El sol que desciende en la mañana detenida

A propósito de Alonso Quesada y Jorge Oramas

Juan Ferrera Gil

Juan Ferrera Gil (Arucas, 1956) es licenciado en Filología Hispánica. Sus primeros relatos se publicaron en ‘El cartel de las letras y las artes’ del desaparecido ‘Diario de Las Palmas’. De 2005 a 2011 colabora con Arucas Digital. A partir de 2011, con infoNorte Digital, donde, además, tiene publicados dos libros digitales: ‘Relatos surrealistas en la Sala de Profesores’ y ‘El alcalde chino y otras narraciones’. También escribe en La Gaceta de Arucas y, ocasionalmente, en BienMeSabe. En distintos tiempos, Radio Arucas: ‘Cerca de las estrellas’, ‘Parque Chino’ y ‘La sorriba’. Y también editor ocasional en ‘Litteraria, Revista de literatura y opinión’.

en DRAGARIA

 

El sol sonoro que inunda las calles de Vegueta nace primero en el barrio de San Nicolás y Jorge Oramas, desde su habitación del Hospital San Martín, lo recrea y hace que descienda lenta y pausadamente al noble barrio capitalino, donde sus habitantes siempre huyen de él.

'Risco', de Jorge Oramas
‘Risco’, de Jorge Oramas.

Cuenta Alonso Quesada en su artículo El sol en Vegueta que la gente se esconde del astro rey porque le tiene miedo y lo ve como un enemigo castigador. Por eso los vecinos caminan por las calles ensombrecidas, cierran cortinas en sus casas y huyen de corredores y patios. En cambio, el sol de Oramas, antes de llegar a Vegueta, ilumina y descansa en el Risco de San Nicolás, apretujado de casas humildes y terreras donde la presencia humana solo se adivina en el interior de las coloreadas fachadas. Luego desciende ladera abajo hasta llegar al llano, donde Vegueta, aristocrática y gentil, lo recibe con cierta amargura, en palabras de Alonso Quesada. Sin embargo, Vegueta sin sol, dice el escritor, se desmoronaría, se hundiría de tedio y fatiga y se convertiría en un sótano húmedo y abandonado. En cambio, con su presencia llena de vida se transforma en un lugar pintoresco y amado. Es decir, las dos cosas pueden suceder: una y la contraria. Así el escritor abre el abanico a todos sus lectores: los que aman el sol y los que desean la sombra, siempre húmeda y triste. Es hábil Alonso Quesada. Lo demuestra claramente en este pequeño artículo en el que deja claro que el sol es otro habitante más de Vegueta que ni en invierno se va de viaje. Su presencia va asociada al adverbio siempre. Así que siempre y sol son dos términos temporales permanentes, palabras sinónimas que nos susurran lo mejor de ellas al oído. Están siempre ahí y seguirán yendo de la mano para decirnos que la vida se compone de luces y sombras, de calor y frío. Oramas nos presenta un sol amasado en el Risco, allí lo moldea y ladera abajo lo deja caer suave y ligeramente, despacito, como la recuperación de su enfermedad, para luego invadir Vegueta y desembocar por el Guiniguada en el Atlántico, dando profundidad y esperanza a un mar siempre diferente cada día. Por tanto, el sol es el verdadero protagonista del texto de Alonso Quesada y del cuadro de Oramas. Los dos, con lenguajes diferentes, no están diciendo lo que han sentido en un instante de sus vidas y que ahora, con el paso del tiempo, es un regalo que nos ofrecen: este sol de primavera que ahora disfrutamos será fuerte e intransigente en el verano y nos hartaremos de él hasta que, con el frío y las nubes del invierno, volvamos a echarlo en falta. Entonces será un sol suave y frío, un sol que no llega a calentar y que nos anunciará que la vida es esto: alegrías y tristezas, calles y casas. Claro que las calles de antes tenían un sentido más social. Quiero decir que eran un espacio común, un bien común, lugar de tránsito, sobre todo de personas, y espacio para la charla distendida en las tardes tranquilas, cuando la gente sacaba de sus casas las sillas y, en las aceras, si las había, se sentaba a disfrutar de los comentarios más dispares. Claro que el sol antes era más amigable. Sí, hoy también lo sigue siendo, pero no hay nada como disfrutar de una ciudad, de un barrio o de una calle en la que los automóviles han desaparecido.

«es muy cierto que la comunicación ahora es más virtual que real, pero ahí están Alonso Quesada y Oramas para decirnos que la vida es comunicación»

Es verdad que las costumbres han cambiado, es muy cierto que la comunicación ahora es más virtual que real, pero ahí están Alonso Quesada y Oramas para decirnos que la vida es comunicación. Es posible que no les esté diciendo nada nuevo. Será lo más probable, inteligente lector. Pero este comentario visviqueño me ha servido para detenerme, para pararme, y desear que el tiempo siga de largo y me (nos) deje tranquilo(s). Cosa que no es más que un deseo ferviente que solo unos pocos consiguen. Por eso Alonso Quesada y Jorge Oramas, con estructuras y signos diferentes, llenos de sonidos y colores, y bulla de los vecinos, hace mucho tiempo que consiguieron.

