Las edades del sueño y de la poesía

Irina-Roxana Georgescu

Irina-Roxana Georgescu (Rumanía, 1986) dedicó su tesis doctoral a la influencia de la crítica occidental en la crítica literaria rumana posbélica (1960-1980). Fue redactora de la revista de estudios literarios y culturales ‘Euresis’ (2009-2013). Especialista de evaluación del Departamento de Exámenes Nacionales e Internacionales del Ministerio de Educación de Rumania, está presente en las siguientes publicaciones colectivas: ‘Volver a definir’ y ‘Volver a escribir’ (Editorial Vellant) sobre el escritor y guionista mexicano Guillermo Arriaga; publicaciones de la Universidad de Bucarest; en ‘Qu’en est-il de la littérature «beur» au féminin?’ (París, L’Harmattan, 2012); ‘Cartografías literarias: regional, nacional, europeo, global’ (Timişoara, 2016); ‘Mahi Binebine’ (París, L’Harmattan, 2016), Poemario ‘(Intervalle ouvert)’ (París, L’Harmattan, 2017, colección Poètes des cinq continents).

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La poesía española contemporánea padece, igual que en todo el mundo, de baja tirada, de una distribución precaria e, implícitamente, de un público poco numeroso. A pesar de todo esto, la poesía subsiste en tiempos que se escapan a la lógica y la razón.

Sensible a las anomalías políticas, como un velo para los ojos que ven más de lo debido o como una camisa de fuerza para el tiempo que vuela tan rápido, la poesía sigue guardando, al mismo tiempo, la ternura y la fuerza de transcender del tiempo.

La poesía canaria confiere una nota especial a la literatura española, debido al aislamiento de las Islas, por un lado —revelando una peculiaridad mágica, una sencillez irreal de los versos, descubriendo un universo iluminado por las olas del océano— y, por otro lado, debido a la manera inédita, reverberación de la contemplación y de la introspección. A partir de los finales de los años 70 hasta los principios de los 90, tiene lugar un amplio movimiento literario; los jóvenes poetas que debutan en este periodo se relacionan entre sí y con otros poetas de generaciones anteriores, destacando la relación que mantuvieron con Pedro García Cabrera algunos de los poetas más activos de aquellos años, entre los que se encontraba el autor del que hablamos aquí.

Nacido en Santa Cruz de Tenerife, José Marrero y Castro forma parte de la agrupación de autores canarios del 80, debutando en 1979 con Prefacio, volumen seguido de Poemas para lo decompuesto (1981), La transmisión del silencio (1982), por una aceptación personal del acto creador y del silencio como reflejo de la meditación. El autor tinerfeño guarda este exilio interior de las palabras casi 30 años y en el volumen Las edades —de la poesía y del tiempo a la vez— José Marrero y Castro sorprende rastros inéditos de un discurso reflexivo que va avanzando como los movimientos de la marea, primero de una manera lenta, después más rápida, para ir desacelerando luego hacia un área de las indeterminaciones y del infinito del mar.

«La poesía canaria confiere una nota especial a la literatura española, debido al aislamiento de las Islas, por un lado —revelando una peculiaridad mágica, una sencillez irreal de los versos, descubriendo un universo iluminado por las olas del océano— y, por otro lado, debido a la manera inédita, reverberación de la contemplación y de la introspección»

En los rincones de otros mundos, fragmentos de vida reflejan el tiempo que se retira con la promesa de volver de modo intempestivo, invadiendo la red interior de sueños, curiosidades, hesitaciones, temores: «Era / la playa /espejismo soñado // duna para las modas // sus olas cadenciosas / me cedían rincones de otros / mundos / entre sus provisiones // y / yo / curioseaba estéril / en cualquier laberinto / con rumbo / hacia el descuido // recluyendo mis huellas / a un tránsito / en el cerco / de una / orilla» (págs. 24-25). Las certidumbres se pulverizan y en su lugar subsisten los silencios amplios, ensordecedores.

