La música que desprende ‘El Manifiesto Ñ’

Juan Ferrera Gil

Juan Ferrera Gil (Arucas, 1956) es licenciado en Filología Hispánica. Sus primeros relatos se publicaron en ‘El cartel de las letras y las artes’ del desaparecido ‘Diario de Las Palmas’. De 2005 a 2011 colabora con Arucas Digital. A partir de 2011, con infoNorte Digital, donde, además, tiene publicados dos libros digitales: ‘Relatos surrealistas en la Sala de Profesores’ y ‘El alcalde chino y otras narraciones’. También escribe en La Gaceta de Arucas y, ocasionalmente, en BienMeSabe. En distintos tiempos, Radio Arucas: ‘Cerca de las estrellas’, ‘Parque Chino’ y ‘La sorriba’. Y también editor ocasional en ‘Litteraria, Revista de literatura y opinión’.

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En esta nueva novela de Manuel M. Almeida, El Manifiesto Ñ, asistimos a la creación de un personaje singular, su protagonista, Cándido Araña, que vive en dos mundos distintos desde que ha sido declarado no útil y sufre un paro laboral de cinco años: el real y el imaginado.

Su realidad no la quiere ver, ni vivir, de ahí que su imaginación se desborde ante la adversidad laboral que sufre. Y desde este contratiempo laboral, al que los lectores nos hemos ido acostumbrando y parece que ya ni siquiera somos capaces de discernir su real dimensión, no solo genera conflictos personales y familiares, sino que es capaz de provocar, como sucede en esta historia, las situaciones más hilarantes. Además de la crítica social que subyace entre sus líneas, Almeida construye una obra arquitectónicamente perfecta (bien escrita, mejor desarrollada) sin perder cierto trato amable hacia su personaje principal.

Lo que en realidad queremos decir es que el autor de Evanescencia no pierde en ningún momento su visión total de la historia al elegir las situaciones y las palabras precisas. No solo domina la técnica de la escritura, sino que consigue implicar al lector en la historia. Así, Cándido Araña interpreta la realidad a su manera y, gracias al ángel (¿Platero?) que lo acompaña, confirmamos lo que los lectores sospechamos a medida que avanzamos en el desarrollo de la peripecia novelesca.

Almeida nos presenta una realidad que, a su vez, el protagonista nos ofrece desde su particular óptica debido a su criterio un tanto peculiar. Por lo tanto, hay una interpretación dentro de otra y unos personajes secundarios, que caminan al lado del protagonista, logrados y trazados eficazmente. Y unos detalles cotidianos que hablan por sí mismos de una vida familiar anterior totalmente plena que se difuminan en el campo de visión sin que por ello dejen de tener su importancia. Toda esa situación queda rota al quedarse sin empleo el protagonista; y en ese estado de limbo en el que vive, la imaginación y el deseo chocan con la auténtica realidad.

«esta mezcla musical que el autor nos sugiere viene a incidir, como descubriremos más adelante, en la peculiar personalidad del protagonista»

Y entre los variados matices que el escritor desgrana en sus cerca de trescientas páginas hay uno que sobresale, desde nuestro modesto punto de vista, y quisiéramos destacar: la música de la que se habla en la novela. Sí, sí: música directa que el escritor nos presenta a medida que la historia se desarrolla y que el protagonista interpreta y asume en su huida a ninguna parte. Si no nos hemos equivocado al contar, que todo es posible, podemos ver en la novela un total de doce referencias musicales en los diez capítulos de El Manifiesto Ñ.

Así, la primera de ellas, en el segundo capítulo, habla de cercanía: «Inem, Inem, Inemita, Inem: ecos de una sintonía desfasada», para continuar con algo tan dispar como: «gafas John Lennon» y «soy el novio de la muerte», donde el mundo pop se contrapone al tradicional-militar-conservador. Así que esta mezcla musical que el autor nos sugiere viene a incidir, como descubriremos más adelante, en la peculiar personalidad del protagonista, Cándido Araña: dispar, bipolar, variada y alocada. A medida que este nuevo Quijote, moderno y actual, nos presenta su forma de ser y actuar, hasta el cuarto capítulo no aparece la siguiente cita musical: «el ratatantán de los tambores y el titiii titiritiiiii de las cornetas»,en la que la onomatopeya nos trae los sonidos que el autor desea comunicar: tambores y cornetas donde la estridencia ha encontrado su acomodo en la mente de Cándido Araña: recuerda la Semana Santa.

Poco después, en la página 133, la quinta advertencia, muy distinta a la anterior, más dulce, más profunda, más intimista:

«… mientras los monjes del monasterio de Santo Domingo de Silos entonaban débilmente, a través de los altavoces, el ‘Hodie Christi natus est’, muy propio para las fechas que corrían»

que da paso a la siguiente indicación musical, en el mismo sentido y con los mismos protagonistas que la anterior. Pero como la acción novelesca transcurre en Navidad, los villancicos no podían dejar de estar presentes: y ello lo vemos en el capítulo siete: «dime niño de quién eres…».

«Sin embargo, la novela es mucho más que la alusión a unas notas musicales muy variadas. En ella hay otros tantos aspectos que los lectores han de descubrir»

A continuación, en el octavo, Almeida nos presenta tres observaciones musicales, como ocurriera en el segundo capítulo, donde también la cercanía es directa: descripción de una verbena y dos villancicos más; todo ello entre las páginas 236-239. En el siguiente capítulo, la reflexión musical hace su aparición a través de la canción Penélope, de J. M. Serrat, en la que su letra también tiene que ver con la historia, donde parece confundirse y mezclarse con la del protagonista. Y la última acotación musical va acorde con la poesía (Neruda, Lorca, Millares, Paz, Bécquer, Martí) y la música (Vivaldi, Stravinsky, Miles Davies, Pink Floyd, Beatles, A. Kraus, Compay Segundo y Pablo Milanés).

Esta duodécima y última alusión musical no solo cierra la novela sino que viene a ser, acaso, como un testamento musical de los gustos del escritor o, tal vez, de Cándido Araña. Sin embargo, la novela es mucho más que la alusión a unas notas musicales muy variadas. En ella hay otros tantos aspectos que los lectores han de descubrir y ver desde sus ópticas de críticos literarios. Cada uno ve lo que ve y cada uno imagina lo que imagina. Es lo que tiene la Literatura. 

Tengo para mí que la música bulle en la cabeza de Manuel M. Almeida cuando escribe y teclea en el ordenador. Y no lo puede evitar.