Me llamaron Eva

Ylenia Perera

Ylenia Perera Perera (Santa Lucía de Tirajana, 1996) es filóloga especializada en literaturas hispánicas. En 2012 recibe una mención en la Lista de Honor Oro del VII Premio de Literatura Jordi Sierra i Fabra para jóvenes. En 2013 fue galardonada con el tercer premio en el X Certamen Literario Ana María Aparicio Pardo. En 2017 recibió un accésit en el VIII Premio de Relato Corto sobre Vida Universitaria convocado por la ULPGC. Ha participado en distintos encuentros literarios como el I ELVA, el II Artebirgua Literario, la Feria del Libro de Las Palmas 2018 o las ediciones de 2017 y 2018 del Encuentro de Poetas de Agaete en el Huerto de las Flores. Actualmente, su objetivo es dedicarse a la docencia, a la creación artística y a la difusión de la literatura. Forma parte del colectivo literario Palma y Retama.

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Me llamaron Eva y lo pagué con sangre: sangre natal, sangre endométrica, sangre novata, sangre fatal. Me llamaron Eva la Bella en el mito de la creación, pero nací con vellos, con grasas, con estrías, carnes, celulitis, lunares, espinas. Me llamaron Eva porque Eva es mito, porque es icono y referente, ideal y maravilla; norma, precepto, categoría y canon. Dios lo dijo: sé una curva dulce, bello sexo, una grácil silueta femenina de afeites, misterios y ternura. Dorando la manzana, Dios le dijo: sé una línea, sexo feo, sexo fuerte, presta tu mano al dominio y a la maza y tu espalda al látigo y al trabajo. Crea un imperio con el sudor de tu frente. Tú te llamarás Adán. Prohibido sentir. Prohibido amar. Prohibido caer. Prohibido llorar.

Me llamaron Eva desde el cole. En el cole Eva iba al cuarto de las cocinitas con los ensueños veleidosos de una doncella principesca. Eva sueña con ser nombrada reina entre las reinas, bella entre las bellas. Eva sueña entre calderos, fregonas y hadas con la admiración de los intransigentes adanes. Eva es la paloma coqueta, la del collar de perlas, la engalanada, la madre y señora, el ángel del hogar. En el cole Eva viste de rosa sus mejores galas y preside el escala en hi-fi de turno con su séquito de amiguitas que colocan cada paso, cada huella y cada coma en el espacio en que se han de colocar en su calidad de señoritas, incompletas, chiquititas. Y aun pateando con las playeras la gramática de los códigos y etiquetas, aun estampando los balones en una contienda cíclica contra Adán tragándose sus denostadas lágrimas y enarbolando una espada, me llamaron Eva, se empeñaron, aun cuando me revolcaba en la tierra o en la espina parduzca de una tunera embarrada, con las rodillas magulladas como si hubiera vivido de veras, me llamaron Eva, señor, me llamaron Eva, y me anclaron sudorosa al cancán insoportable y a los tirabuzónicos peinados imposibles de la primera comunión.

Me llamaron Eva también en el insti. Para entonces Eva jugueteaba con sus carnosos labios en rojo, posando para los tuentifollowers y sus sucedáneos, amigos de bruma o de papel, abriendo infinitas ventanas electrónicas de aplausos soberanos. Eva se calcinaba los mechones de pelo hasta configurarse una masa muerta de cabelleras dolientes para el beneplácito del Adán ocasional; se miraba Eva en los espejos mil quinientas treinta y cinco horas; se probaba Eva sus tacones de aguja y llegaba a casa con los mesiánicos pies mártires crucificados, y Eva se odiaba largamente en el espejo desollándose la piel con cera ardiente y arrancándose de cada poro de su cuerpo una hilera infinita de defectos imperiales mientras callaba, elegante y obediente, pierna sobre pierna, su pecado original.

«Eva me llamaron sobre todas las cosas. Aun cuando gustaba de bailar desnuda o descalza sobre arroyos de lava, me cazaron con lazos, me tomaron presa»

Eva me llamaron sobre todas las cosas. Aun cuando gustaba de bailar desnuda o descalza sobre arroyos de lava, me cazaron con lazos, me tomaron presa, me reprendieron largamente y me llamaron ¡Eva! Cuando cerveceaba sigilosamente por las esquinas de los antros, serpenteando, amando, devorando; cuando me avistaban agitando los brazos al cielo con mis compañeros de andares, cuando me apilaba en la arena hasta pasada la medianoche colegueando entre hábiles siluetas, cuando me hundía hasta sentir el fango de las letras en los versos de Agustini o en los crímenes de Dostoievski, guitarreando albas y madrugadas, hasta entonces me llamaron Eva. Eva infinita. Eva rebelde. Eva perdida, Eva loca, Eva enferma.

Me llamaron Eva y lo pagué con tintes, miedos, tacones, corsés asfixiantes, rímel waterproof e iluminador, piernas cerradas, útero selvático, sonrisa dócil, discreción y encierro, dependencia económica, dependencia emocional, dependencia estatal. Me llamaron Eva y agradecí sus dones: bondad y dulzura, predisposición a la paz, entrega solidaria, disposición para el cuidado. Y a ti te llamaron Adán, Adán para siempre, pese a tus luces y pese a tus llantos, viril y robusto, toro y semental. Yo, esclava de mi nombre, ahogada en los tacones. Tú, esclavo de tu nombre, asfixiado en chaqueta y corbata en pleno agosto canicular.

Eva y yo nos parecemos un poco, nos parecemos a veces, nos parecemos a ratos. Pero nada más. Como tú a Adán. Por eso, cuando a la luz de la madrugada veas a la que duerme danzarina entre las flores y los árboles, la que vuela sin alas y camina sin lodos, la que se viste de carmín y seda y de parche y corbata, la que se deshace de amor con poesía azucarada y se desata como un toro sobre las cumbres del fuego, la que florece y desflorece y fluye libre y sola o libre y amada, la que, como tú, desfallece tiernamente en sus desvelos y esperanzas, la que odia y ama, la que fluye y permanece, la que fue demandada por todos los tribunales de la estética, la que cree en la instauración futura de una humanidad innominada: esa, y no otra, seré yo, en mi potencia más espléndida, en mi potencia más elevada. Esa y no Eva, señor.

No puedo responder a otro nombre que no sea el de Libertad.

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