A solas con los muertos

Incluido en el libro de relatos 'Cuentos gozosos', que se presenta el 16 de noviembre

Rosario ValcárcelSu nacimiento en Las Canteras influyó en su primer libro ‘La Peña de la Vieja y otros relatos’ (2006, 2014) homenaje al mar de la infancia, a la evocación y la memoria. Ha publicado la trilogía de relatos eróticos ‘Del amor y las pasiones’, ‘El séptimo cielo’ (2007, 2013) y ‘Sexo, corazón y vida’ (Anroart, 2010, 2013), el poemario ‘Las Máscaras de Afrodita’ (Idea, 2009) —también en versión bilingüe alemán-español ‘Die Masken Aphrodites’ (Nace, 2011, 2014)—, el libro de poemas ‘Himno a la vida’ (Nace, 2015) —premio Domingo Acosta Pérez— y también en versión rumano-español y bilingüe español-alemán, ‘Hymne an das Leben’ (Words for Words’, 2016 y, la novela ‘Moby Dick en Las Canteras Beach’ (Anroart, 2012, 2015) —traducida al francés y publicado en Francia como ‘Moby Dick aux Canaries’ (Harmattan, 2015). Ha participado en antologías de relatos y poemarios que han sido publicados en Berlín. Algunos de ellos han sido premiados, como el relato ambientado en África ‘En busca del sueño’ y el poema dedicado al vino ‘Bienaventurado’. Su literatura se nutre del amor y del deseo, la caducidad del tiempo, la fugacidad de la vida. Ha participado en antologías, realiza prólogos, presentaciones de libros, lecturas y críticas de arte. Colabora en periódicos de papel y digitales en las Islas y fuera de ellas.

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Juan empezó a tener miedo. A tener miedo a la muerte.

Esa noche Juan Morales y Manuel García guardaban silencio, preparaban un cadáver, manipulaban su cuerpo desnudo, lo aseaban, le taponaban las fosas nasales. Limpiaban los hongos viscosos de su piel y maquillaban su rostro con un velo invisible. Acentuaron el marrón de sus cejas, el colorete del rostro en las mejillas, perfilaron los bordes de los labios, vistieron el cuerpo que no hacía mucho estaba lleno de vida. Realizaban todo un ritual.

Intentaban disimular el desgaste que conlleva la muerte, para que al reencontrarse por última vez con sus seres queridos tuviese una buena impresión, y lo lograron porque la dejaron, y no quiero exagerar, más guapa de lo que ella fue en sus últimos años.

La habitación donde trabajaban olía a humedad y a rancio, a muerte y a rituales. En el techo una pálida bombilla se mecía siniestramente, se convertía en imágenes que recorrían la habitación, brincaban por las paredes, revoloteaban igual que mariposas; centelleaban.

Y fue entonces, cuando Juan vio con asombro aquel albor amenazador, fosforescente, aquel hilo de luz que, igual que si fuesen cosas del diablo, se zarandeaba cerca de la difunta, se detenía. Relumbraba.

—¡Santo cielo! —Gritó aterrorizado.

Se echó las manos a la cabeza, se aflojó el cuello de la camisa y llenándose de valor se aproximó a la luz malévola. Pero en ese preciso momento el centelleo retrocedió, se desvaneció como un espejismo.

Su primer impulso fue salir corriendo de aquella habitación de espiritualidad, de extraños presagios y sucesos misteriosos. Poseído por el espanto se quedó  inmóvil, reflexionando en todos aquellos rostros, casi sagrados, que él maquillaba, en aquellos espíritus que ya habían abandonado la tierra para siempre.

—¿Déjate de tonterías? —No es la primera vez que trabajas en esto, no te atormentes. -Lo que has visto deben ser los fuegos fatuos.

Dijo Manuel, con voz firme, resuelta y una amistosa palmadita en el hombro.

—Asómate a la ventana y coge un poco de aire fresco antes que el Infierno estalle en tu cabeza.

—De acuerdo, lo que tú digas, aunque siento que los demonios igual que gatos enloquecidos me persiguen.

