Colilla

Elizabeth López Caballero

Elizabeth López Caballero  (Las Palmas, 1985). Es profesora especialista en Audición y Lenguaje,  y Mediadora. Además, preside la Asociación Contra el Acoso Escolar de Las Palmas  (ACAELP). Es autora de ‘Sí, los ángeles también lloran’, ‘En tierra de demonios’ y ‘La niña de la luna’, en esta última aborda el tema del ‘bullying’. También es colaboradora de ‘La Provincia’, donde publica artículos de opinión en su columna: ‘El lápiz de la luna’.

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Mi abuela siempre me dijo que no me sentara en las aceras. Que eso no era de niñas de bien. Que las niñas correctas que aspiraban a ser alguien en la vida no se tiraban en las aceras, cual colilla mal fumada que alguien dejó caer a medio consumir para que terminase por destruirse con el paso del tiempo.

Mi abuela también me decía que ella nunca se equivocaba, que le hiciera caso… ¡Que ya se lo agradecería! Qué disgusto se llevaría la mujer con su pelo blanco, los dedos consumidos por la artritis intentando terminarme esa bufanda hecha a mano que lleva tres inviernos bordando y nunca termina, si me viese sentada en este bordillo gris donde me dejaste un día. He visto cómo se consumen las colillas. Es curiosa la vida del cigarro, casi que me recuerda a nuestro amor. Al principio lo enciende el deseo, las ansias de llevártelo a la boca, de sentir entre tus labios su tacto y perpetuar en tu lengua su amargor. Luego lo inhalas y exhalas disfrutando de ese recorrido que hace por tu cuerpo, tan placentero que parece calmarte, devolverte la vida… Y llega un momento en el que no sabes cómo ni por qué deja de resultarte agradable y lo lanzas al suelo sin importarte cuántas caladas te quedaban por aprovechar. La colilla cae huérfana de ti, y tú en ocasiones, según el día, la pisoteas con ímpetu para asegurarte de que no haya restos de vida que puedan avivar. Otras veces la dejas que se consuma por sí sola, y eso duele más. Fumar mata, pone en las cajas de tabaco, y amar también, lo dice el contrato de la vida, pero en otro idioma, porque yo no lo entendí cuando lo leí  ¡Ya ve, abuela! Que ya sabía yo que no iba para niña de bien. Que aquí estoy en una acera tirada como una colilla, agonizando y esperando a que las últimas cenizas que quedan en mi corazón se consuman de una vez… Que este invierno tan seco no ayuda, y que estas chiribitas me calientan el alma en las noches de frío.

Mi abuela también me enseñó a permanecer quieta en un lugar hasta que viniesen a buscarme. Quizá por eso aún te espero viendo crecer la hierba en el alquitrán… Por ahí leí un día algo así como: «Donde quiera que Dios te plante, FLORECE». Pero es que a mí no me plantó Dios, me plantaste tú aquel diez de enero, cuando el cielo estaba gris (conteniendo el llanto), cuando nevó en el Teide y se hundió un barco. Cuando los soldados volvieron a la guerra, cuando los ciudadanos subían la cuesta (de enero) y los niños ya se habían cansado de jugar con sus recién estrenados juguetes de Reyes. Me plantaste aquel diez de enero que traía nuestra historia en una melodía… Me plantaste tú, y no sé yo si eso me da derecho a florecer. Lo que sí sé, abuela, es que usted nunca se equivocaba.

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