Sobran las palabras

Rubén Benítez Florido

Rubén Benítez Florido (Telde, Gran Canaria, 1978) es profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria. Ha publicado los libros ‘Palos de ciego’ y ‘Llueve sobre mojado’ (Beginbook, 2011 y 2012), ‘Sísifo merece ser feliz’ y ‘Ninguna tregua al olvido’ (Eutelequia, 2013 y 2014), ‘Solo lo escrito perdura’ y ‘Palabras entrevistas’ (Mercurio, 2015 y 2016). En colaboración con otros autores, ‘Papiromanía. Textos para tiempos difíciles’ (Anroart, 2013) y ‘Proesías. Textos para tiempos mejores’ (Mercurio, 2014). Durante varios años escribió semanalmente en el blog A Vuelta de Correo, alojado en la edición digital del periódico ‘Canarias7′. En la actualidad escribe en su blog personal Palos de Ciego, y es colaborador habitual de plataformas digitales como Revista de Letras (La Vanguardia) y Viaje a Ítaca.

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«No es que venga y se quede, es una cosa distinta, nada tiene que ver con los sucesos,
aunque los use para mostrarse; la desgracia está, a veces»  

Juan Carlos Onetti (El astillero)

A esa hora de la noche El Progreso se convertía en un cementerio de almas que salían de sus oscuros escondites: sótanos mugrientos, oficinas sin aire, sucursales de banco almidonadas.

Almas insomnes y vacías que, por no tener, ni siquiera tenían algo para poder vendérselo al diablo y así lograr una vida mejor. Eso sí, almas respetables, vestidas de elegante etiqueta, con chaquetas negras y corbatas a juego, con esa soberbia entumecida de carteras abultadas y relojes relucientes o móviles con pantalla táctil.

Claro que podía estar en cualquier otro lugar —el Bulevar de la Avenida, el Paseo Marítimo, la Galería Comercial—, pero mentiría si no dijese que prefería estar allí, dejándome llevar por la costumbre y también por la desidia, acodado en la barra, callado y taciturno, mientras apuraba el último vaso de whisky, mirando a ratos el continuo trasiego de gente, recogiendo del suelo algún fragmento de conversación inútil y observando de soslayo a los parroquianos que entraban y salían del lugar, cada uno con sus propias derrotas cotidianas.

—Tú no eres emigrante, ¿verdad? —dijo Alcides, sin dejar de limpiar aquel artefacto de chimeneas metálicas y ardientes que había al final de la barra.

Alcides sabía perfectamente que no soy emigrante, que nunca he tenido el valor de moverme de este terruño sin vida en medio de ningún sitio. Pero también sabía perfectamente que tampoco soy uno de esos notables que tienen el carné del Náutico; o de los que juegan partidas ahumadas de cartas en el Ópera hasta bien entrada la madrugada; o de los que rubrican con petulancia sus iniciales en las cuentas del Fin de Época, y que con eso les basta y les sobra para tener todo tipo de licencias, ya saben, también con las chicas que acompañan las consumiciones.

Lo sabía perfectamente, pero aun así me hizo la pregunta, no para que la contestara, por supuesto, ni siquiera para que dijese algo sobre el tema —qué podía decirle a alguien que se ha pasado media vida como un nómada errante—, sino como una forma de mantener la conversación consigo mismo.

—Con el emigrante pasa una cosa difícil de explicar —continuó hablando, autómata, abstraído, mientras manejaba palancas cromadas y abría y cerraba válvulas que expulsaban vapor de agua como si saliese del infierno. Hablaba mientras limpiaba la cafetera con gestos tantas veces repetidos, grabados a fuego lento en algún rincón de la memoria.

«Hay algo indescriptible en el ambiente de El Progreso que te empuja a la melancolía y a la tristeza»

Hay algo indescriptible en el ambiente de El Progreso que te empuja a la melancolía y a la tristeza, como el influjo pernicioso del vértigo que te empuja irremediablemente al abismo que pretendes evitar.

Con todas tus fuerzas te empeñas en no ver lo que ves, en no sentir lo que sientes, pero en lugares como El Progreso sabes que hay algo nauseabundo en la manera que tenemos de gastar el tiempo.

Casi todo en la vida ocurre sin haberlo planeado. La desgracia no es una consecuencia de lo que pasa, sino que es algo que te pasa. Así, sin más, como un defecto congénito o una enfermedad crónica. Simplemente llega y se instala en tu vida para siempre.

—El problema es que todo aquello que uno deja atrás se queda como petrificado en la memoria —volvió a insistir Alcides, después de un ruidoso silencio, la cháchara sin sentido de los parroquianos, las voces apagadas del televisor—. Para el que se fue en su momento de su tierra, todo se queda en una especie de nebulosa: los rostros de los amigos, el aspecto de las calles, las fachadas de los edificios…

Nada se puede hacer para aplacar el poder devastador de la desgracia. Pero hay que tener el valor de reconocerlo cada mañana delante del rostro impenetrable que te devuelve el espejo y luego salir a la calle con la máscara de todos los días, ir a comprar el pan, revisar el buzón de correo, saludar con desganada a los vecinos que te encuentras en el portal. A partir de ese momento uno sabe que todo es inútil, que cualquier intento por cambiar algo está irremediablemente condenado al fracaso.

Alcides también lo sabía, como todos los que estábamos allí, pero no quiso insistir más, quizás por pereza, por pura desidia o por no meter el dedo en la llaga. Entre los veteranos que frecuentan la barra de un bar, a menudo sobran las palabras.

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