Sueños de tinta y sal

Miguel Aguerralde

Miguel Aguerralde (Madrid, 1978) nació a tiempo para ver declinar la década de los setenta y pasó las dos siguientes buceando en lecturas, series y cine negro y de terror de todas las épocas. Fascinado por el misterio y por zambullir al lector en truculentos bosques de emociones, compagina su labor docente con la escritura de inquietantes cuentos y novelas de suspense. Criado y crecido en Las Palmas de Gran Canaria, escenario habitual de sus historias, actualmente reside en Playa Blanca, Lanzarote, donde da clase en un colegio de Primaria. Ha participado en un buen número de antologías de relatos y publicado hasta la fecha una docena de novelas con editoriales tanto canarias como peninsulares. Algunas de las más conocidas son ‘Claro de Luna’, ‘Noctámbulo’, ‘Caminarán sobre la tierra’, ‘El fabricante de muñecas’ o ‘Laberinto’. En 2016 exploró por primera vez la novela romántica con ‘La chica que oía canciones de Kurt Cobain’ y regresó con éxito al thriller noir con ‘Alicia’, su primera colaboración con la editorial Cazador de Ratas.

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La brisa ondeaba su pelo y los pliegues de su falda. Cada tarde, Yaiza se sentaba en el muro del paseo marítimo de Playa Blanca, allí donde las olas rompen al paso de los ferris, para contemplar el deambular de la espuma y las siluetas en el horizonte. Sus pies colgaban, juguetones sobre el mar, mientras un atardecer tras otro los vecinos y turistas sonreían al encontrarla tan concentrada en su observatorio.

Aquel día, un niño se acercó a Yaiza y se colocó a su lado intentando averiguar qué buscaba. Ella le miró divertida, y aguzó todavía más la vista. El chiquillo se aburrió pronto de ver las olas correr de un lado a otro entre salpicones de espuma.

—¿Qué haces sentada aquí, todas las tardes? —le preguntó. Ella le contestó que simplemente esperaba— ¿A quién? No veo que llegue nadie.

La niña sonrió, y su mirada se llenó de emoción.

—Llegarán. Espero al marino Simbad, del que habló Scheherazade, pero quizá llegue primero el capitán Aubrey, pues no hay buque más hábil y rápido que la Sophie.

El niño encogió los hombros.

—No tengo ni idea de quiénes me hablas.

—¿Ah, no? Pues ya es raro. Mira, fíjate bien. Si ves llegar un navío veloz con rumbo al oeste puede ser el Pilgrim, comandado por un capitán de sólo quince años. Aunque si vemos que lleven tapados los oídos y a su líder atado al mástil, sin duda será la embarcación de Ulises, que por fin regresa a Ítaca. Claro, que si por contra distinguimos una aleta metálica, espigada y oscura, que asome entre las olas cortando el mar, sólo podrá ser el Nautilus del capitán Nemo. ¡Está recorriendo un largo viaje submarino!

El chico resopló.

—Vaya, y yo que pensé que te sentabas aquí por si veías ballenas.

—¡Y tanto! Antes o después pasará la que lleva en su vientre a Pinocho, o peor aún, no te asustes, la gran ballena blanca perseguida por Ahab.

—La verdad, yo no creo que toda esa gente venga a visitar Lanzarote.

—Claro que sí, el mar está lleno de viajeros, de todas las épocas y de toda condición. También tengo la esperanza de que llegue Gordon Pym, que se perdió de camino al Polo Sur y no se ha vuelto a saber de él. Al igual que Gulliver, de quien cuentan que llegó a un país maravilloso. ¿Y sabes tú qué puede haberle sucedido al inglés Crusoe?

El muchacho negó con la cabeza.

—No sabía que contemplar el mar pudiera ser tan interesante.

—Uy, claro que lo es. Estoy atenta, también, por sí veo aparecer un velero de tres mástiles y bandera pirata en su palo mayor. ¡Podría ser John Silver o el mismísimo Garfio! ¿Por qué no Celeste Heredia, la intrépida capitana de La Dama de Plata?

—Madre mía. ¿Y conoces tú a toda esa gente?

—Claro que sí, he leído sobre todos ellos en un sinfín de novelas. Pero el mar no sólo está lleno de aventuras, también hay seres submarinos, como los tritones o el temible kraken, y hasta una ciudad sumergida y olvidada.

El muchacho dejó a Yaiza divagando sus ensoñaciones. Caía la noche, y pocos se fijaron en cómo, de repente, el halo satinado de la luna iluminaba el vestido de la niña, hacía brillar su cabello y alumbraba su sonrisa. El mar se alió con ella y destellos de sal titilaron sobre sus rodillas, desdibujaron sus piernas y las unieron en una esbelta cola de escamas color turquesa. Y la pequeña Yaiza, ahora sirena, saltó desde el paseo marítimo de Playa Blanca y se zambulló en el océano para perseguir sus sueños de tinta y sal.

En verano, junto al mar, ¿qué mejor que una lectura?

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