El hábito de alongarse

Ylenia Perera

Ylenia Perera Perera (Santa Lucía de Tirajana, 1996) es estudiante de Lengua Española y Literaturas Hispánicas desde 2014. En 2012 recibe una mención en la Lista de Honor Oro del VII Premio de Literatura Jordi Sierra i Fabra para jóvenes. En 2013 fue galardonada con el tercer premio en el X Certamen Literario Ana María Aparicio Pardo. En 2017 recibió un accésit en el VIII Premio de Relato Corto sobre Vida Universitaria convocado por la ULPGC. Actualmente, su objetivo es dedicarse a la docencia, a la creación artística y a la difusión de la literatura. Forma parte del colectivo literario Palma y Retama.

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—No te alongues, niña, que te matas.

Me lo repetía mi madre en las tardes majoreras frente al sol de la media tarde con el arsenal tunérico reblandeciendo los pedregales de un agosto canicular. En aquel entonces, los fechillos sellaban todas las puertas y alongarse al ventanuco del cuarto era la única manera de saciar la curiosidad infantil que invertía las horas de la tarde en distinguir una rama de un insecto palo o en estudiar las venturas y desventuras de las familias de gatos que ocupaban las calles. Y yo, respetuosa con la autoridad, cambiaba el alongarse por un dócil asomar, posando, a la manera peninsular, tiernamente los codos en el marco de la ventana.

Más tarde, aprehendida ya la férrea enseñanza infantil, tomé por hábito el asomar la cabeza a todas las ventanas de la vida. Y cuando venía el viento dando tumbos a llamar a las maderas de mi ventana yo asomaba los ojos por entre la abertura de las cortinas y observaba el trasiego de las hojas en el viento con las manos en el regazo, sin degustar con las yemas de los dedos el vuelo transatlántico de las gaviotas marineras. No te alongues, niña, que te matas. Y desde mi sillón de hierro las olas iban rompiendo las barandas y los críos carcajeaban en la playa punteando el barro.

Cuando arribó al sureste la ráfaga tumultuosa de las palabras de miel y de los ojos negros, armó tanto revuelo en la ciudad que se descolgaron las planchas del techo y tuve que subir a tientas las escaleras de la azotea para observar el desfile tumultuoso de los pechos vibrantes y los tambores de amor. Y yo, arrastrando los anhelos de tornados-poesía, rendí las manos sobre la verde baranda y la luna ventosa me soplaba el rostro con suspiros de plata. Pero aparta los ojos, loca, y las manos. Y no te alongues, niña, que quien se alonga se mata. Asomada a la baranda, alargué sutiles los brazos por entre las rejas y solo alcancé el humo y la sombra de unas huellas en el viento…

Después llegaron las jaurías, las perrerías agitando las calles, las lenguas de fuego, las bocas destilando cuchillas y rompiendo los cristales de la ventana. Llegaron los hombres de las tijeras enarbolando lemas podridos y las improntas de la sangre en los resquicios de las calles. Los vecinos se asomaban, observando, y por no matarse, como les decían las madres, ninguno se alongaba a la calle o al patio. Y no nos alongamos, pese a ser canarios, pese a que late en el alma del insular la necesidad inevitable de alongarse desde su breve tierra a los espacios infinitos del cielo o del mar para ver qué mundos laten más allá de nuestras fronteras solitarias. Partidarios del miedo y del léxico estándar, nos asomamos al fuego de las cumbres, nos asomamos al expolio de las costas, nos asomamos sin vergüenza a la progresiva expropiación de las auténticas venas de nuestra alma.

«Hasta una noche en que mis ojos, asomados al desamparo, tuvieron a bien recordar el hábito infantil de alongarse para perseguir entre las filas de tuneras las sombras difusas de los insectos palo»

Hasta una noche. Hasta una noche en que mis ojos, asomados al desamparo, tuvieron a bien recordar el hábito infantil de alongarse para perseguir entre las filas de tuneras las sombras difusas de los insectos palo. Hasta una noche en que mis ojos, merodeando por las filas de las calles, divisaron un espectro de luces, un arsenal de flores quiméricas, un festival universal de risas y cantos, de niños rientes, de lunas infinitas y madrugadas estivales. Y, hundidos los codos en los marcos de la vida, hastiada hasta el ocaso de afincarme en la cordura destilando horas en blanco, me alongué con el cuerpo y con los sueños y las manos. Soplaba, huracanado, el viento del sureste. Hinché los pulmones de libertad y de valor, de alegría, pensando en lo tonto que había sido el miedo infantil. Confié, me atreví, me alongué y, al final, caí.

Caí entre las brumas y las luces. Entre los humos de la fiesta. Contra las palmas, contra el agua, contra el viento. Contra la sangre olvidada en las calles. Contra la arena sin dunas. Contra el dolor y la traición y la ausencia y la derrota. Caí sin risas, sin veranos. A solas y con la baranda quebrada. Caí contra el cielo y contra el mar, pero no contra la tierra: como cae un insular. Caí y me deshice, me desplomé, me desgajé, me desgrané… Tanto caí, tal vez, que tal vez me maté. Pero estaba despierta. Despierta y con los ojos mirando al cielo, o al mar. A la música de las palmeras, de los alisios maternales. Lo decía el poeta gomero: “la isla es lo arquitectónico en medio de lo musical”. Y, riendo, eché a andar por los caminos del viento, con un nuevo mandato presidiéndome para siempre los fondos bajos del corazón:

—Alóngate, niña, que solo si te alongas te matas.

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