Inventario de dudas

Echedey Medina Déniz
Echedey Medina Déniz (Moya, 1994) cursa el Grado en Lengua Española y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC). Si bien hace relativamente pocos años que ha descubierto la poesía modernista de sus paisanos, se confiesa desde su infancia un admirador inconsciente de la sensualidad de los juegos florales del bosque umbrífero de Doramas, donde pasó sus años de niño jugando. Aún sin abandonar el juego, se ha sumado ahora a una aventura literaria que pretende ser el camino para ser partícipe de la fiesta de la vida, pues cree lo que dice Osho: «Conózcanse a sí mismos pues el camino es hacia adentro». Aunque cursó un primer año en el Grado de Historia, supo pronto que su amor siempre había sido la filología. Fue miembro del grupo literario El Paseo de los Flamboyanes y actualmente es miembro del grupo literario Palma y Retama, junto a otros compañeros de carrera.

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Nos venía diciendo don Antonio Machado en los apuntes de Juan de Mairena que hay sabios que aseguran que la poesía no expresa ninguna duda, sino una afirmación o una negación. Y que estos sabios, naturalmente, saben tanto de poesía como nosotros de capar ranas. Estos sabios ya llevan un tiempo recorriendo caminos con un maravilloso báculo omnisciente, que todo lo vaticina. Oráculos de Delfos que todo lo ven, lo huelen, y finalmente lo proclaman. Como en la demostración autoritaria que pudiera hacer una profesora con canas y frustraciones para meter en cabeza a los chiquillos la sencillez de un teorema, estos sabios llevan siglos detentado los egoscenarios con sus pequeñas vanidades, sus resabios de indolencia académica y sus silogismos simbólicos. Primero llegaron de Grecia, o de más lejos incluso, hombres con bastones, con togas, hombres ciegos que cantaron las vidas, amores y miserias de los hombres desde tiempos inmemoriales, contemplando la posibilidad de que la vida se pueda escapar por un talón y afirmando que conocieron mujeres que fueron fecundadas por toros y lluvias. En nuestro tiempo, que cada día trato de juzgar menos para comprender más, en nuestro inevitable tiempo, estos ciegos se han disfrazado con túnicas de otras telas, y han cambiado los bastones por computación efectiva, títulos académicos bajo el brazo y refutaciones de poetas que nunca afirmaron o negaron nada. Si es que esa cualidad es solo de los poetas, acaso le pertenezca a nuestra humanidad, como la esperanza le pertenece a la vida.

Suerte la de ellos. Por mi parte llevo años arrastrando dudas, serias dudas que he ido recogiendo en las calles y sus rostros, en los mares, en los desiertos de las islas del mundo, y hasta en los ojos de guanacos y perros. Todas sin tener ojos me miran, citando a Teresa Wilms Montt, y sin embargo me penetran el alma con los ojos que besar pueden, y vomitar como amar. Silencioso, taciturno, con una discreción vagamente melancólica he ido callando estos congrios espirituales con la red de un espíritu sosegado. Pero el hombre se cansa, y el ocaso llega como un viejo que se empeña en contar la arena. Y no me puedo callar, no vivió mi infancia de consideraciones el atributo del silencio, de la falta de conciencia o de la compasión, que es la peor de todas, puesto que se puede no ser consciente de muchas cosas y, no obstante, ser piadoso con ellas. La máscara quiere adueñarse de quien la posee, y mi vida, como la de todos, es una lucha constante de dudas. No tengo tampoco la disciplina de los matemáticos severos que se lavan las manos en la placidez del teorema. Y traigo dudas, tristes y alegres dudas sobre todos los temas, aún más sobre los que no concibo e imagino. De un tiempo atrás hacia ahora vengo demorándome en paraísos perdidos, en consultas de dentistas que ponen una rosa solitaria en la mesilla, en mis propios escritos, tristes y violetas anestesias que me preguntan por el mundo.

«empecé a buscar las sedes de partidos comunistas para creer en la esperanza, en los obreros, en las marchas y en la comunidad, y los grupos literarios para mitigar las distancias entre las islas de incomunicación que somos»

En Sobre héroes y tumbas, Bruno reflexiona que los pesimistas alguna vez tuvieron que creer en el mundo y sus posibilidades, ya que la desesperanza solo puede nacer de su hermana la esperanza. Y a mí se me salen por los poros tantas dudas que llegan andando cansadas desde hace años, cuando empecé a buscar las sedes de partidos comunistas para creer en la esperanza, en los obreros, en las marchas y en la comunidad, y los grupos literarios para mitigar las distancias entre las islas de incomunicación que somos. Como un vecino que no puede pagar los gastos comunes de su comunidad, me fui alejando dudosa y calladamente de las masas. Y es ahora cuando tengo hecho un inventario de sitios que solo se pueden mirar con sinceridad cuando estamos solos. Los puertos, los espejos, la lluvia en los tejados, los perros y los bancos de cualquier parque del mundo, pienso en el cerro Santa Lucía, de Santiago de Chile. Porque, naturalmente y aunque nada sea natural ni lógico en la vida, para encontrarte contigo mismo primero tuviste que buscarte en la sociedad, en estatutos y en amistades peligrosas. 

Son las dudas, por otra parte, de cualquier individuo de hoy y de siempre, que intuye, aunque no tenga idea de historia, los acontecimientos de su país, de su civilización y, en última instancia, del mundo; pues nada acontece más que por metafísica, accidente o milagro. Estrellas, mares, libros, objetos cotidianos, agujas, cafeteras, mascarones de proa, espadas, geografías y bustos. Tomás Morales, Doramas, Juan Lavalle: cuerpos sudorosos, trabajos, nacimientos y muertes. Dudas a las que se le suma la circunstancia del individuo, de su crisis existencial (vida) y de su fe en los caminos… su ego, vaya. Pero como digo, uno no vive en la masa como ente abstracto, sino materializado por un orden cósmico concreto, completo, complejo y totalmente gratuito. Dice Osho que debes abrazar la duda como a tu mejor amiga, porque la vida no es sino continuo presentismo, misterios, intuiciones y constantes direcciones. La duda te salva del inmovilismo, del miedo o de la pereza, y si eres agradecido y tienes conciencia de la magia del vivir, agradecerás incluso la angustia, la zozobra, la ejecución y el éxito o el fracaso de intentar las cosas, si es que esos valores son reales o inventos de la responsabilidad enseñada. En mi caso, vengo dudando seguramente desde mi nacimiento, cuando la ciencia dudó de mi vida, hasta los años de secundaria, cuando otra vez dudaron de mis dudas. Y más que las certezas, más que las afirmaciones y las negaciones, agradezco a las dudas el haberme permitido cuestionar ideologías, banderas, intenciones, miedos y las mayores dudas: las de las fronteras personales, que tratamos de ejercer día a día con interdependencia. Pero también confiar, confiar, confiar, que repito por su importancia. La duda también lleva a la confianza. Estas dudas me ayudaron a crear un canto, el canto de un individuo más sobre la tierra, con sus miedos y sus zozobras de barco fantasma, pero también con las anchas playas, las olas que golpean piedras furiosas y el canto de un pájaro. La ceremonia de la vida.

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