Carta al Echedey del pasado

Echedey Medina Déniz

Echedey Medina Déniz (Moya, 1994) cursa el Grado en Lengua Española y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC). Si bien hace relativamente pocos años que ha descubierto la poesía modernista de sus paisanos, se confiesa desde su infancia un admirador inconsciente de la sensualidad de los juegos florales del bosque umbrífero de Doramas, donde pasó sus años de niño jugando. Aún sin abandonar el juego, se ha sumado ahora a una aventura literaria que pretende ser el camino para ser partícipe de la fiesta de la vida, pues cree lo que dice Osho: «Conózcanse a sí mismos pues el camino es hacia adentro». Aunque cursó un primer año en el Grado de Historia, supo pronto que su amor siempre había sido la filología. Fue miembro del grupo literario El Paseo de los Flamboyanes y actualmente es miembro del grupo literario Palma y Retama, junto a otros compañeros de carrera.

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«Llega todas las noches a mi alcoba.
Sin tener ojos me mira, sin tener boca me habla, y su mirada y su voz son tan hondas como el silencio de los sepultados»
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—Teresa Wilms Montt

Querido,

Ante la fecha anodina aunque especial que debes de reconocer que fue tu reciente cumpleaños en Chile (recordando aquel cumpleaños en Manhattan de Mario Benedetti), sentí la necesidad no solo de recordarte y hacerte recordar que es inevitable que lo hayas vivido como cosa grande, aunque solo sea el envejecimiento humano de una hormiga que cree que está cumpliendo hacia atrás en este sueño de sueños que es la vida (tu vida, querido Eche, querido niño mío, tu vida misma en este mar de añicos que solo puedes recoger por medio de la escritura) sino de escribirte personalmente a tantos kilómetros del que eras antes de tu cambio, de la larva vital que fuiste antes de que la poda de las experiencias te diera un tijeretazo veloz, brillante y austral por el que ahora elevas tus alas, sutiles y cortantes hacia una mudanza más del alma, los ropajes que tiraste para ponerte estos que mañana tirarás de nuevo para posar desnudo otra vez ante la creación. Aunque nada es relevante, creo que contarte esta experiencia te puede ayudar mucho a ponerle palabras a tu vuelo y a seguir disfrutando de la pasión que tanto te gusta, de esa que es tu vocación, y que los que la compartimos, lo sabemos bien. Durante el tiempo que he pasado aquí, en Chile, a once mil kilómetros de distancia, me he hecho infinitamente más viejo y más solitario, de espejos turbios y camas desoladas, de un amor loco por los barcos y por la melancolía. Como un lago que vive en su propio reposo. He meditado mucho y he escrito otro tanto, y me he dado cuenta de varias cosas. Esto ha sido como una revelación para mí, si había dudado a ratos de mí mismo, ahora, desde el 24 de febrero, empezó un crecimiento personal imparable, una fe inquebrantable en el motor humano y una tenacidad que no conocía.

«sentía la necesidad de recordarte en estos tiempos de ruido, que tú eres el milagro, tú eres el cambio que quieres ver en el mundo, y que tu única tarea durante lo que dure el sueño es mirar, oler, saborear las cosas y contemplar la rosa sin poseerla»

Con Chile compartimos el puente histórico de la lengua y la historia, pero a la hora de la verdad y a tantos siglos de distancia desde 1492, creo que somos dos pueblos irreconciliables y distintos que han construido una convivencia histórica a pesar de sus dificultades y sus diferentes circunstancias. La historia de los pueblos está hecha de historias de personas, y las personas no estamos tan hechas de átomos como de historias y vivencias propias, circunstancias íntimas que nos han empujado a ser quienes somos y quienes en cierta forma podemos llegar a ser. Por eso, cuando me vi solo y ajeno en el aeropuerto de Santiago de Chile, me supe tocado por la varita mágica de la libertad, esa cosa que no se puede probar sin quemarse las manos. La libertad me dio mucho miedo, pero no sé de dónde, en ese momento saqué las reservas de una fuerza mayor que guardaba, una determinación inquebrantable en agarrar la vida por sus vértices y sacudirla para meterme en ella. A día de hoy, cinco meses y medio después, ese recuerdo me parece de un pasado muy remoto que no fue mío, pero lo fue. Lo fue aunque no me reconozca en sus cambios. Antes de irme, muchas veces culpaba a las personas, a las circunstancias y a todo lo que era ajeno a mí mismo, sin saber que todo eso era la proyección que yo tenía del mundo, de mi mundo. Me acostumbré, cedí a las comodidades de ser parte de un círculo de confort que no era honesto, y por eso mismo, este viaje ha tenido para mí una labor más espiritual que académica, que también lo ha sido. Por eso, he descubierto que nunca estamos rendidos, que cuando nos damos por vencido y tiramos la toalla, es cuando más cerca estamos de nuestros sueños y nuestra voluntad. En la vida no hay más metas que la vida ni más importancia que la vida. Con esto pienso que no nos debería importar nada más que honrar la vida, pues todo esto solo es una proyección personal, pero en el fuero interno de nuestros sentimientos más íntimos, nosotros sabemos quiénes somos y lo que nos define. Miguel Ruiz, autor de Los cuatro acuerdos toltecas, dice que la vida tiene dos secretos o pactos. El primero es Ser impecable con las palabras, y el segundo No tomarse nada personalmente.

Creo profundamente que, si interiorizamos esta verdad esencial y cósmica, haremos de nuestra vida un viaje más fácil en su totalidad, recogiendo los aspectos buenos y malos para complementarlos en uno solo, un significado de vivir que nunca llegamos a conocer, pero en el que debemos meditar.

No sé si me he extendido demasiado y si me he tomado más confianzas de las que debiera. Para muchos esto no será literatura, me da igual, para mí tampoco. Pero sentía la necesidad de recordarte en estos tiempos de ruido, que tú eres el milagro, tú eres el cambio que quieres ver en el mundo, y que tu única tarea durante lo que dure el sueño es mirar, oler, saborear las cosas y contemplar la rosa sin poseerla, sin tocarle ni una espina de su belleza imposible. Mostrarte, en fin, que estás terriblemente solo y que por eso eres maravillosamente libre. Un solo hombre exterminó a generaciones de judíos tan solo por su miedo. No dejes que tu miedo te consuma y te empuje a la carrera destructiva de las cosas. Haz de la contradicción tu meta, que la vida y el mensaje sean lo mismo, que el viaje sea hacia adentro. 

Atentamente, 

El de ahora,

08/07/2018, Santiago de Chile.

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