Los espejos

Incluido en el libro de relatos 'Cuentos traviesos', que se presenta el 16 de noviembre

Luis León Barreto

Luis León Barreto (Los Llanos de Aridane, 1949) es escritor y licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ampliamente conocido por su novela ‘Las espiritistas de Telde’ (premio Blasco Ibáñez en 1981 y traducida al rumano, alemán, inglés, italiano y francés), ha publicado numerosos libros de relatos, cuentos para niños, novela negra, ensayo y poesía. En su obra destacan títulos como ‘Ulrike tiene una cita a las ‘8 (premio Pérez Galdós, 1976), ‘Crónica de todos nosotros’ (premio Julio Tovar, 1970), ‘La casa de los Picos’, ‘El velero Libertad’, ‘Los dioses palmeros’, ‘¡Mamá, yo quiero un piercing!’, ‘Los enanos danzones’, ‘Carnaval de indianos’, ‘Cuentos traviesos’, ‘La literatura y la vida’, ‘Memorias de La Palma Edén’, ‘El Neptuno de Melenara’, ‘El Time y la prensa canaria en el siglo XIX’, ‘El Mar de la Fortuna’, ‘El crimen del contenedor’, ‘Los buenos negocios’, ‘Los días del paraíso’, ‘La infinita guerra’ o ‘No me mates, vida mía’. Ha sido subdirector del periódico ‘La Provincia’, jefe de Prensa del Cabildo de Gran Canaria y director del Club Prensa Canaria. Es Hijo Predilecto de la isla de La Palma y Hijo Adoptivo de Telde. En el ámbito periodístico ha sido galardonado con el Premio Leoncio Rodríguez, del periódico ‘El Día’; el Víctor Zurita, de ‘La Tarde’; y el León y Castillo, del Cabildo de Gran Canaria. Figura en diversas antologías, como ‘Cien años de cuentos (1898-1998) Antología del cuento en castellano’, de José María Merino (Alfaguara, 1998), ‘Kanarska kratka prica’ (antología de narradores publicada en Zagreb, Croacia) y ‘Los mejores relatos canarios del siglo XX’, de Juan José Delgado (Alfaguara, 2004). Publica habitualmente en su blog La Literatura y la Vida.

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En cuestión de caprichos, pocos le ganan a Brian. Obcecado escocés. Como si Escocia fuera una isla aparte del mundo y él pudiera presumir de ese nombre celta que significa El fuerte, el de gran fortaleza. Es cabezota pero también idealista, tiene un encanto natural a la que resulta difícil negarse. He de decir que fue un flechazo a primera vista, yo azorada en aquella cafetería que él estaba frecuentando, siempre en mi turno. Yo era la camarera y él todo un caballero, tan elegante, tan superior a una chica del pueblo llano. Te llevaré a conocer a mi familia, me anunció, y yo aplaudí entusiasmada porque siempre había querido volar a Edimburgo, conocer la historia antigua, patear los paisajes idílicos de su tierra. ¿Y quién puede rehusar la belleza de la campiña de Aberfeldy, las casas con su piedra gris, la intensidad de la campiña que te sale al paso, el club de golf, la destilería de whisky y hasta las preciosas tiendas del Square? Paraíso de verdor, una cura de reposo para quienes viven en la gran ciudad.

No estropees el whisky con hielo ni con agua, ni pongas jamás la botella en la nevera, recalcaba frente a mi ignorancia.

Era viciosilllo y mientras estábamos en la cama le gustaba mirarse en los espejos, por eso debí encargar que cubriesen el techo con aquellos grandes paneles que en verdad nos captaban en todas los ángulos posibles.

Y con qué avidez me recitaba párrafos de Romeo y Julieta, como todos los anglosajones se sabe Shakespeare al dedillo. «¿Qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el Oriente, y Julieta el sol! ¡Surge, esplendente sol, y mata a la envidiosa luna, lánguida y pálida de sentimiento porque tú, su doncella, la has aventajado en hermosura…!».

Un tipo incorregible, como si yo tuviera que limitarme a aprobar todos y cada uno de sus caprichos, aquella manera tan especial que tenía de entender la posesión, aquella idea obsesiva de prolongar el placer durante horas.

—Cuando estemos muertos nos apareceremos en este mismo salón —me dijo una vez, tras una risotada, debía ser porque se había tomado la tercera copa.

—No digas tonterías.

—Aquí todos los castillos tienen su fantasma. Será un buen negocio para nuestros nietos.

Él me trae el recuerdo de su abuelo, uno de los jefes de la masonería regional; de sus padres, que conservaron siempre el sesgo de una clase social distinguida. De sus hermanos, establecidos en Australia y Canadá, de la altanería con que me observaban, a mí que apenas chapurreaba el inglés y nunca estuve en un colegio de niñas bien. Él todavía me ve en sueños y me lee sus escenas preferidas de las tragedias clásicas. A mí, que llevo tres años muerta.

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