Un cuaderno aparcado en la mesa

Texto #8 del especial que DRAGARIA dedica a la escritora y periodista Dolores Campos-Herrero en el X aniversario de su fallecimiento

Especial Dolores Campos-Herrero

 

Ángeles JuradoÁngeles Jurado (Las Palmas de Gran Canaria, 1971) es periodista. Actualmente trabaja en el equipo de comunicación de Casa África y escribe en el blog especializado África no es un País y en el portal Planeta Futuro, del diario ‘El País’. Anteriormente trabajó en varios medios de comunicación y empresas con sede en Gran Canaria y residió durante una temporada en Madrid, Estocolmo y Dublín. Ha publicado dos libros de columnas periodísticas, una recopilación de microrrelatos y otra de relato corto, además de participar en varios proyectos literarios colectivos. Coordina el Club de Lectura de Casa África. Bloguea de vez en cuando.

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Supongo que la vi por primera vez en la televisión: un día se materializó en la pantalla armada con sus gafas, coronada por la fogalera de su pelo, dueña del aire calmo de su esquinita de Telecanarias.

Empecé a leer su obra más tarde, en el periódico. Se convirtió en la firma que daba sentido al acto casi quijotesco, de puro antiguo, que es comprar ese cachito de obsolescencia empapada en tinta que se llama diario. Luego la seguí por las esquinas del Monopol, por donde vagaba como flotando en una burbuja, exactamente igual que en la televisión, pero animada con una sonrisa siempre afable. Paseaba una mirada distraída y sabia, que te estudiaba sin intimidarte.

Gracias a la alianza de la suerte y el tiempo, llegó el momento en que trabamos amistad y compartimos películas y amaneceres africanos. Cuando me empezó a regalar sus libros dedicados, me sentí privilegiada. Me cautivaban por igual la delicada poesía y la mala leche, la ironía, las pequeñas crueldades, los finales inesperados que se me desplegaron delante entre columnas, poemas y cuentos.

Creo que se fue en el momento exacto en que el mundo parecía impensable sin ella. Cuando sus escritos ya eran una droga perfecta: píldoras del tamaño y la densidad precisas, con las palabras justas, capaces de sublevarle a una el alma, de ponerle en carne de gallina el corazón, de hacerle mejor persona. Se fue cuando a muchos nos inspiraba a escribir, cuando brindaba una oportunidad generosa a la voz que cada uno de nosotros tiene y que puede usar para contar historias.

Como ella hacía, hoy tengo un cuaderno aparcado en la mesa, por si me desvelo por la noche y quiero apuntar una idea antes de que se evapore. Me he puesto gafas y archivo diferentes tipos de infusión en la cocina. Hay imágenes que me llegan a los dedos como si me las dictara. Hay historias que leo en las páginas de otros y que me gustaría haber escrito para dedicárselas a ella.

Hoy se sienta en una balda con Dorothy Parker y Jane Austen, a tres lomos de libro de Robert Louis Stevenson y un par de niveles por encima de Mika Waltari, Margaret Mitchell, Cesare Pavese. Creo que se proponen enigmas entre ellos y  que se retan a historias cuando apago la luz de mi biblioteca.

Cada octubre me gustaría consultarle un final de novela sorprendente o me imagino una primera frase que la cautive.

No sería yo sin ella.

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