La imagen del círculo, como metáfora de la unidad, se rompe en mil pedazos de sueño; la espiral del tiempo se traga la rutina, sellando la espera del vacío, el infierno curioso de cada día. La poesía de José Marrero y Castro se convierte en el escenario de la exposición de unas pequeñas utopías personales que delimitan las angustias y los silencios: «Fui pretexto de ser / (o de saberse) / otro compás de espera / que lento / y / sigiloso / crepitaba // incorporado al son / de la corriente / tal vez / ocurrencia o morada / con que algunas mañanas / acudían puntuales / como simples alardes / desleídos / pequeñas dentelladas / de utopías / frágiles / como para creer / en el infierno // bordeadas de barrancos / que ardían / insalvables / las orillas // sin puentes que albergaran / algo más / que un final / o / distancia / o / principio // según donde estuvieran / las riveras» (págs. 33-34). Los versos adornan con encajes, igual que la espuma marina, las páginas del volumen. Metáforas del distanciamiento de sí y de la aproximación del tiempo y del espacio unen los indistintos puntos de referencia de la memoria que está buscando apoyo en el silencio del laberinto. El poeta, familiarizado con una acentuada conciencia del vacío, ejercita una vocación del abismo («mi vocación de abismo», pág. 35), sin olvidar mirar con serenidad el paso inherente del mundo, las rebeliones pasajeras, las victorias ilusorias y las pérdidas incomparables de cada edad.

Entre «antecedentes» poéticos (Antecedentes), «jardines edénicos» (Paraísos) y «alturas del sueño» (Alturas del sueño), las reflexiones del poeta llegan a ser piezas de un puzzle curioso, que devuelve con avaricia, siempre por delegación, el relieve interno de la poesía: a veces liso, otras veces sulfuroso, a veces altísimo, otras veces estremecedor, pareciéndose al aliento del volcán Teide: «En medio de esa luna / caída / aquí / en la isla / avente / las cenizas que supuró / un volcán / y / cubrí de pumitas / las líneas de mis manos / e / invoqué esos hallazgos / contra la terquedad / que me contaron ritos / agotados / que me entregó en la palma / de mi mano vacía / su cuento inacabable / por el que / a cada vuelta / que me daba / siempre había / otra revuelta / en que perderse» (págs. 49-50). De los versos, surgen a veces imágenes suaves, como los rayos que penetran el horizonte, o fuertes, pareciéndose a los sueños polares que suprimen los puntos de referencia, la prisa, la coerción como consecuencia del miedo a la muerte: «Tan solo / fue un momento / que persistió la duda / de los sueños / polares // preparando su hielo // y / perdimos el tacto // y / se congeló el tiempo // y / acabaron / las prisas» (págs. 66-67). El amor representa también una faceta del tiempo que diluye los confines del mundo, contrastando las dudas, la versatilidad de los sentimientos, la cobardía, la impasibilidad muda, sin pedir nada, sin obligar, irisando el universo invadido permanentemente por la sombra de la vida, atribuyendo un rumor discreto a los lugares familiares, confundiéndose con la niebla suave del tiempo que pasa: «Como yo te recuerdo/Es mi forma de amar/es la paz desatada/que hurgaba en la belleza/de todas las esquinas/de tu cuerpo//un beso//en un lunar/se anuda/de tu talle//y/ lo desato» (pág. 73).

La poesía de José Marrero destaca por la serenidad de la mirada, en su intento de descubrir el mundo, de ser su eco, de contemplarlo y de volver a encontrarlo distinto cada vez, con sus desafíos, con su gracia inclemente, con sus preguntas sin fin. Para concluir, la lectura de este volumen se convierte en un itinerario hacia sí mismo, una fuente real de sueño y esperanza, un reflejo suave de la salida y de la puesta del sol dentro del infinito del tiempo, sin suprimir nada especial al ensueño y a la contemplación, ascendiendo a una edad más: la edad de la poesía.

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