Lázaro

Cristo Saavedra
Foto: Raúl Ramos.

 

Cristo Josué Saavedra Sarmiento (Guía de Gran Canaria, 1981) inicia sus estudios universitarios casi al mismo tiempo que su pasión por la escritura (después de varios años sin quitarle la caperuza a la estilográfica). Actualmente se encuentra cursando las últimas asignaturas del Grado en Lengua Española y Literaturas Hispánicas, carrera que pretende terminar con un interesante proyecto sobre la obra poética de Jorge Luis Borges. Si todo marcha según lo previsto, en junio de este mismo año cerrará este ciclo universitario para especializarse en Español como Lengua Extranjera (ELE), dejando nuevamente su tierra canaria para continuar con un proceso de formación que le permita cumplir los sueños propuestos años atrás. En los últimos meses ha publicado varios microrrelatos en diferentes antologías y hace poco dio un pequeño gran salto con un libro de relatos cortos, reflexiones y poemas, titulado ‘Antología de un comienzo’.

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Lázaro Solovióv Gutiérrez conducía un viejo Seat Málaga por una autopista solitaria y calurosa. Más calurosa que solitaria. El vaho del asfalto invitaba al espejismo y Lázaro no hacía más que enjugarse la frente y el cuello ayudándose del trapo con el que otras veces limpiaba el parabrisas. Pensaba en su nombre y en sus apellidos y en lo atropellados que sonaban. Su padre le había dejado en herencia la más complicada conjunción entre él y su madre y el calor hacía que la reflexión sobre si somos como nos llamamos cobrara una fuerza agotadora. Recordaba su infancia a las afueras de Samara y las mañanas en las que jugaba a orillas del Volga con su nevaliashka roja. Echaba de menos la brisa fresca bajo el abrigo de una madre inmigrante en un país donde lo único propio era su hijo mientras observaba un horizonte desértico y anaranjado.

Las horas avanzaban y los kilómetros abandonados por la incertidumbre le permitieron llegar a una estación de servicios ajena al paso del tiempo. Pensó que necesitaría repostar, a pesar de llevar dos garrafas de combustible en el maletero. Detuvo su coche y esperó a que alguien se acercara.

— Buenas tardes, amigo —oyó desde la otra ventanilla.

— Buenas tardes. ¿Podría llenarme el depósito?

— Por supuesto, para eso estamos.

Esperaba con los ojos cerrados a que sonara el ruido que hacen las pistolas de los surtidores para indicar que ya no pueden expender más combustible y escuchó algo que le resultaba lejanamente familiar en un idioma olvidado. Abrió los ojos sin ninguna prisa y observó a un señor bastante mayor sentado en un banco desteñido, justo al lado de la entrada de una cafetería que alargaba la estación un poco más hacia el horizonte. Decidió entonces resucitar de su letargo y tomar algún refrigerio para afrontar las inciertas horas que lo separaban de un destino que desconocía. Observó al señor mayor mientras se acercaba a la puerta bajo el cartel El Café de Sísifo y adivinó un rostro extranjero, ligeramente quemado por el insidioso sol, que balbucía incoherencias apenas perceptibles al ritmo, armonioso y simétrico, de un balanceo mahometano.

«el señor mayor que había visto antes de entrar en El Café de Sísifo le estaba sonriendo con una mueca huérfana de piezas dentales»

El interior de la cafetería era de una apatía soporífera. La camarera tenía sobrepeso y sudaba tanto o más que Lázaro. Justo detrás había un anciano ceniciento cuyos diminutos ojos azules se perdían en dos simas profundas. El resto de comensales parecía de atrezo. No había olores, no se percibía ningún ruido. Tomó té de limón helado y compró una botella de agua fresca para el camino. Se despidió de la camarera. «Hasta luego», respondió ella.

Lázaro pagó el combustible, se subió en el coche y dijo «Adiós» al empleado recibiendo la misma respuesta que le había ofrecido la mesera. Puso el Seat en marcha y observó que el señor mayor que había visto antes de entrar en El Café de Sísifo le estaba sonriendo con una mueca huérfana de piezas dentales. Sujetaba algo que sobresalía por la parte inferior de la mano en forma de bola roja y que le llamó poderosamente la atención. Avanzó despacio mientras analizaba los gestos del peculiar individuo y cuando estuvo a su altura este le cantó: «Poká, poká… Privet, privet. Poká, poká… Privet, privet». Lázaro aceleró progresivamente la marcha y observó a través del retrovisor cómo el singular personaje se situaba justo detrás, en medio del asfalto, y se despedía mientras sujetaba un juguete que no había vuelto a ver desde que dejara Samara tras la muerte de su padre. Lázaro jamás supo que la carretera siempre terminaba ahí.

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