Los aparejos, las redes y las sirenas

Texto leído en el panel 'La edición de la poesía en el panorama editorial actual y el libro de poesía impreso y los nuevos soportes tecnológicos', dentro del I Encuentro Internacional de Poesía de Ponta Delgada el 14 de octubre de 2017

Aquiles García Brito

Aquiles García Brito (Las Palmas de Gran Canaria, 1959).  En narrativa, sus cuentos han sido incluidos en ocho antologías de diferentes editoriales. En poesía ha publicado ‘La voz mirada’ (2011), ‘Otro uno, reparto y localizaciones’ (2014), ‘El corazón en la esquina’ (2014), ‘El vendedor de caracolas’ (antología bilingüe española rumana en la Biblioteca Universal de la Universidad de Bucarest, 2015), e ‘Isla y vuelta’ (2016). Incluido en la publicación brasileña ‘Brasil 2014–Álbum de poesía’, con motivo del Campeonato Mundial de Fútbol 2014. Ha publicado poesía, cuentos y crítica literaria en las revistas ‘Orizont Literar Contemporan’, de Rumanía; ‘Isla Negra’, de Italia; ‘Cultura Colectiva’, de México; ‘Arte y Cultura’, ‘Diario de Avisos’, El Diario.es y la revista ‘ACL’ de la Academia Canaria de la Lengua, de España. Es fundador y expresidente (2010-2016) de la Nueva Asociación Canaria para la Edición (Nace).

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Agradeciendo públicamente  a los organizadores de este Encuentro Internacional de Poesía de Punta Delgada, y a las autoridades de esta «auténtica ciudad de la poesía»  su invitación  a participar en él —la guardaré para siempre donde se atesoran las cosas que, aun  pareciendo no servir para nada, son imprescindibles, ¡y este lugar no es la memoria dura de mi ordenador!—, procedo a darles mi visión sobre la edición de la poesía en el panorama editorial actual y el libro de poesía impreso y los nuevos soportes tecnológicos, asuntos sobre los que trataré abocado por mi desconocimiento del portugués, idioma tan musical, y la consecuente lentitud de reacción. Cuando entendí el programa y quise apuntarme al primer panel, el más atractivamente poético de los tres por su título, mis estimados y avispados colegas habían ocupado los puestos, de modo que no tenía otras opciones sino adherirme a cualquiera de los dos restantes. Aunque la inspiración me exigía escribir sobre «la poesía como lectura del mundo» y principalmente acerca de «la insularidad en la poesía», no en vano mis últimos poemarios se llaman Isla y vuelta y Puerta de embarque, no será casual mi exposición sobre  aspectos de la edición, sobre la que he acumulado una larga experiencia de seis años en Canarias, durante los cuales se han podido publicar unos sesenta y cinco títulos, creciendo paulatinamente entre ellos los de poesía, en detrimento de los narrativos y de otros géneros.

En todo caso, a pesar de este adelantamiento sin contemplaciones, quiero mantener mi trato de «queridos» a todos los escritores aquí presentes, pues es necesario  el amor por la creación literaria de los otros —no sólo por la de los fallecidos—, tan escaso hoy en día, y así permitir el crecimiento de  la propia y, en contra de lo árido y técnico que se presume el asunto a desarrollar, espero que mi intervención contenga algún  interés poético para ustedes.

No nos  atemoricemos por la edición de la poesía en el  panorama editorial actual. En realidad, como veremos enseguida, disfrutamos del mejor momento de toda la historia de la publicación, en cuanto a facilidades para el creador se refiere. Hoy salen más libros de poesía que nunca, por encima de todo porque la «Poesía —y me refiero al impulso creador del individuo, y no a un ente extraño e invisible capaz de existir sin él—» ha demostrado un empeño y una tozudez más grande que la propia historia de la humanidad en superar las atrocidades, cada vez mayores, que esta última ha sido capaz de generar cercenando y limitando, casi hasta su extinción, el fuego poético, y seguir viva. Theodor Adorno, (1903 -1969), filósofo alemán de origen judío, afirmó en el primer tercio del siglo XX: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie», pero aquí estamos nosotros, muchos años y horrores después, en este magnífico Encuentro Internacional de poesía de Punta Delgada, presentando poemarios y hablando de poesía, recitándola al público general y reflexionando sobre cómo prender la llama en los jóvenes a través de la educación, y en nuestras sociedades en las circunstancias y con los medios a nuestro alcance, a partir de la herencia de rescoldos recibida y, con mucho mimo, custodiada.

