Víctimas de todos los santos

Sobre la victimización como estrategia política

Nicolás Melini
Foto: Lisbeth Salas.

 

Nicolás Melini (Santa Cruz de La Palma, 1969) reside en Madrid desde 1993 y ha publicado las novelas ‘El futbolista asesino’ y ‘La sangre, la luz, el violoncelo’; los volúmenes de cuentos ‘Historia sin cariño de Remedios Quiero Besarte’, ‘Cuaderno de mis mayores’, Pulsión del amigo’ y ‘Africanos en Madrid’; y los poemarios ‘Cuadros de Hopper’, ‘Adonde marchaba’ y ‘Los chinos’. También ha realizado los cortometrajes ‘Mirar es un pecado’, ‘Hijo’ y ‘Bucarest 2005′, y ha sido guionista del mediometraje ‘La raya’. Su último libro publicado es ‘Brindo por el hombre más puro que conozco’ (Ediciones La Palma, 2018). Sobre cine ha publicado el libro ‘De cine’. Como guionista ha obtenido el Premio al Mejor Guion en el Festival de Cine de Alcalá de Henares por ‘La raya’. Como director, una Mención Especial del Jurado en el mismo festival por ‘Mirar es un pecado’. En la actualidad es editor de la colección La Palma de poesía. Suele colaborar con varios medios digitales y en papel como ‘El Estado Mental’, ‘Fronterad’, ‘El País’, ‘Revista Colofón’, ‘Diario de Avisos’, ‘Revista ACL’ (Academia Canaria de Lengua), ‘El rapto de Europa’ o La Palma Ahora (eldiario.es) con artículos sobre literatura, cine o actualidad política, básicamente. Como guionista de cine, ha trabajado en desarrollo de proyectos, escritura de sinopsis, argumentos, tratamientos y guiones para productores (Pau Calpe, Ana Sánchez Gijón, Miguel Ángel Trujillo, Jordi Gasull), y directores (Benito Zambrano, Andrés Koppel, Eduard Bosch, Cristina Otero, George Sluicer), en productoras como La Mirada, Esicma, Sogecine, Angular, Camelot o Morena.

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Cuando comienzo a escribir esto es Semana Santa y los fieles sacan a pasear a su crucificado mientras los anticlericales protestan y se mofan de ellos por todas las esquinas de internet. Pero lo que me interesa ahora es esa larga tradición política que es la del victimismo, método eficaz para ganar legitimidad, es decir, poder; estrategia para obtener patente de corso en la defensa de las ideas y así defenderlas con virulencia o atacar y avanzar —empoderados—.

Larga tradición de santos, tenemos, y de santos verdugos, de inocentes verdugos, de heridos verdugos, de temerosos verdugos, de sojuzgados verdugos. Seguimos celebrando, 2000 años después, el nacimiento de una criatura y, también, su crucifixión. Poco se ha planteado, quizá, que la de los fieles cristianos es, en su origen, una reivindicación política victimista, y que es sobre su victimización que se fabrica el poder de las ideas de la Iglesia Católica. «Bajo la influencia de la conversión de Constantino, la Iglesia empezó también a jerarquizarse y revestirse con los símbolos del poder mundano. Se hizo, en efecto, política y hasta se sirvió del drama de la crucifixión», escribe Juan Arias en El País en estos días. Más de trescientos años después de la crucifixión de Jesús, en el siglo IV (y porque el número de cristianos era tan abultado que a Constantino le convenía sumarlos en la obtención de sus intereses), apareció la cruz como símbolo de dignidad cristiana, como parte por el todo de la herida, como argumento legitimador: el daño a Cristo como motor para la guerra.

La herida política se fabrica sobre una base real con grandes dosis de imaginación, si es que podemos llamar imaginación al producto del resentimiento, a la ficción dolorosa que se forma dentro de uno por medio del rencor.

Dice Eduardo Halfon en su nuevo libro, Biblioteca bizarra (Jekill & Jill) que le entristeció mucho encontrar que la biblioteca que había dejado su tía abuela solo contenía libros sobre un tema: «Había dejado una biblioteca sionista». Hitler justificó su programa político recogiendo y magnificando las querellas del pueblo alemán: el terreno estaba abonado por las consecuencias de su pérdida de la Primera Guerra Mundial, y también por todo aquello que se había establecido, a lo largo de los siglos —en Alemania y no sólo en Alemania—, contra los judíos, y que Hitler instrumentalizó a su antojo, ensanchando motivos y justificando la más vil respuesta. Leer solo sobre un tema, cuando este tiene una carga de información sobre la herida propia, la herida íntima, el daño recibido por todos los iguales, la condición de víctima que uno es históricamente —ya sea por cristiano, por alemán en la primera etapa de Hitler, por judío, por rojo republicano heredero del dolor por los fusilamientos de Franco; ya sea por catalán, por vasco, por musulmán, por católico irlandés frente al gobierno británico o por pertenecer a la clase trabajadora— es muy triste, entristece al lector y lo seca, a menos que pertenezca al grupo que se arma política o literalmente, pues entonces los secados pueden ser los otros, los que se opongan. Vivir en la perspectiva de una herida es injusto con todos los que nos rodean, pero, sobre todo, es injusto con nosotros mismos.

«Oponerse a quien ha cultivado su herida hasta hacerla lo más grande posible produce pavor. Es donde la valentía resulta más necesaria»

Oponerse a quien ha cultivado su herida hasta hacerla lo más grande posible produce pavor. Es donde la valentía resulta más necesaria. Normalmente se genera una espiral de silencio en torno al tema. Ya se sabe que ese pavor implica el silencio de los culpables («callé y al final vinieron a por mí»), pero también hace conversos, posiblemente los ideologizados más virulentos de todos. La idea que legitimamos a partir del cultivo de una herida, al convertirse en exitosa, suele hacer daño a quien se opone. Y así el cristianismo —hoy mero espectáculo reprobado y defendido a partes desiguales— cuando triunfó se defendió masacrando, humillando, asesinando, torturando. Con simplicidad y en el transcurso de una breve ficción, esto lo ha explicado bien recientemente el director Martin McDonagh, Tres carteles a las afueras: se empieza alimentando la herida en vez de intentar sanarla, y, aunque cierta razón asista, si se persiste, puede uno acabar en lo más reaccionario, creyéndose legitimado para matar.

En Semana Santa podemos pasear a Cristo crucificado, ensangrentado; extasiarnos ante el llanto de la imagen de la Virgen; horrorizarnos o solidarizarnos ante la penitencia de los capuchinos y el flagelo de los Picaos de San Vicente de la Sonsierra, pero nos lo pensaríamos antes de permitir que el victimismo cristiano así representado se vuelva a convertir en justificación de lucha política.

Aunque todo ello puede volver a suceder en cualquier momento, por ahora la idea cristiana se ha convertido en folclore, en espiritualidad de un reducido público consumidor, en justificación solo del poder y los privilegios que la Iglesia conserva. De la herida quedan sus manifestaciones en el rito; la sangre y el dolor reales y representados durante los festejos. Pero la cristiana produce la sensación, ahora, de ser una idea en retirada. Esto se debe, posiblemente, a que alcanzó el éxito y su herida se convirtió en daño hacia otros, iniciando un largo periodo de deslegitimación. Quien se legitima por el medio perverso de victimizarse, alimentando su resentimiento, acusando a los otros de manera culpógena, también se deslegitima cuando el resentimiento se transforma en violencia.

Sin embargo, continuamente surgen ideas que amenazan con hacernos pagar por una herida. Mientras algunos musulmanes siguen la victimización orquestada por el mesiánico Bin Laden, que pretendió aglutinar en contra de Occidente a un gran número de los sojuzgados de la tierra, un nuevo feminismo dogmático convierte en herida para su causa cada muerte contabilizada como violencia de género, cada dato de desigualdad por géneros en la brecha salarial, cada anécdota de la Historia que pudiera ser interpretada como injusticia contra las mujeres, cada rasgo de hombría que pueda extraerse para mostrar la idea de un género, el del hombre, como dominador y maltratador del otro, el de la mujer. Es decir, cada síntoma social que pueda ser interpretado, desde la perspectiva de género (o perspectiva del doliente) como agravio individual o colectivo del hombre contra la mujer.

«continuamente surgen ideas que amenazan con hacernos pagar por una herida»

La herida que el nuevo feminismo dogmático cultiva es de una potencia extraordinaria. Muchos hemos crecido a la par que la idea feminista se desarrollaba en España, hemos estado de acuerdo en los cambios sociales que trataban de enterrar el machismo que dominó durante el franquismo, y difícilmente no estaremos de acuerdo con los logros obtenidos por el feminismo de los sesenta y setenta (igualdad salarial, aborto, guarderías, liberación sexual, flexibilización de los roles de género…). Muchos somos capaces de ver el mundo, hoy, desde una perspectiva de género. Todos hemos participado yen la consecución de que la idea se convierta en exitosa. El 82% de los españoles, según las encuestas, estuvo de acuerdo con la manifestación del día 8 de marzo. Hace ya algún tiempo que el feminismo obtuvo la legitimación popular e institucional suficiente para que la consideremos una idea preponderante. Casi nadie la cuestiona o quien la cuestionaría calla. En cualquier caso, quien la cuestiona sabe que se encuentra a contracorriente.

