Sucinto informe de noviciado

Manuel M. Almeida

Manuel M. Almeida (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas ‘Tres en raya’ (1998, Alba Editorial) —finalista del Premio Internacional Alba/Editorial Prensa Canaria, 1997— y ‘Evanescencia’ (Mercurio Editorial, 2017), así como las plaquettes de microrrelatos ‘El líder de las alcantarillas’ (Amazon, 2016) y ‘Cuentos mínimos’ (Mercurio Editorial, 2017), además de poesía y narrativa recogida en su blog mmeida.com, redes sociales, revistas y periódicos. De 2004 a 2014 mantuvo el blog mangaverdes.es, con el que cosechó seis premios internacionales, entre ellos al Mejor Comunicador en Internet (Asociación de Usuarios de Internet, 2010). Como periodista ha trabajado, entre otros medios, en Cadena 100, ‘La Gaceta de Las Palmas’, ‘La Provincia’, revista ‘Anarda’, ‘La Tribuna de Canarias’, ‘El Mundo/La Gaceta de Canarias’ o ‘Canarias7’, ejerciendo en los tres últimos el puesto de subdirector. Ha publicado dos trabajos discográficos como cantautor, ‘Nueva semilla’ (Diva Records, 1990) y ‘En movimiento’ (Chistera, 1992).

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Con todas mis fuerzas». Era poco más que una niña, pero lo deseaba con todas sus fuerzas. Su rebisabuela (contaban), su abuela (decían), su madre (sospechaba)… ¡Quién sabe! Ellas jamás lo hicieron patente en su presencia, pero estaba convencida —un rumor aquí, una observación allá— de que las mujeres de su familia habían llevado desde siempre, tatuado en sus cuerpos, la taumatúrgica uña de Satán. Frente al espejo día y noche, ella misma pretendía adivinar la silueta del sapo en la niña de alguno de sus ojos. Bruja, quería ser bruja con todas sus fuerzas, y con ese deseo grabado en la mente se dejaba arrastrar cada noche hasta la cama. Sin embargo, sabía que era imposible, que en el fondo aquel impulso no era más que una ilusión adolescente. Como quien quiere ser hada o pájaro, superheroína o actriz. Pero ella no fabricaba alas ni prendía candilejas, ella se pasaba el día fantaseando, invocando conjuros y demonios, imaginando que era la heredera directa de una poderosa estirpe de mujeres luna. Y una noche: «¿Quieres? ¡Ven!». Una voz, dos voces, tres. Fue a duermevela, en esa hora de la madrugada en la que la vigilia se confunde con el sueño: «¡Ven!». La hora de la sombra perenne, del grito sofocado, del miedo, del despertar trémulo y oscuro, la hora de la verdad, la hora negra: «¿Realmente quieres? ¡Ven con nosotras!» Tres. Tres mujeres al pie de la cama. Ancianas, huesudas, descompuestas, las manos tendidas, el tono dulce, el rostro grave, la sonrisa gélida: «¿Eso es lo que quieres? ¡Ven, mi niña, ven!». «¡No, no quiero!». «¿No quieres?» «¡No, por favor, déjenme, no!». El pánico poseyó su cuerpo y su mente, la impresión fue más grande y poderosa que su inocente deseo. Cerró los ojos, aferrada como una mantis a las sábanas que mordía, aterrada. «¿Estás segura? ¡Ven!». Las mujeres se acercaban densa, lentamente, como se acerca la niebla, las manos extendidas, descompuestas, huesudas, el rostro grave, el tono suave, la sonrisa gélida: «¡Ven! ¿No es lo que quieres? ¡VEN!». «¡Noooo!». «¿No?». «¡No, no, no! ¡Con todas mis fuerzas!», gritó al fin anegada en lágrimas. La visión cesó. Las mujeres jamás volvieron a molestarla. Ella tampoco volvió a fantasear. ¿Sueño? ¿Realidad? Qué más da. Sueño o realidad, aquello fue una renuncia en toda regla.

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