«jamás se han alcanzado las cifras de publicación que se registran hoy»

La expansión de la edición literaria, y dentro de ella la de la poesía, es un hecho patente e irrefutable. Jamás se han alcanzado las cifras de publicación que se registran hoy, debido principalmente a dos factores: el primero, el avance aceleradísimo e ineludible de la tecnología y su aplicación a la impresión, lo cual ha permitido pasar de la tipografía tradicional a la impresión offset, sistema a base de tinta y agua, y de esta a la impresión digital, reduciéndose muy significativamente el coste de producción y, por lo tanto, el precio final del producto —y no olvidemos que el libro es eso, un producto— , facilitando tiradas cada vez más pequeñas, y llegando a la impresión a la carta con los sistemas digitales más potentes, bajo petición del mercado, de cuatro, dos o un ejemplar, eliminando, en este último caso, el almacenaje de libros en las distribuidoras, y menguándolo a la mínima expresión, uno o dos de las novedades, en las librerías.  Tiradas de doscientos o incluso cien unidades, la más habitual hoy, eran irrealizables con anterioridad. La aparición de estas gigantescas fotocopiadoras digitales, capaces de fabricar libros a partir de pliegos de papel ya cortado, en sustitución de las bobinas, con tinta en polvo y pegado con cola caliente, en lugar de la líquida y el cosido, respectivamente, supone un enorme avance democrático — en el sentido de accesibilidad—.

Y no es gratuita la alusión a la  «democracia», pues estas circunstancias descritas, junto con el otro factor de los dos antes señalados como causas de la enorme producción editorial, el abaratamiento de la informática con su adaptación a aparatos más accesibles y de funciones  múltiples, y  la simplificación  de uso de los programas, más fáciles y con más herramientas y recursos, han popularizado inimaginablemente la escritura y, dentro de ella, por supuesto, la literaria, hasta el punto de que se pueda afirmar que quien no escribe es porque no quiere o no le interesa. Este acceso universal unido a la omnipresencia de las redes sociales, de repentina aparición y desarrollo instantáneo, muy ligada también al avance tecnológico, parecen una ventaja enorme para la difusión de la poesía en comparación con otras artes, por ejemplo la pintura, por los precios disparatadamente elevados que pueden alcanzar sus obras, las cuales acaban colgadas exclusivamente en las mansiones de los muy adinerados o, temporalmente, en los fríos museos, impidiendo la difusión generalizada en todos los hogares y a todas las manos, sin distinción de clases, grupos o edades, que, con estos procesos baratos parecemos haber conquistado o, al menos,  tener a nuestro alcance los poetas.

«Pero, ¿es esta facilidad totalmente buena para nosotros? No; presenta sus problemas. El principal, que se ha reducido contradictoriamente el número de lectores»

Pero, ¿es esta facilidad totalmente buena para nosotros? No; presenta sus problemas. El principal, que se ha reducido contradictoriamente el número de lectores. Los que antaño lo eran, y que nunca fueron tantos —todos sabemos del seguimiento minoritario de la poesía—, ahora se han convertido en escritores que, por lo menos, inician su aventura,  añadiéndose además, al grupo numeroso de aquellos que no siendo ni lectores siquiera, pretenden seguir el mismo camino, en su legítimo derecho, claro está, pero haciendo pasar por poesía lo que no lo es, aumentando la competencia y la dificultad para que la de cada uno de nosotros, ocupe el espacio digno y diferenciado según su merecimiento. Tenemos, por tanto, desde el punto de vista del creador, aspirante siempre al mejor reconocimiento de su trabajo,  una dificultad de promoción y de venta del mismo —y  perdonen que sea tan mercantil. ¿Acaso no lo es el mundo literario?—, ante la cual debemos adoptar estrategias eficaces y, en cuya planificación y ejecución, una mala utilización de los nuevos medios como son las redes sociales, nos puede perjudicar, y mucho, en lugar de favorecernos, mucho también. La dimensión del éxito o fracaso, en relación a nuestro objetivo concreto, unas lineas atrás apuntado, la podemos imaginar invocando las cifras de más de dos mil millones de usuarios mensuales activos de Facebook, la principal red social o los ochocientos millones de Instagram, o los más de mil millones de WhatsApp, red de reciente utilización para mostrar las creaciones literarias.