Sostiene Quesada en su artículo que todos aman el sol menos los vecinos veguetenses. Quizás sea una exageración o una provocación. Tengo para mí que la gente lo ama en su justa medida y, a veces, amar al sol es disfrutarlo en penumbra, con un buen libro, donde las cortinas ligeras de las habitaciones ilustres se mueven al son de la palmera enorme que luce en el patio de las aristocráticas casas. Y los que vivimos en lugares más pequeños, con cortinas o sin ellas, también lo disfrutamos porque las ligeras hojas del libro acurrucado en nuestras manos se mueven al son de la primavera, se despiertan ante mi imaginación y en esa brisa delicada vislumbro y aprecio lo que antes ni siquiera imaginaba. Apenas unas letras, apenas unos colores, han servido para que el sol de la infancia regrese a mi calle, al campo de fútbol de tierra donde jugaba y jugaba incansablemente en los interminables días de las vacaciones grandes, como las solíamos llamar. Esa brisa primaveral de estos días son los mismos días que Alonso Quesada disfrutaba en la capital y Oramas, recluido en su habitación del Hospital San Martín, recreaba en sus lienzos tan llenos de vida en el cuadro y tan faltos de ella en la realidad. Los colores cálidos que emplea Oramas están en relación directa con su situación personal. Así el blanco y el verde de la vegetación nos indican sosiego y esperanza, como ávido deseo de mejorar. Los amarillos millo y natilla, junto con los distintos tonos de marrones, nos hablan de una vida con altibajos y el azul añil del cielo no es para nada un color frío. Consigue Oramas expresar un matiz especial que habla de vida y luz intensa.

«Alonso Quesada cree que solo ha escrito un breve artículo y Oramas que solo ha pintado un cuadro»

¡Cómo somos las personas! Alonso Quesada cree que solo ha escrito un breve artículo y Oramas que solo ha pintado un cuadro. Ilusos. Aunque ellos no lo sepan han conseguido mucho más. Por ejemplo, que hoy, un día soleado de abril un profesor desconocido de un instituto de las Medianías grancanarias esté escribiendo sobre ellos desde el corazón. No sé si mi entusiasmo lo logro trasladar a mis escasos lectores. Pero no importa. El objetivo no es ese. El objetivo es que cuando escribo estas palabras la realidad desaparece y, mientras, las voces de Quesada resuenan y resuenan en mi interior. Y esas palabras no son negras, tienen los colores que Oramas eligió. Son palabras de colores, intensas, inmensas, que aparentemente parecen no decir nada y, sin embargo, no dejan de fluir porque adquieren el tono y el ritmo de la escritura y del pincel armonioso y preciso de un pintor que, enfermo, nos llenó de vida e ilusión. Es lo que tiene el escribir. Es lo que tiene el pintar. Es lo que tienen los que poseen una mirada distinta al resto de los mortales. Alonso Quesada y Jorge Oramas son una muestra clara de ello.

Así que solo debemos agradecerles que hayan traspasado el tiempo y que en estos tiempos tan asirocados y tecnológicos que vivimos siempre hay un momento, o muchos momentos, para la reflexión sencilla y sincera. Que no es poco.

El sol en Vegueta

Alonso Quesada

¿No habéis gozado el sol de Vegueta, los días claros, después que la gente sale de misa de doce y las calles se quedan silenciosas? Parece que la gente duerme en sus casas; la calle solo es del sol, del sol espléndido que inunda todos los rincones sonoramente. La gente se esconde del sol; cierran las cortinas de las ventanas, huyen de los corredores y de los patios. En las sombrías salas de estas casas solariegas se ponen las dueñas a rezar en los libros de misa, hasta que el sol se marche. Todo el mundo en la ínsula tiene miedo al sol, pero estos amigos del barrio viejo tienen más miedo. Vedlos cuando a las doce y media salen de misa; recorren todas las calles donde hay un poco de sombra; caminan arrimados a las paredes de las casas, parece que huyen de un enemigo terrible que los va a castigar.

Y, sin embargo, el sol es todo el barrio pintoresco y amado. El sol se tiende sobre las casas, y las casas se yerguen más hidalgas y más gentiles. El sol es el escudo de la nobleza del barrio. Este barrio sin sol se desmoronaría, se hundiría de tedio y de fatiga sobre las aceras. Sin el sol parecería un sótano húmedo y abandonado.

En la ciudad hay siempre sol. Los días de invierno también tienen sol. Los balcones verdes, las rejas de hierro reciben al sol como si tuvieran un alma. El sol acaricia los balcones y los balcones, que fueron pinos o fueron robles, sienten la caricia como una remota evocación.

La torre de la Audiencia saluda al sol; el campanario de la iglesia está contento… Las calles risueñas, alegres porque no pasa nadie, duermen una siesta bajo el sol. Todos aman al sol; las ventanas, los balcones viejos, las rejas, las campanas de las torres, todos, menos los vecinos que oyen su misa a las doce y después se meten en un rincón oscuro de la casa entornando las puertas que dan a las galerías.

Puedes comentar este artículo en nuestra página de Facebook: