Lo que hay detrás

A propósito de 'Las meninas, de Diego de Velázquez, y 'La sombra del viento', de Carlos Ruiz Zafón

Juan Ferrera Gil

Juan Ferrera Gil (Arucas, 1956) es licenciado en Filología Hispánica. Sus primeros relatos se publicaron en ‘El cartel de las letras y las artes’ del desaparecido ‘Diario de Las Palmas’. De 2005 a 2011 colabora con Arucas Digital. A partir de 2011, con infoNorte Digital, donde, además, tiene publicados dos libros digitales: ‘Relatos surrealistas en la Sala de Profesores’ y ‘El alcalde chino y otras narraciones’. También escribe en La Gaceta de Arucas y, ocasionalmente, en BienMeSabe. En distintos tiempos, Radio Arucas: ‘Cerca de las estrellas’, ‘Parque Chino’ y ‘La sorriba’. Y también editor ocasional en ‘Litteraria, Revista de literatura y opinión’.

en DRAGARIA

 

 

 

Literatura y pintura, a veces, van de la mano, aunque no nos demos cuenta. O, quizás, siempre han ido juntas.

La mirada de Velázquez (1599-1660) en Las meninas no solo está dirigida a los reyes que retrata, sino que va más allá: otra manera de superar el tiempo. El motivo de su cuadro, de sobra conocido, es, además, el deseo de mostrar la realidad desde otra perspectiva.

Por otro lado, en La sombra del viento (Planeta, 2003) Carlos Ruiz Zafón también mantiene igual actitud que el ilustre pintor sevillano: presenta una realidad para en el fondo hablar, o sugerir, otra. Y esto lo podemos ver claramente en el siguiente fragmento de la novela antes citada:

«Llegué a casa al amanecer, arrastrando aquel absurdo traje de prestado y el naufragio de una noche interminable por calles húmedas y relucientes de escarlata. Encontré a mi padre dormido en su butaca del comedor con una manta sobre las piernas y su libro favorito abierto en las manos, un ejemplar del Cándido de Voltaire que releía un par de veces al año, el par de veces que le oía reírse de corazón. Le observé en silencio. Tenía el pelo cano, escaso, y la piel de su rostro había empezado a perder la firmeza alrededor de los pómulos. Contemplé a aquel hombre al que una vez había imaginado fuerte, casi invencible, y le vi frágil, vencido sin saberlo él. Vencidos acaso los dos. Me incliné para arroparle con aquella manta que hacía años que prometía donar a la beneficencia y le besé la frente como si quisiera protegerle así de los hilos invisibles que lo alejaban de mí, de aquel piso angosto y de mis recuerdos, como si creyera que con aquel beso podría engañar al tiempo y convencerle de que pasara de largo, de que volviese otro día, otra vida».

Me gusta considerar que los dos artistas piensan a largo plazo: «¿Quién mirará mi cuadro? ¿quién leerá mis palabras?». Tal vez Ruiz Zafón haya pensado en ese lector vivo que se atreve a descubrir entre líneas. El mismo lector que con el paso del tiempo incorporará otras visiones a lo ya leído. Si ESCRIBIR se materializa una vez, después de un largo y tedioso proceso de construcción, LEER es una actividad recurrente que originará interpretaciones distintas según los momentos y los diferentes estados de ánimo.

En el texto de Zafón podemos observar que, a través de la visión de su padre, el protagonista observa el paso del tiempo: antes el hijo lo veía como un hombre fuerte e invencible, pero ahora se aproximaba a la vejez. Entonces, lo besa con la intención de que los hilos invisibles no lo separen de su progenitor y, también, el deseo añadido de detener el tiempo. Y ese beso que el hijo le da no es otro que el que el padre daba al hijo en las noches infantiles, en las noches de pesadillas y de los primeros miedos. Así que el autor nos está diciendo lo contrario de lo que expresa: a pesar de que el padre esté dormido, sigue protegiendo a su hijo con ese beso recíproco. La ternura por encima de todo. ¿Y qué son esos hilos invisibles que lo separan de su padre? Quizás no sean más que la vida misma, el paso del tiempo, el crecimiento natural del personaje, donde las relaciones pasan a ser distintas y, tal vez, menos cariñosas y más frías. Sin embargo, ese beso no es sólo un gesto, un simple gesto, sino que encierra toda una relación anterior, toda una etapa de la vida que ahora será diferente. Pero lo que desea ardientemente es que el tiempo pase, se ocupe de otra vida, y los deje a ellos tal y como están: el momento presente sin tiempo.

«El autor consigue plasmar una situación cotidiana y la trasciende. La convierte en toda una reflexión sobre la existencia»

El autor consigue plasmar una situación cotidiana y la trasciende. La convierte en toda una reflexión sobre la existencia: horizontalidad y verticalidad. Y lo hace clara y sencillamente, con ese deseo de expresarse sin rodeos, dando relevancia al afecto y cariño del momento. ¡Ay, la ternura! ¡Qué falta nos hace! Y el inevitable tiempo cumpliendo su misión, porque como dice Garcilaso, “no hará mudanza en su costumbre”.

Por otro lado, que Velázquez pinte lo que hay detrás no solo muestra su capacidad de mirar las cosas de otro modo, sino que apela a la inteligencia del que observa el cuadro; convertido en otro tipo de lector. Tal vez se aprecia un deseo, en ambos creadores, de mostrar lo no imaginado. Sostiene Vargas Llosa que «al igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida». Y tengo para mí que LEER un libro y MIRAR un cuadro, literatura y pintura, no es solo percatarnos de la mirada inicial de palabras y trazos, sino que detrás se esconde la realidad verdadera, la que desea mostrarnos fielmente el creador en su afán de provocar, entendido este verbo en su mejor y amable acepción. Quizás sean «las insuficiencias de la vida». Provocar para despertar y concienciar a los más dormidos que viven, o vivimos, atrapados en la realidad más inmediata y posiblemente superficial: la de los medios que seleccionan lo que nos quieren mostrar y la disparatada inmediatez de las redes sociales.

«no solo inventa el creador, sino el lector de las dos miradas, que inventa a partir de las palabras y las encausa en su propia trayectoria vital»

Por eso la mirada del creador es muy importante. Y, también, Zafón y Velázquez inventan para vivir. Ya lo dijo Ana María Matute al concedérsele el Premio Cervantes en 2011: «El que no inventa, no vive». Y no solo inventa el creador, sino el lector de las dos miradas, que inventa a partir de las palabras y las encausa en su propia trayectoria vital y le otorga su particular sentido. Asimismo, el lector de cuadros, ante Las meninas, realiza la misma acción a través de los trazos, perspectiva y personajes retratados; entonces, el cuadro se nos queda pequeño e inventamos todo lo que le rodea o rodeaba. En definitiva, no solo crea el artista, sino también el que analiza su propuesta. Y, entonces, es posible que se intente interpretar lo que hay detrás de lo que ya está detrás. Doble lectura o reinterpretación.

Yo no sé si Zafón o Velázquez van en busca del tiempo perdido; pero sí creo intuir que sus obras intentan alcanzar caminos lejanos, aunque tengan que atravesar estrechas veredas. Tengo para mí que estos artistas sí proyectan lo que hay detrás: pasan por la vida dejando huellas indelebles para el resto de los humanos. Y, con eso solo, merecen el calificativo de auténticos.

Y la imaginación desbordada de sus obras nos sirve para proyectar la nuestra y dejarla volar hasta que consiga asentarse en el lugar adecuado, en ese recóndito espacio de la memoria que, de manera recurrente, volverá una y otra vez. Y así, desde él, tal vez logremos balbucear una historia (acaso la nuestra) o, con colores, domesticar al lienzo y llenarlo de vida (acaso la de todos). Y dejo para otro momento el valor de Cándido en el fragmento de Zafón.

Expresión y comunicación. Quizás lo más importante para sobrevivir en este mundo cada vez más tecnológico. Y loco.

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