Ahora, hay libros en las mesas de novedades que son como mirar por una cerradura y ver a un hombre torturando a una mujer. Y son lecturas que están siendo consumidas masivamente. Libros consagrados a la explicación de las características de la herida de la mujer, a que no quede resquicio de duda de que la herida existe, condición indispensable para que el lector decida tomar acción. Por medio del cultivo de la herida se obtiene el dogma. El feminismo en sí no es un dogma, pero algunas feministas lo están convirtiendo en uno. No en balde se les achaca rigorismo, un exceso de moral, y también puritanismo. Las ideas dogmáticas suelen atacar las libertades. Cuando se hace uno mucho daño hurgando en la herida propia, políticamente construida, acaba auto legitimándose —y legitimado por muchos— para dañar a otros. Es el efecto del resentimiento: ahora algunas feministas dogmáticas promueven que las instituciones adviertan a los hombres de que deben sentarse con las piernas juntas en el transporte público (decirle a la gente cómo debe sentarse suena a beatería de mediados del siglo XX), otras plantean que hay que acabar con el fútbol en el patio de los colegios y eliminar de las lecturas de los alumnos las obras de los autores que han demostrado poco respeto por el feminismo (eliminar libros es propio de ideas dogmáticas: la Iglesia lo hizo, Hitler lo hizo, los más ortodoxos de los judíos lo hacen, del mismo modo que muchos musulmanes prohiben ver la televisión o escuchar música).

«Mirar el mundo a través de la herida es muy útil políticamente, ayuda a no tener compasión por el oponente, convierte en enemigo a cualquiera que no adopte la misma perspectiva»

Mirar el mundo a través de la herida es muy útil políticamente, ayuda a no tener compasión por el oponente, convierte en enemigo a cualquiera que no adopte la misma perspectiva, pero es una manera muy limitada de mirar. La perspectiva de género, argumentadísima y demostradísima hasta el más mínimo de los detalles, es, en el fondo, eso, una perspectiva. No quiere esto decir que todo lo que se explique a través de la perspectiva de género sea falso o esté mal, pero una visión amplia de las cosas debe incluir también otras perspectivas como, por ejemplo, la perspectiva sociológica, la perspectiva de la psiquiatría clínica, la perspectiva filosófica o la perspectiva biológica. Muchas feministas recientes están convencidas de que cualquiera que se acerque a encontrarse con la herida de la mujer a través de las lecturas que ellas han hecho, irremisiblemente, abrazará sus ideas. También muchos cristianos, ayer y hoy, se convencen de que el rechazo a su religión es debido al desconocimiento de Jesús, y están seguros de que bastaría con que cualquier ateo se pusiera en la perspectiva adecuada para que abrazara la fe. Una vez en la perspectiva adecuada, el dogma totaliza la estructura de las ideas. Solo quien es capaz de pensar libremente entra y sale de las distintas perspectivas posibles y, haciéndolo, las pone en su justo lugar. La persona libre mira el dogma, lo conoce, pero no deja que estructure su pensamiento. Hoy, en occidente, muchas personas son capaces de comprender la importancia de la perspectiva de género, la necesidad de esa perspectiva para producir igualdad entre hombres y mujeres. Sin embargo, no es el dogma el que produce esa igualdad. La idea que opera sobre todas y produce la igualdad entre las personas —también en el caso de hombres y mujeres— es la idea de libertad y el ejercicio de la libertad misma. Cuanto más libres, más iguales. Si libres, iguales. La igualdad se obtiene aprovechando los espacios de libertad, que en nuestras sociedades no son pocos.

Muchas mujeres han sido fotografiadas en la cruz, crucificadas, y son imágenes transgresoras que nos resultan posmodernas. La mujer crucificada podría parecer una imagen superficial, una frivolidad artística, pero también se trata de una imagen que nos arroja algún sentido: cristianos y mujer victimizados de una sola vez; la herida feminista igualada a la de los cristianos. Se trata del mismo modo de hacer política.

«La víctima es el héroe de nuestro tiempo», así comienza Crítica de la víctima (Herder), de Daniele Giglioli, que cae en mis manos cuando ya suponía haber concluido este artículo, para reabrirlo y orientar su final. Hay libros que, definitivamente, vacunan. He ahí, en ese ensayo, un buen antídoto contra el obsceno espectáculo que instituciones, medios de comunicación y particulares —en sus redes sociales— nos ofrece hoy cada día: es asombroso, todo el mundo compite con todo el mundo a ver quién es más víctima o quién posee en su identidad al grupo de víctimas mayor o más sufriente o más antiguo. Y Giglioli nos desmenuza filosófica y sociológicamente.

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