Hombre con traje rojo

Relato inédito del libro 'Lotavianos'

Damián H. Estévez

Damián H. Estévez (Los Realejos, Tenerife, 1960) estudió Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna. Ha impartido la docencia como profesor de secundaria de Lengua y Literatura en institutos públicos de El Hierro, Gran Canaria y Tenerife. Actualmente lo hace en el Instituto de Tegueste. Obtuvo el premio Félix Francisco Casanova del diario ‘El Día’ en el año 1977, y publicó algunos textos en ese periódico y en ‘La Tarde’. Ha publicado los libros de relatos ‘Lo que queda en el aire’ (Idea, 2010), ‘En el aire queda’ (Aguere-Idea, 2013) y la novela ‘Quién como yo’ (Aguere-Idea, 2015). Pertenece a la Nueva Asociación Canaria de Escritores (Nace).

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Antonio Reyes camina pegado a las paredes, por tendencia a buscar la sombra, aunque no la haya en días como hoy; una opacidad ictérica desdibuja las calles, vela los olores procedentes del océano y de las cumbres, y confunde la vista de los árboles, de las propias nubes, masas más de polvo continental que de humedad atlántica sobre la isla. Esta calígine también apaga el lustre de su vestido encarnado, lo desvirtúa y anula. Antonio Reyes contrarresta esta pérdida cimbreando su corpachón: caricaturiza el contoneo de sus caderas, coloca los pies uno delante del otro como si pisara una línea imaginaria, avanza con pantomima melindrosa para resaltar su calzado. Unas zapatillas planas de lona encarnada, con lentejuelas que asperjan reflejos carmesíes en los días brillantes, pero que hoy apenas semejan un manchurrón desaborido. Más de una vez probó a trabajar con zapatos de tacón, pero se rendía al final de la jornada, los pies metidos en un balde de agua tibia, masajeados por alguna de las chicas. No había sido su única rendición. A los diecisiete años claudicó ante la vida. 

Un poco más allá descubre a una pareja de septuagenarios que miran el escaparate de una tienda; se les acerca sonriendo como quien se ha encontrado con lo que busca.

—¡Don Antonio! —exclaman a la vez los ancianos cuando él los saluda. El hombre se apoya en un bastón y en el brazo de la mujer; ella parece más fuerte, aunque tan vieja como él. Ambos desprenden contento–, ¡qué alegría verlo!

«El grupo resulta de lo más irregular. La pareja de ancianos viste ropa barata, de la que se adquiere en mercadillos o dona la beneficencia»

Son bajitos y escuálidos, casi insignificantes junto a la mole cincuentona de Antonio Reyes, respiran con dificultad el polvo de la tarde, aunque su contento vence el bochorno que está agobiando a las islas. El grupo resulta de lo más irregular. La pareja de ancianos viste ropa barata, de la que se adquiere en mercadillos o dona la beneficencia, de tejidos sintéticos que, erizados por el calor, irrita sus pieles de por sí resecas. El tercer componente de esta banda casual, Antonio Reyes, luce un traje rojo de mujer, flamante, atrevido y perfumado. En contraste, sus labios están coloreados del mismo violeta que las uñas, su cabello engalanado con extensiones lilas, sus piernas velludas cubiertas por unas medias caladas de un malva oscuro. Además, el traje le apresa los gruesos muslos y los hombros, le está estrecho en la barriga y las caderas, por su amplio escote deja asomar un torso abombado y de vello hirsuto, nacarado de sudor.

—¡Cuánto le debemos, don Antonio! —El anciano está a punto de llorar, sus labios agrietados y convulsos, las arrugas se remecen alrededor de los ojos con imperceptibles sismos flácidos. Deja de apoyarse en su mujer y se coge con su mano libre de una de las del hombre. La aprieta con escasas fuerzas. Le transmite su propio temblor.

—Nada, nada —dice Antonio Reyes, y su voz suena grave, impostada—, para eso estamos.

—Que el Señor se lo premie, don Antonio —Interviene la mujer, con un quiebro emocionado. Por su parte, sujeta el otro brazo del hombre, y lo zarandea con espasmos bruscos—. ¡Ay, anda! —se disculpa—, a ver si le voy a jorobar su brazo.

—No se preocupe, se os agradece —balbuce Antonio Reyes, removido por los tembleques de los ancianos; no obstante, la situación parece satisfacerle—. ¿Y qué hacéis por aquí? ¿Dando un paseíto?

—Pues sí —responde la anciana—, nos echamos a la calle, pese al calor. Y aquí llevamos un ratito, en este escaparate, viendo esa ropita tan bonita.

Antonio Reyes sigue la mirada de la mujer; enseguida capta el mensaje que esconde este gesto: tras los cristales se expone ropa de bebé.

—¡Vaya! —Se alboroza—. ¿Entonces ya os nació el nieto?

El anciano rompe, por fin, a lloriquear. La mujer, pronta, con la mano libre, revuelve en su bolsón de plástico, saca un revoltillo de papel y se lo ofrece.

—Sí —asiente la mujer mientras vigila cómo su marido, dominado por el temblor, pugna por alisar los pañuelos y sonarse—, al fin llegó uno, después de los dos abortos.

«Los ancianos se deshacen en agradecimientos. Sueltan los brazos del hombre vestido de rojo; siguen temblando»

—Pues enhorabuena, abuelos. —Mueve sus brazos, acompasándolos al meneo de las manos que los apresan, en señal de congratulación.

Ambos ancianos se miran, y aparece una expresión cómplice en sus ojos. Cada uno, a la vez, aprieta más el brazo de Antonio Reyes que tiene aprisionado.

—¡Cómo se ha puesto la vida! —Exclama ella.

—¡Que no pueda uno festejarlo! –Agrega él, y echa otra mirada, furtiva, al escaparate. Furtiva e intencionada.

Antonio Reyes, de inmediato, entiende; suele ser perspicaz para estas demandas. En realidad, aprueba la estrategia. Quienes la emplean mantienen su dignidad y se sienten comprendidos. Todo esto a él lo alegra.

—Pasaos mañana por el local. Algo encontraremos para que haya celebración. Acaba de llegar una partida de ropa infantil.

Los ancianos se deshacen en agradecimientos. Sueltan los brazos del hombre vestido de rojo; siguen temblando, pero es el júbilo lo que nutre su temblor, no la vejez. Incluso el metal triste del bastón de él y el plástico escarnecido del bolso de ella, los ribetes apagados del chándal de él y las flores marchitas de los pantalones de ella, parecen brillar en la tarde como abastecidos por la luz interior de los ancianos. 

Se alejan, el viejo apoyado en el bastón y en la mujer, que avanza con pasitos cortos; no hablan entre sí, pero Antonio Reyes adivina su coloquio. Los contempla durante unos minutos: el calor, el sofoco de la tarde, se alivian con la fresca esperanza que mueve a los ancianos.