Espejos

Mayte MartínMayte Martín (Las Palmas de Gran Canaria, 1964) estudió Ciencias de la Información, en la rama de Periodismo, en la Universidad Complutense de Madrid, donde vivió casi una década. Diplomada como detective privado por la misma universidad, tiene un Máster de Periodismo organizado por Prensa Canaria entre las universidades de Las Palmas de Gran Canaria y la Complutense de Madrid. Ha trabajado para el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, para el Cabildo de Gran Canaria y para el Gobierno de Canarias; en varios medios de comunicación, prensa, prensa digital, radio y televisión, a escala local, regional, nacional e internacional, así como en varias ONG. Está especializada en gabinetes de prensa, con áreas de trabajo muy variadas, como sociedad, cultura, formación, ciencia, política y deportes. Actualmente es colaboradora de la revista de literatura canaria DRAGARIA. Ha recibido formación académica en la Escuela de Letras de Madrid, participa activamente en varios grupos literarios, sobre todo en El Club de los Retos de Dácil; ha participado en varios encuentros, tertulias y recitales, y ha presentado los libros de más de una treintena de autores. Tiene editado el libro de relatos eróticos ‘Sin tu permiso’ ( Bubok, 2012) y de microrrelatos y prosa poética ‘Reflexiones en blanco y negro’  (Beginbook, 2016). Ha participado en algunas antologías con otros autores y está preparando su primera novela de género negro.

Blog – Facebooken DRAGARIA

 

Ya no se miraba en los espejos. Los tenía por toda la casa. Quienes iban alguna vez de visita pensaban que era un narcisista que precisaba verse en cada esquina. Nadie sabía sus motivos. Ahora cada día jugaba con el tren de juguete de estilo antiguo que guardaba en su armario desde hacía décadas. Sólo lo sabían su hermana y un gran amigo, su amigo Ric. Aunque eso era lo que él pensaba. Porque ella también lo sabía. Ella no tenía nombre, era la mujer de su vida, la que conoció entrado en años, la que revolucionó toda su vida, revolvió sus entrañas y le hizo volver, a sus sesenta y pico, a la adolescencia más cálida. Una década los separaba, diez años y una pesada carga. Su ella aprendió a vivir sin él. Hacía doce años que la echó de su vida. Sin más de la noche a la mañana, sin explicaciones. Fue un año de amor y delirio, de encuentros y desencuentros. Dulzura alternada con fuertes rachas de viento huracanado que salía de las entrañas. Ese viento que arrasa, que rompe, que rasga. Un viento imposible de prever, de frenar, a veces con calima que entorpece la razón, que inunda el alma de polvo. Pero luego llegaban los alisios, esos constantes que daban tregua. Volvía el amor, la dulzura, los sueños compartidos, las noches de vino y rosas. Aquella vez que un peluche de lomo rosa, pecho y cara blancos de gran tamaño, le hicieron reír y decir lo contento que estaba de tener una niña en casa. Aquella mirada infantil que volvía al armario a sacar el trenecito y gritar «más madera, más madera». Ni siquiera el amor pudo controlar su descontrol. La expulsó de su vida, le dijo que desapareciera de la misma forma que apareció de la nada. Sus hijos penaban en busca del hombre que les enseñó a luchar, a ser recto, honesto. Nunca supieron que si la trató mal era porque precisamente la amaba. Llegó a amarla más que a su primera mujer, la que compartió su vida durante más de 30 años. Pero su ella, intuía, su ella sabía que su desprecio no era real, sabía lo que estaba pasando. Cada día le hacía ver que regresaba a la casa, le preparaba el tren, se sentaba en el suelo cuando las rodillas crujían, la cintura se rompía de dolor. Pero su ella estaba allí sin ser, solo era el maquinista un día; un pasajero, otro; o simplemente una amante a la que despedían en una estación.

A veces salían lágrimas de sus ojos, a veces repetía que en el amor siempre quedaba más lo que se había construido que lo que habían destruido. Ella miraba aquellos espejos que ya no le reflejaban, miraba aquella obsesión suya por asomarse a ellos cada mañana, cada día, cada segundo. Él, su gran amor tardío, en momentos de profunda serenidad y concentración la reconocía. La hacía feliz, en esos breves instantes en que la memoria regresaba a su cuerpo y se decía «tal vez tiene razón quien afirma que el alma no puede estar callada, que precisa expresarse de alguna forma, y cuando parece contemplar el universo, cuando medita mirando el infinito, sé que en algún breve recuerdo aparecerá mi nombre, mi rostro, la imagen de mis mechas cayendo sobre tu hombro».

Su mirada pasaba por los espejos como quien ve cuadros en las paredes, ya no le devolvían la imagen que él tenía de sí mismo. Era un niño de ojos brillantes que ansiaba llegar del colegio para jugar con su vieja locomotora.

Puedes comentar este artículo en nuestra página de Facebook: