Verse joven

Del libro inédito 'Variaciones sobre temas de René Magritte'. Se basa en el óleo de Magritte de 1937 titulado 'Para no ser reproducido' que acompaña al cuento

Rubén Mettini

Rubén Mettini (Buenos Aires, 1948) estudió Economía pero, al emigrar a Barcelona aprovechó la ocasión para abandonar los estudios económicos y cursar la carrera de Filología Románica. Trabajó como profesor de Lengua y Literatura en la Universidad de Barcelona. Coordinó clubes de lectura y talleres de escritura. Comenzó editando en lengua catalana, en el año 1990, una novela erótica finalista del concurso La Sonrisa Vertical. Editó una obra de teatro, ‘Birds in the night’, y tres novelas más, también en lengua catalana. A partir de 1998 comenzó la publicación de sus novelas en castellano. La primera fue ‘De vidas encastradas’ (Laertes) sobre los cantantes castrados napolitanos. En 1999, salió a la luz la novela ‘Baile de máscaras’, donde recreó sus recuerdos argentinos. En 2009 gana el Premio Odisea y la editorial publica la novela ‘Tres noches’. Junto a su amiga y escritora Yoly Hornes, editó en 2012 la novela juvenil ‘Emma y sus sueños olvidados’ (Seleer). En 2013 fija su residencia en las islas Canarias. En el año 2015 publicó ‘Invocación a las tinieblas. Inquisición, brujería y bandoleros en Barcelona’ (Carena). En 2017 edita la novel ‘Helena herida’ (Multiverso). Desde su fundación, participa en el la asociación de escritores y escritoras Palabra y Verso.

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Don Fausto se quedó mirándose en el espejo. Doña Natividad lo vio y le gritó: ¡Con 80 años seguís mirándote en el espejo, viejo! ¡Vamos a comer!

No se miraba por narcisismo. En el reflejo se veía con el frac que se había comprado para la boda y los botines lustrosos. No le dijo a su mujer, mientras comían, que se había visto así.

Al día siguiente ocurrió al cerrar la puerta del ropero. Su imagen vestía con una zamarra abrigada. Acercaba la cara para reconocer que, por fin, en sus mejillas había aparecido la barba.

'Para no ser reproducido', de Margritte

Ese día Don Fausto le tocó el culo a la vieja, cuando ella servía los platos. ¡Viejo, hacéme el favor de comer!, le dijo Doña Natividad.

Al tercer día se vio con un traje de marinerito, de pantalones cortos. Tenía las piernas muy delgadas, y una sonrisa picarona se esbozaba al otro lado de su cuerpo.

Aquel mediodía la anciana le preguntó: Viejo, ¿por qué no comés?

Al cuarto día, se vio dando los primeros pasos dentro de un corralito de madera pintada de azul. No tuvo fuerzas ni para acercarse a la mesa del comedor. Se quedó estirado en la cama todo el día. Doña Natividad le gritó: ¡Esto te pasa por no comer! Llevaban cincuenta años juntos, lo conocía bien y se la notaba inquieta.

Al quinto día hizo un esfuerzo por levantarse. Era un error que su padre hubiera colocado ese ropero y ese espejo frente a la cama. Era un error haberse quedado a vivir en esa casa, al morir los padres. Ese mediodía vio reflejada a su madre, estirada en la cama y una comadrona que hurgaba entre sus piernas.

Aquel día no pudo levantarse. Doña Natividad le esponjó las almohadas y lo incorporó en la cama. Luego llevó el plato con una papilla de verdura. Recogía la sopa densa en la cuchara. Soplaba, para que no estuviera demasiado caliente, y la ponía en la boca de Don Fausto. Él cerraba los labios. Al cabo de cinco intentos y tres manchas verdes en las sábanas, Doña Natividad le susurró: No me comés nada, viejo.

Dejó el plato y la cuchara sobre la alfombra. Desabrochó los botones de su batón. Sacó de sus sostenes sus pechos arrugados y flácidos y notó una sonrisa extraña en los ojitos cansados de Don Fausto.

Doña Natividad lo abrazó contra su pecho y puso su pezón seco entre los labios del viejo. Don Fausto succionó durante un largo instante y se quedó dormido, acunado por la anciana.

Doña Natividad se quitó, lentamente, la cabeza de su pecho y la recostó contra las almohadas. Se guardó las tetas y cerró los botones del batón. Recogió el plato y la cuchara del suelo y fue hacia la cocina. En el trayecto cayeron dos lagrimones sobre la papilla ya fría.

Dejó sus lágrimas y el plato de sopa en la cocina. Luego, buscó fuerzas para descolgar el tubo del teléfono y llamar a las pompas fúnebres.

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