonces cuando un calor súbito le invadió todo el cuerpo, le quemaba desde dentro, se le enroscaba en las tripas y le inundaba las cuencas de los ojos. Se asfixiaba. Se asfixiaba por primera vez en aquel cuarto donde había de pasar tantos años con él, tantísimos, en verdad.

Hay espacios pequeños, a veces más pequeños que una isla y Fina ya no quería estar más cercada ni de casa, ni de puteros, ni de putas, ni de nombres de niño olvidado, ni de años perdidos, ni de ropa de viuda, no quería permanecer más adentro. Por eso, salió a la calle y le dijo a su suegra, antes de que alguien pudiera asirla de nuevo, antes de que alguien pudiera tan siquiera atreverse a tocarla, antes de que se perdiera su silueta desnuda y canturreante por las callejuelas del barrio: «Mi madre tenía razón. Yo no era de nadie. Ahora, más que sea, Lola, soy mía».

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