Rumores

Carlos Ortega Vilas

Carlos Ortega Vilas (Las Palmas de Gran Canaria, 1972) es escritor, profesor de español —labor que ha desempeñado tanto en España como en Grecia—, corrector profesional y de estilo. Fue responsable entre los años 2007 y 2014 de los cursos de escritura de relato en Letra Hispánica (Salamanca). Desde 2015 coordina los talleres de escritura creativa Fuentetaja en Las Palmas de Gran Canaria. Es autor del libro ‘Tuve que hacerlo y otros relatos’ (Baile del Sol, 2015). Sus relatos han aparecido en diversas antologías, como ‘Diario del Padre Tadeus Rintelen / Resaca negra’ (Ediciones Hontanar, 2013), ‘A los cuarenta y otros relatos en crisis’ (Ediciones Beta, 2011) o ‘La lista negra: nuevos culpables del policial español’ (Salto de Página, 2009), entre otras. ‘El santo al cielo’ (Editorial Dos Bigotes, 2016) es su primera novela.

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«Cuanto más los oprimía el odio de afuera, tanto más íntima iba volviéndose su unión»  
Heinrich Heine (El rabino de Bacherach)

Pedro y Pascal eran hermanos. Hermanos gemelos. Vivían solos, cerca del río —no lejos de la tenería—, en un caserón maltratado por el tiempo y el abandono. Evitaban el contacto con los demás: el bar de la plaza, la misa de los domingos. Las fiestas del santo patrón.

Eran pelirrojos, como su bisabuelo paterno, e igual de corpulentos. Circulaban muchas historias siniestras sobre aquel antepasado que, antes de instalarse en el pueblo y fundar la tenería, había sobrevivido a un naufragio de camino al continente. Todos, tripulación y pasaje, perecieron ahogados, salvo el bisabuelo de los gemelos y un grumete. El muchacho —recordaba algún viejo en el bar—, nunca llegó a contarlo. Arrojados a un islote rocoso en medio del océano, enloquecidos por el hambre y la sed, el más viejo abrió en canal al más joven. Se decía que devoró sus entrañas y bebió su sangre, que se untó el cuerpo con la grasa del desdichado y se abrigó con su piel para no morir de frío. Por aquel entonces la ley no escrita del mar contemplaba la antropofagia como una posibilidad ante la necesidad extrema. Y como nunca pudo demostrarse el crimen, el bisabuelo de los gemelos logró salvar —nunca mejor dicho— el pellejo.

Decían también que primero el abuelo de Pedro y Pascal y luego el padre cayeron víctimas de la cólera divina —o el licor, según otros—: uno a un pozo medio cegado, el otro en una acequia casi agostada, empujados tal vez por aquella sed atroz y sin cura que llevaban en la sangre. Y hubo quien llegó a insinuar que los gemelos habían heredado, además de la sed desmedida de sus antecesores, el apetito por la carne humana, más por asustar a los niños en los fuegos de campamento que por convicción. Fuera de aquellos rumores, poco más se sabía de los gemelos, salvo que vivían —malvivían, se decía— del exiguo capital que les aportaba el alquiler de la tenería levantada por aquel bisabuelo, pelirrojo y voraz. Una herencia que generación tras generación fue descomponiéndose entre acciones y repartos, hasta que los padres de Pedro y Pascal ya solo poseían una pequeña parte. Tras morir su madre, los gemelos decidieron —si es que podían decidir algo aquellos dos infelices— arrendar lo poco que les quedaba a gente con mayor visión empresarial.

Y dejaron que la casa los engullera. El jardín se llenó de maleza, las maderas del porche se pudrieron, los muros se desmigajaron bajo la lluvia y el granizo. Los escasos vecinos que aún permanecían en el barrio poco a poco emigraron a lugares más prósperos o, como mínimo, más alegres. Hasta que solo ellos quedaron, entre ruinas apuntaladas, solares vallados y malas hierbas.

«La gente murmuraba. ¿Qué buscaban? ¿Se cocía algo en casa de los gemelos? Nadie lo sabía»

Sin embargo, la casa todavía suscitaba la curiosidad de algunos, la avaricia de otros —pocos: vagabundos, tipos turbios que de vez en cuando rondaban la propiedad, o lo que de ella quedaba, y luego desaparecían—. La gente murmuraba. ¿Qué buscaban? ¿Se cocía algo en casa de los gemelos? Nadie lo sabía, porque nadie había traspasado nunca el umbral de aquella casa o nadie recordaba —o admitía— haberlo hecho.

Lo cierto es que algo sí se cocía allí, sin descanso.