«Le pareció ver cuerpos inexplicados retorciéndose en un bosque de coníferas que habían dejado de respirar para no interrumpir la liviana quietud del aire».

Desde la ventana distinguió el disco blanco de la luna, sus partículas, el brillante vacío iluminando el pueblo de Tijarafe. Le pareció una ciudad sumergida en el fondo del mar, un paisaje que encerraba un mundo de secretos, de figuras contrahechas y demonios perversos escondidos en oscuras lomadas. Le pareció ver cuerpos inexplicados retorciéndose en un bosque de coníferas que habían dejado de respirar para no interrumpir la liviana quietud del aire.

Un mundo repleto de volcanes, montañas y los pasos de los antiguos Auritas por donde los muertos transitaron. Un mundo que se eleva sobre promontorios donde antes hubo baladeros y hoy proliferan cruces protectoras. Una comunidad que ofrecía sacrificios de vísceras y leche fresca al Dios que sustentaba los cielos.

Lejos, muy lejos, con el ardor de la desesperación, divisó también una luz mortecina que parpadeaba, semejaba máscaras en la oscuridad. Percibió embozos de aparecidos que descendían como hilachas de color blanquecino, sí, blanquecino, del mismo color de la carne de aquellos cadáveres que ellos amortajaban.

Se negaba a creer que fueran objetos extinguidos. Se construía su propio laberinto, observaba el rostro seco y agrietado, la diminuta cara de la anciana blanqueada por la muerte, los labios contraídos, la frente, el semblante que se consumía. Los latidos del miedo. No dejaba de pensar en lo que pasaría después de la muerte, a dónde se dirigirá el alma.

Ella reposaba tranquila con flores alrededor de su almohada, escoltada por dos cirios fúnebres que jadeaban. Y de pronto creyó que la muerta balbuceaba algo.

«lo que más le sobrecogió fue aquel sollozo, aquel rumor sordo, ahogado que turbaba el silencio, incluso creyó que a la pobre le palpitaba el corazón.»

Le llegaba su olor, un olor agrio, ajado, penetrante. Concentró su atención y notó que se estaba descomponiendo y casi tuvo la certeza de que la muerta estaba muerta. Entonces intentó tranquilizarse pero le abrumaba un peso, una energía que no paraba de empujarle, aunque lo que más le sobrecogió fue aquel sollozo, aquel rumor sordo, ahogado que turbaba el silencio, incluso creyó que a la pobre le palpitaba el corazón. Se giró y escuchó una voz.

Confundido volvió a mirar el lecho de tea. Ahora, ya sin duda, comprobó que la mujer susurraba algo como si fuera un lamento de terror, un sonido más bien gutural.

No podía aceptar lo que estaba ocurriendo. No entendía cómo funcionaban las cosas de la muerte. ¿Sería acaso un terror supersticioso, una alucinación o voces oídas en su cansancio o acaso eran reales? No daba crédito a sus oídos. Recordó que entre los cristianos a los locos los consideraban a menudo como pecadores castigados por Dios.

¡Era toda una chifladura!

«Recordó que en el pueblo se decía que habían enterrado a una mujer viva, una mujer que intentó levantarse»

Recordó que en el pueblo se decía que habían enterrado a una mujer viva, una mujer que intentó levantarse, golpear por dentro del ataúd, llamar con todas sus fuerzas. Sintió pánico. Decían que la infeliz hizo esfuerzos para mover la losa de mármol, la puerta que separa a los muertos de los vivos. Todos se alejaron, temían que se escapara de su tumba. Se quedó mirando otra vez el ataúd y repitió piadosamente:

—¡Señor pon tu mano!

Los  grandes cirios se iban desvaneciendo y llegó la negrura. A punto de una crisis nerviosa se agarró al brazo de Manuel quien le explicaba que la muerte es un don divino y los gemidos que había escuchado salir de la boca de la difunta no eran más que la amargura, el sufrimiento de su alma turbada que quería hacer una tregua con la vida, revivir lentamente para no llegar ciega, ni decrépita al abrazo de la muerte.

Entonces, Juan Morales, intentando relajarse, respiró profundamente y pensó en la vieja Parca.

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