Entre Alba y Celeste

Martina Villar

Martina Villar (Las Palmas de Gran Canaria, 1964), es escritora, creativa y artesana. Sus primeros artículos publicados aparecen en 1986 en ‘Canarias7′, con textos dedicados a los artistas Jesús Arencibia y Néstor de La Torre. En 1988 publica en el hoy desaparecido ‘Ciudad de Canarias’. Desde el 2010 publica en Beginbook Ediciones los títulos ‘¡Ábreme y te muerdo!’, ‘Entre monstruos y dinosaurios’, ‘Folía, Agua y Flamenco’ y ‘Más allá de sus vestiduras’Finalista y seleccionada en distintos concursos literarios, ha participado en variados actos y exposiciones. En la actualidad imparte talleres atópicos. Conjuga la literatura con la plástica.

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«Mientras la miro y la gente se aparta, repito un estribillo que canta mi abuela. “Y los muchachos del barrio la llamaban loca”. Cuándo le pregunto que por qué le gusta tanto esa canción trata de cambiar de tema y casi siempre me responde lo mismo. ¡Aquello eran otros tiempos, mi niña!».

Es domingo, hace sol y la pequeña Alba abre la ventana de su dormitorio para que entre la primavera. Desea que a su alrededor revoleteen mariposas blancas. Sin embargo, esta mañana por ese vano se cuelan las voces de una mujer que está deschavetada, como así la califican los primeros que se percatan de su presencia. 

Una señora de unos cuarenta años con aspecto aseado enfatiza un soliloquio sin ira. No parece enfadada, sino dolida. Entretanto Alba, desde arriba, trata de averiguar el contenido del cartel que la acompaña. A lo largo de la mañana hay quienes ya han bajado y hacen corro.  

Celeste habla de quienes recorren desiertos, cruzan brazos de mar y saltan alambradas, y con parsimonia lee su cartulina —Artículo 5, Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948: «Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes»—. Durante unos segundos el tiempo se detiene. 

En su locución Celeste menciona a la compasión como alimento diario para, con este valor, actuar de otras maneras. A políticos, economistas, banqueros, empresarios, profesionales de la salud y de la justicia, educadores, arquitectos o ingenieros dedica otras pullitas. Pide a quienes se acercan, se alongan, atienden entre visillos y leemos sus palabras que les exijamos y que cumplan lo que redacten, que se extinga la hebra fina que actúa como tubo de escape para tanta licencia sinvergüenza. Que solicitemos una revisión del lenguaje y que sepamos qué se escribe, a qué acuerdos han llegado y qué implica el incumplimiento de esas leyes que un día dispusieron como válidas y que con frecuencia parecen esfumarse. 

Propone comenzar por el principio; por entendernos.

«En un minúsculo receso, toma un sorbo de agua y continúa con una exposición cada vez más cautivadora. O eso muestra la suma de sus asistentes»

Mientras Alba escucha con atención y su padre la llama para el desayuno, Celeste plantea que averigüemos cómo nuestros servidores públicos, los que pagamos con nuestros impuestos; ministros, senadores, presidentes y jefes de Estados, desarrollan sus funciones, si hacen sus deberes y si se responsabilizan de sus actos. Denuncia con lástima cómo estos grandes hombres dejan sus huellas en un mundo hipócritamente globalizado y cómo reinterpretan con mil argucias, en beneficio de sus propios intereses, ese artículo que ha elegido como acompañante. En un minúsculo receso, toma un sorbo de agua y continúa con una exposición cada vez más cautivadora. O eso muestra la suma de sus asistentes.

Pero es ahora cuando —añade Celeste—, como si de un milagro se tratase, surge lo más escandalosamente asombroso. La mayoría de los Estados y sus representantes son capaces de convencer, y convencen, a la mayoría no solo de sus prosélitos. Cada país, aun utilizando sus propias competencias, conciertan la utilización de una estrategia idéntica; la repetición contaminante del miedo. Avalancha, asalto e invasión surgen como términos para insuflar el mayor de los tembleques sobre el bienestar, sobre nuestro presente y sobre el futuro de nuestros hijos y nietos. ¡Qué viene el lobo! —sorprende cómo la actora aúlla en su imitación.

Los discursos referidos a la inmigración, transferidos con vehemencia a sus conciudadanos desde la tribuna del Estado, la que dota al ponente de la verdad absoluta, se basan en comparaciones repugnantes. ¡No, señores y señoras! Yo les garantizo que no son bichos, sino seres humanos solicitando auxilio. Mientras ellos, sentaditos alrededor de mesas brillantes con sus trajes planchaditos, acuerdan y se comprometen… ¿a qué cosa? ¡mentiras! Desde sus cómodos asientos gritan. A esos, ¡repatriación!, a esos otros, ¡fuera, retorno!, aunque no coincidan con sus lugares de origen. A esos de más allá ¡devolvedlos tal cual, calentitos! A los de allá arriba ¡concertinas! Y a esos, ¡disparad, disparad que llegan a la costa!. Mientras la voz de Celeste ahueca la atmósfera, el silencio navega en una balsa de aceite.

«a la postre vuelven las reivindicaciones que no se cumplen y regresan los papeles blancos manchados de promesas rotas que han teñido, y tiñen, de rojo»

El día dieciocho de diciembre se celebra el Día Internacional del Migrante —reanuda la interlocutora con ironía— y salen a la calle las razas, las diferencias, la diversidad de culturas, el colorido de sus trajes, el sonido de sus lenguas y los olores de una variedad rica de comida. Y a la postre vuelven las reivindicaciones que no se cumplen y regresan los papeles blancos manchados de promesas rotas que han teñido, y tiñen, de rojo. ¡Y se habla, y se habla, y se habla! Y hasta la saciedad, porque es importante hablar, se habla y se celebran congresos con mesas adornadas con palabras y centros de flores. Y se alquilan enormes comedores para almuerzos, cenas lujosas y palabras, y se compran billetes para conocer la problemática en origen y se alarga la lengua. 

Amigas y amigos —interroga en tono de súplica la desconocida— ¿es que acaso esto no es el ejemplo más claro de cinismo? 

Mujeres, niñas y niños, hombres, minorías, colectividades, ancianas y ancianos continúan representado grupos invisibles, vulnerables, aplastados, vejados y violados en la totalidad de sus matices. En esta orilla creamos centros de internamientos para extranjeros y allí viven a la espera de que se cumpla este acuerdo —señala Celeste a la cartulina—. Detrás de esos muros viven los otros. Otros seres humanos, como nosotros, con una vida y con historias. Así que, y con esto acabo, quiero apelar a sus conciencias. Por favor, reflexionemos. El ser humano, con toda su variedad, pertenece a una misma y única especie. Por ello, y por esa razón tan evidente, sobra decir que su historia es nuestra historia.

Cuando la desconocida concluyó su discurso, aunque algunos aplaudían y otros marrullaban entre dientes que Celeste estaba loca, Alba trataba de asimilar aquellas frases que, como mariposas blancas, revoloteaban en su cerebro.

—Papá, por favor, hoy quiero que me hables de quiénes son los otros.

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