Cada mañana, después del desayuno, Pascal hervía cúrcuma en un caldero de cobre. Ponía apenas un fondo de agua al fuego, abría el bote de la cúrcuma y, al primer hervor, la esparcía con un cucharón de madera —lleno hasta los bordes— y removía, removía, abismado en aquella efervescencia cuyo fulgor arrancaba chispas a sus pupilas verdes y se enredaba en los mechones de su pelo. Con el tiempo, el rostro de Pascal adquirió un tono anaranjado. Su transpiración, el inconfundible efluvio de la cúrcuma. Destellos de oro líquido sus ojos, signo de una extraña fiebre. Así podía pasar días enteros, removiendo y admirando la mezcla incandescente, el bullir azafranado de la cúrcuma que ya impregnaba las paredes de piedra, las vigas y los suelos de pino, las alfombras raídas, las partículas de polvo en suspensión con su aroma picante y ocre.

A Pedro se le podía ver cada quince días en el mercado —que nunca faltara, por supuesto, provisiones de cúrcuma para Pascal— o recorriendo en horas inciertas las calles del pueblo, a la caza de su propia obsesión.

«Decían en el pueblo que no existía granizo capaz de hacer saltar tanta teja en pedazos»

Al pie de los saledizos, violentando parterres y arriates, Pedro rebuscaba entre el barro fragmentos de tejas que el pedrisco arrancaba y la lluvia, frecuente allí de enero a mayo, arrastraba al suelo fangoso de los jardines. Decían en el pueblo que no existía granizo capaz de hacer saltar tanta teja en pedazos, que era él mismo quien, entrada la noche, se dedicaba a tirar piedras contra los tejados de los vecinos para nutrir su peculiar colección. Eso decían, aunque nadie —ni el más trasnochador— pudiera jurar, sin faltar a la verdad, haberle sorprendido alguna vez en tan flagrante actitud.

Luego guardaba los pedacitos de teja en grandes botes de cristal, como de conservas. Cuando ya tenía uno casi lleno, le gustaba introducir la mano y revolver, revolver, con los ojos cerrados, evitando por instinto las aristas cortantes. De vez en cuando se llevaba un dedo a la boca para succionar la sangre de alguna herida, porque en ocasiones perdía la concentración y el filo de una teja —zas— le daba un mordisco.

Decían de ellos que eran raros, no sin cierto resquemor. Tan pelirrojos, tan ajenos. Tan miserables.

Siempre hay quien se interesa por seres así. Por lo general, con la intención de saciar la propia curiosidad, ventilar secretos ajenos o sacudirse el hastío de los días interminables de verano, las larguísimas noches de invierno —con sus aguaceros y su pedrisco— y las demás, no menos aburridas y húmedas, fechas del calendario.

«percibió aquel olor a especia picante y ocre que se entremezclaba con otro aún más rancio, más penetrante. ¿Era moho? ¿Humedad?»

Lo de menos es el motivo si se puede obtener algún provecho, debió pensar aquella vecina que, contra todo pronóstico, logró colarse en casa de los gemelos una mañana, esgrimiendo excusas y subterfugios, invocando razones y beneficios —que si alguien que limpie, que si alguien que guise, remiende la ropa, haga la colada, planifique las compras, les enseñe trucos para economizar en las facturas, quién mejor que yo, una viuda de guerra sin hijos a los que mimar. Y aquí estoy, para eso y lo que se tercie, a su servicio, así de solícita es una, por un módico salario, yo, ¿puedo pasar?—. Y descubrió la insólita afición de Pascal por la cúrcuma, los innumerables frascos de fragmentos de teja que atesoraba Pedro en los anaqueles del salón depauperado y gris, y percibió aquel olor a especia picante y ocre que se entremezclaba con otro aún más rancio, más penetrante. ¿Era moho? ¿Humedad? Sin duda, sin duda, chismorreó a la salida de misa ese domingo. Pero había algo más. Algo que procedía del sótano y se colaba por las fisuras del suelo —lástima de carcoma que no respeta ni el corazón de los mejores pinos—, un olor como a cuero. A cuero añejo y fermentado, si es que eso era posible.

¿Y qué tenía de extraño que la casa oliera a cuero —adujo alguien con cierto sentido común—, siendo como eran los gemelos descendientes de curtidores? Quizás les pagaban en especie una parte de la renta, quizás almacenaban allí las pieles. Quizás las vendían en el mercado negro y por eso los tipos raros, los vagabundos que aparecían por el pueblo y luego desaparecían sin más.

La viuda se encogió de hombros. Nunca sabría qué ocultaban en el sótano los gemelos porque, tras escucharla con aire de espanto mal disimulado, la acompañaron hasta la puerta y, sin culpa ni pena, la echaron. Aún sentía el olor a cúrcuma, humedad y cuero adherido a lo más profundo de sus fosas nasales.