Nuestra obra no alcanzará nunca el impacto, positivo o negativo, del total de estas cifras, al menos por estas vías, pero ellas nos pueden dar una idea  a escala de la dimensión apropiada para nuestra promoción. Las redes sociales deben ser utilizadas como mero escaparate de nuestra obra poética, no como su soporte, pues grandes son los peligros del plagio más descarado o de la copia disimulada, y me acuerdo ahora del «corta y pega» de autores distintos para componer un collage, así como grande también el de su desprestigio por comparación de una cosa que es con otra que no pero que se le parece o gusta, precisamente al no interesado en la lírica.

Advierto  esto de  las redes sociales y no de los nuevos soportes tecnológicos, por ejemplo el libro electrónico o los programas lectores de libros  instalados en ordenadores de sobremesa, tabletas o móviles. A mi entender merecen un tratamiento distinto no coincidente siempre con el hecho por la industria de estos artilugios. En lo referente a la poesía, las única aportaciones son la transportabilidad y el ahorro de espacio, y algunas facilidades lectoras, como acondicionar el tamaño de la letra y el brillo de la pantalla para leer de noche sin molestar a nadie, porque la mayoría de las novedades de estos nuevos soportes no le son apropiadas , necesitada tanto de la baja velocidad a la hora de la lectura interpretativa, como de la indefinición o ambigüedad del lenguaje, y no de la aclaración denotativa inmediata, como los diccionarios en línea de apretar y consultar, por citar una, aunque sí son muy válidas en otras formas de literatura o situaciones, por ejemplo el estudio.  Poder anotar en la pantalla no es siquiera una opción nueva; ya  lo hacemos en el libro tradicional. Al contrario, se añade el ruido de la capacidad de hacer varias tareas a la vez prodigada por estas máquinas muy adictivas; el entretenimiento despistado en contra del silencio, la concentración y el recogimiento que requiere la palabra poética.

«Cada uno de nosotros tenemos nuestro propio ritmo, y son nuevos todos los recursos en exploración por primera vez, aunque ya hayan sido inventados y utilizados por otros»

No debemos tener miedo, sin embargo, de estos nuevos soportes, amados compañeros; habiendo sólo poesía que puede ser recitada y otra que, obligatoriamente, tiene que ser leída, su soporte ha de ser siempre sonoro o textual, y esto se garantiza en tales equipos, los cuales convivirán con el papel alargando su tiempo de vida. Debemos, por el contrario, desde esta de  perspectiva de creadores —la que aquí nos ocupa— esperanzarnos por su existencia y prestar interés por las nuevas posibilidades compositivas que nos pudieran ofrecer y, para nuestros intereses expresivos, resultaran atractivas. La literatura es  el arte de la expresión verbal según la define el Diccionario de la Lengua Española, y con el precepto de que nos sirva siempre en cuenta, estamos obligados a investigar los nuevos caminos ahí tapados, tal vez,  por una selva de «chips», «leds» y apps,  con las intenciones, pero no necesaria ni exclusivamente al modo, del brasileño Arnaldo Antunes, arriesgando con el carácter rítmico del lenguaje, manipulando su voz en directo y mezclando sonidos preparados, a su paso por el Festival Internacional de Poesía de Barcelona ¡en dos mil once!, entre otros. Yo, tres años más tarde —¡hacen ahora tres!— incorporaba un disco compacto —objeto casi desaparecida del mercado— a la contracubierta de mi poemario Otro uno, reparto y localizaciones, que contenía todo el libro recitado por distintas voces. «¡Cuanto tiempo llevamos de retraso!» se podrían pensar. Es relativo ¡Quizá ninguno! Cada uno de nosotros tenemos nuestro propio ritmo, y son nuevos todos los recursos en exploración por primera vez, aunque ya hayan sido inventados y utilizados por otros. El acervo es colectivo pero el viaje es personal.

Queridos colegas, que estos nuevos soportes y medios, no solo los informáticos sino también los acústicos y los visuales, y de cualquier índole,  junto con los tradicionales, nos ayuden a salir de «la cacería nocturna en un bosque lejanísimo» —irremplazable Lorca— que supone hacer un poema, con la presa de la metáfora viva, y no se conviertan en «metáforas  figuradas o falsas, que nos van acompañando» y frente a las cuales «debemos tapar los oídos, como hizo Ulises frente a las sirenas».

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