A pesar suyo, la revelación tuvo un efecto tranquilizador en las conciencias de sus convecinos. Los gemelos trapicheaban con pieles, y eso —todos coincidían, salvo la viuda— les hacía parecer más humanos. Más normales. Que uno coleccionara fragmentos amputados a las techumbres de sus casas y el otro cociera cúrcuma sin propósito —conocido, al menos— les resultaba ahora un hecho anecdótico, carente de interés. Por un tiempo, cesaron los rumores.

Entonces sucedió que los propietarios del solar contiguo a la casa de los gemelos vendieron la finca. Los nuevos dueños decidieron derribar el edificio de dos plantas que ya amenazaba ruina, talar los árboles del jardín, sanear el terreno y construir —o eso se oyó decir— unos adosados con piscina.

«enseguida desenterraron más huesos. Huesos y más huesos, cráneos y más cráneos»

Durante las labores de tala y desescombro, al remover la tierra, aparecieron los primeros restos.

De la ciudad llegaron policías, perros, forenses. Y con ellos la prensa, los curiosos. Enseguida desenterraron más huesos. Huesos y más huesos, cráneos y más cráneos. Algunos grandes y muchos pequeños. Algunos muy viejos. Otros conservaban intacta la piel.

Al registrar la casa de los gemelos, la policía encontró en el sótano una enorme cantidad de calzado. Miles de zapatos, de todo tipo. Botas, mocasines, sandalias, botines, chinelas, casi todos de cuero. Tallas grandes y pequeñas —muchas, muchas tallas pequeñas—. Algunos muy viejos. Otros aún se podían encontrar en los catálogos de las zapaterías. Todo olía a cuero, a moho. A humedad y cúrcuma. A putrefacción.

Detuvieron a Pedro.

Pascal desapareció.

Que los zapatos hallados en el sótano guardaran relación con los restos encontrados en el solar contiguo a la casa de los gemelos nunca pudo demostrarse. Durante el juicio, Pedro se negó a declarar. El dictamen del psiquiatra fue tajante: era un tipo raro, sí. Pero estaba cuerdo. A pesar de la ausencia de pruebas incriminatorias, de móvil y de arma homicida, a pesar de que nadie reclamase ninguno de los restos humanos ni se lograra determinar si alguno encajaba con el perfil de los muchos desaparecidos que constaban en los archivos policiales o con el calzado descubierto en casa de los gemelos, a pesar de todas las dudas razonables y la presunción de inocencia, Pedro fue declarado culpable por un tribunal popular. Dada la pasividad del acusado, el abogado de oficio ni siquiera intentó apelar la sentencia.

Pascal seguía en paradero desconocido.

«Le advirtieron que ocultase bien el frasco. Ningún guardia debía descubrirlo: sería su secreto, solo de ellos. Pedro asintió, con gesto cómplice»

Pedro ingresó en prisión. Sus compañeros de celda lo recibieron con cierta cordialidad, o eso le pareció. Al poco, uno le regaló un frasco de cristal. Otro, un fragmento de pizarra desprendido de un tejabán del patio. Le advirtieron que ocultase bien el frasco. Ningún guardia debía descubrirlo: sería su secreto, solo de ellos. Pedro asintió, con gesto cómplice. Durante meses, le hicieron el mismo obsequio —un trocito de pizarra aquí, un trocito allá—, hasta que pudo llenar el frasco de esquirlas oscuras que cada noche revolvía y revolvía, cortándose a menudo, porque eran mucho más afiladas que los fragmentos de teja que solía encontrar en los jardines de su pueblo. No importaba. Aquel tintinear casi metálico lo tranquilizaba, lo adormecía.

Y, por un instante, regresaba a casa.

Una noche, ya muy tarde, sus compañeros lo despertaron. Primero lo amordazaron. Luego le quitaron el frasco, lo abrieron y desparramaron sobre el catre todo su contenido. Dos reclusos lo inmovilizaron sujetándole los brazos. Otro —el más fornido—, las piernas. El cuarto le hizo un corte profundo por encima del ombligo. Cuando comenzó a introducirle, una a una, todas aquellas esquirlas de pizarra negra en el estómago, Pedro perdió el conocimiento. A la mañana siguiente el juez certificó la defunción. Suicidio, divulgó la prensa.

A Pascal lo encontraron flotando en el río un día después. En el transcurso de la autopsia, el forense hizo notar al taquígrafo que tanto la piel como los órganos internos del cadáver desprendían un sutil —pero inconfundible— olor a cúrcuma. Por desgracia, no fue posible esclarecer las circunstancias de su muerte.

Los crímenes del jardín, si lo fueron, jamás se aclararon.

La tenería quebró.

La casa de los gemelos sigue allí, a la espera.

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